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Aunque las causas de la escritura sean otras, todo autor aspira que su texto llegue al mayor número de lectores. La acogida dispensada tiene múltiples razones. El poema más intimista traspasa fronteras; las personas encuentran retratado su amor. Siempre he pensado que Pablo Neruda escribió para mí los Veinte poemas de amor y una canción desesperada. A mis catorce años atraído por los camanances de Vicky, el poeta chileno puso miel a mi primer romance. Por eso no sentí celos al enterarme veinticinco años después que Palinuro había encargado a Neruda escribir toda su poesía como un tributo a Estefanía. Muchísimo antes que Fernando del Paso hiciera públicas estas confesiones yo leía a Patricia los poemas que había escrito bajo encargo para cantar nuestro amor. Ella se encargó de leer sus obras para saber si Neruda había completado el pedido. ¿Me lo crees?
Cuando leí Werther, de Goethe, en cuarto año de Secundaria, supe que padecía mal de amores y que podía enloquecer. Inés disfrutaba las cartas que pedía escribiera narrando en lenguaje licencioso cada vez que desfallecíamos en lances arrebatados desafiando la ley de la gravedad. No bastaban los besos, las caricias; burlar la vigilancia de sus padres y hermanas. Sin testimonio escrito todo lo acontecido le sabía insípido. Inés me enseñó a conocer el aprecio que sienten las mujeres por inmortalizar en breves párrafos sus andanzas de amantes primerizas. Solo a una mujer he escrito después de esa manera. Patricia es la depositaria de una veintena de cartas que estrechaban la distancia, mientras ella concluía sus estudios de Psicología en Georgetown. Las guardaba en un álbum como un tesoro. Me parece bien.

Siempre descreo de algunos regalos, sobre todo los que se hacen presa de los humores de los diseñadores de afectos. Alegan que para expresar amor uno debe ir a las tiendas. Entre más caros mayor será la expresión de cariño. Marcado por las lecturas de Herbert Marcuse, talvez el filósofo contemporáneo que mayores huellas dejó en una generación de jóvenes recién desembarcados en la universidad, aprendí a distanciarme de estas manifestaciones de afecto. El cariño se desentume, el amor crece y se expande el día de San Valentín. No importa que el resto del año los amantes la pasen peleando. Diez días antes de mi arribo al mundo, los Shopping Center, ¿Acaso Managua no ha sido convertido en un gigantesco supermercado? acrecientan sus bolsillos y engordan sus cuentas. Los restaurantes y las discotecas se llenan. Pienso que el amor no cabe en un día. Demasiado estrecho. Para los amantes una jornada de veinticuatro horas no basta.

Antes que Marcuse apareciera Shakespeare ya me había acercado al conocimiento del sentimiento amoroso. ¿Acaso en verdad este puede conocerse? Tengo dudas. El tiempo pasa y en vez de disminuir mis vacilaciones crecen. Después de repasar una y otra vez sus páginas, estoy convencido de que nadie como Shakespeare se adentró hasta el fondo. Ni siquiera el psicoanálisis llegó más largo. Marco Antonio y Cleopatra me enseñó el derecho y envés del amor. Perdido por la más ilustre descendiente de los Tolomeos, el guerrero más grande de los legionarios de Julio César, quedó atrapado entre sus sabanas. Manso corderillo, la reina egipcia lo manejaba a su capricho. ¡Nada raro! ¡Talento y belleza iban de la mano! Julio César la protegía, por algo jamás dejó de ser su amante. El primer protectorado de la historia nació de este idilio.

Mito o realidad, el helenista Salomón de la Selva hace su propia traducción del Vini vide vinci. Tallada en oro la frase desafía los tiempos. Nuestros profesores de historia nos hacían repetirla, memorizarla. Vine vi y vencí, lo dijo Julio César después de haber conquistado el mundo a golpe de espada e ingenio, repetían los maestros. Contra esta versión alza su sabiduría el poeta leonés. Aclara que Julio César al decirla exaltaba su reciedumbre de macho, no su condición de guerrero imbatible. A una edad que un hombre puede fácilmente caer abatido ante la belleza, hizo suya a Cleopatra, se acostó con ella, la encabritó y la hizo desfallecer. Luego regresó a Roma, de donde vino. La reina de reinas fue incapaz de amortajar su corazón. El emperador romano siempre cuidó que su corazón jamás estuviese sobre su cabeza, como lo recuerda Bertolt Brecht en Los negocios del señor Julio César.

