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CAMBRIDGE

El gobierno de Estados Unidos está permitiendo a diez de los mayores bancos del país que reembolsen alrededor de 70 mil millones de dólares del capital que se les inyectó el pasado otoño. Esta decisión se tomó después de que los bancos pasaron las llamadas “pruebas de estrés” de su viabilidad financiera que la Tesorería estadounidense exigió, y del éxito que han tenido algunos de ellos para reunir el capital adicional que las pruebas indicaban que necesitaban.

Muchas personas han inferido a partir de esta secuencia de acontecimientos que los bancos estadounidenses –que son esenciales tanto para la economía de ese país como para la del mundo—ya no están en problemas. No obstante, esa inferencia es muy equivocada.

De hecho, las pruebas de estrés no pretendían calcular las pérdidas que los bancos han sufrido a causa de los numerosos “activos tóxico” que han estado en el centro de la crisis financiera. Sin embargo, el modelo estadounidense se está popularizando. Durante una reunión que celebraron este mes, los ministros de finanzas del G-8 acordaron seguir el ejemplo de Estados Unidos y aplicar pruebas de estrés a sus bancos. Pero para que los resultados de esas pruebas sean confiables, deben evitar la falla fundamental de las que se realizaron en Estados Unidos.

Hasta hace poco, el gobierno estadounidense se había concentrado en gran medida en los activos tóxicos que bloqueaban los balances de los bancos. Si bien las reglas de contabilidad a menudo permiten que los bancos fijen el precio de esos activos a valor nominal, generalmente se piensa que el valor fundamental de muchos de ellos ha caído muy por debajo de ese nivel. La administración Obama ideó un plan para gastar hasta un billón de dólares con el fin de comprar los activos tóxicos de los bancos, pero ese plan está suspendido.

Podría haberse esperado que los supervisores de los bancos que aplicaron las pruebas habrían tratado de estimar la magnitud de las pérdidas de los bancos debidas a los activos tóxicos. En cambio, los supervisores sólo calcularon las pérdidas que se puede prever que sufrirán a causa de los créditos (y otros activos) que vencerán a finales de 2010. Optaron por ignorar las pérdidas que tendrán por los créditos que venzan después de ese año. Así pues, las pruebas no tomaron en cuenta una gran parte del daño económico que la crisis hizo a los bancos.

Aunque todavía no tenemos una estimación de las pérdidas económicas que se decidió ignorar en las pruebas de estrés, es probable que sean sustanciales. Por ejemplo, según un informe reciente del Deutsche Bank, los deudores tendrán problemas para refinanciar créditos hipotecarios comerciales con valor de cientos de miles de millones de dólares que vencerán después de 2010.

En lugar de calcular el valor económico de los activos de los bancos –su rendimiento en un mercado en buen funcionamiento—y la medida en que superan a los pasivos, las pruebas de estrés se limitaron a verificar que las pérdidas contables de los bancos en los próximos dos años no agotaran el capital registrado en sus libros. Mientras se siga permitiendo que los bancos operen así, los supervisores estarán apostando a la capacidad de los bancos para obtener ganancias que les permitan resolver sus problemas actuales –incluso si el valor de sus activos no supera significativamente a sus pasivos.

Pero, ¿acaso la capacidad de los bancos para obtener capital social nuevo no indica que, independientemente de si las pruebas de estrés son confiables o no, los inversionistas creen que el valor de sus activos en efecto supera significativamente sus pasivos?
De ningún modo. Tomemos por caso un banco con pasivos de mil millones de dólares. Supongamos que tiene activos con vencimiento a largo plazo y valor nominal de 1.2 mil millones de dólares, pero cuyo valor económico actual es de sólo mil millones. Aunque el valor de los activos del banco no supera significativamente sus pasivos, los depositantes no huirán mientras el gobierno respalde al banco garantizando sus depósitos. Si en dos años los activos del banco tienen un 50% de probabilidades de aumentar a 1.2 mil millones de dólares o de caer a 800 millones, el banco podrá recaudar capital social nuevo: habrá inversionistas dispuestos a pagar con la intención de compartir el exceso del valor de los activos sobre las obligaciones si las cosas salen bien.

Para obtener un panorama adecuado de la salud financiera de un banco es inevitable calcular el valor de sus activos tóxicos. Las autoridades reguladoras podrían alentar a cada banco a que vendiera parte de su portafolio tóxico y que extrapolara el valor de ese portafolio a partir del precio obtenido en dicha venta, o podrían tratar de calcularlo por su cuenta como mejor puedan.

De cualquier forma, el valor verdadero de los activos tóxicos de los bancos debe estimarse antes de llegar a la conclusión de que tienen el suficiente capital para cumplir sus funciones esenciales. El tipo de pruebas de estrés que se llevaron a cabo en Estados Unidos y que se recomienda aplicar en otros países – y la capacidad de los bancos para obtener capital social adicional—no pueden servir de fundamento para tal conclusión.


Lucian Bebchuk es profesor de derecho, economía y finanzas y Director del Programa de Gobernanza Corporativa de la Escuela de Derecho de Harvard.


Copyright: Project Syndicate, 2009.

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