Pobrecito Marco Antonio, cayó devorado ante quien creyó ser la reina de la tierra. Una mujer a quien Shakespeare convierte en una hechicera; una hembra de corazón caliente y mente fría. Dudosa indaga ante Marco Antonio, ¿cuánto me quieres? Acaso el amor puede medirse, responde el guerrero. Una lección que han olvidado los amantes. Si se atuvieran a este juicio no serían tan díscolos. Ni hombres ni mujeres preguntarían a cada instante cuánto amor dispensamos. ¿Un regalo de dos, tres mil córdobas basta? Entonces los pobres no amarían. No tienen dinero para comprar sortijas, anillos, relojes o pulseras. Estarían condenados por los siglos de los siglos. Realista o grosero Gabriel García Márquez en El amor en los tiempos del cólera, lapida su cariño. Si la mierda tuviese valor, algún día los pobres nacerán sin culo. Desculados jamás podrían encularse.

La vida nutre a la literatura. Otros ejemplos retratan las mil caras del amor. Las telenovelas son manantial inagotable en que abrevan los pobres. Con la misma naturalidad con que un día revelé mi condición de lector irredimible de penecas, pasquines o comics, debo reconocer que también lo fui de las novelas de Corín Tellado. En Juigalpa, todos los meses Augusto Vargas Villanueva enviaba Vanidades a mi madre. Leía la sección de cinematografía y luego disfrutaba la novela de rigor bajo la autoría de una española que alimentó el imaginario de millares de mujeres en el mundo. Corín Tellado era para mí el equivalente de Marcial Lafuente Estefanía. Salvador Ayala Moncada tenía un puesto de alquiler a cien metros de mi casa. Con la misma avidez que tragaba penecas y novelas, volaba sobre las páginas de Corín Tellado. Mi padre ya me había inyectado la droga de la lectura.

Con esas novelitas rosas las mujeres supieron endulzar su vida, forjaron sus gustos, aprendieron a soñar con el príncipe azul, a confiar en la suerte y como Cenicientas sabían que la dicha y la felicidad llegarían un día. El leitmotiv de sus argumentos gira en que la pobreza nunca es obstáculo, la belleza la calcina. La condición económica no importa. Los galanes entrarían a sus vidas y se casarían de velo y corona. La pobreza no es destino, simple tropiezo que el amor salva fácilmente. Las radionovelas cuentan hazañas similares. Los rencores familiares son rotos por la magia del amor. La historia emblemática de Montescos y Capuletos, narrada con magia deslumbrante por Shakespeare, ratifica que el amor puede más que las rencillas familiares. El amor todo lo puede. Todo lo puede el amor.

Los amores imposibles no existen. Quienes aspiran seducir jamás deben arredrarse. Todo es cuestión de tacto y una buena dosis de galantería. Blas Gil adelanta que la caza del amor es caza de altanería. Este epígrafe anuncia lo que vendrá después en Crónica de una muerte anunciada. Los magos de la cinematografía siguen filmando Romeo y Julieta, para que las nuevas generaciones se asomen a esta tragedia; para que no dimitan cuando los padres cierran puertas y ventanas, cuando tu amada ya destornilló para vos las clavijas de su corazón. Contigo no hubo vuelta atrás. Mis padres te miraban de reojo. Vos siempre te hiciste el desentendido. ¡No podía ser de otra forma!
Ernesto Sábato reivindica los derechos del corazón. Con su tesis, como hijo y hermano del romanticismo, tiende el puente necesario para no continuar sosteniendo boberías. La verdad subjetiva es tan importante como la verdad objetiva. Siempre hay que temer a aquellas personas que machacan como credo indiscutible la superioridad de las matemáticas y la física, sobre la literatura. Ante el despropósito, Sábato alega: tan real una pesadilla como un puente de concreto. A los díscolos recuerda no olvidar jamás que más intenso el amor que un teorema matemático; más compleja la literatura que la química. ¿Alguien puede comprar dos libras de cariño? Algún cínico me dirá que sí. Pertenecen a las tribus que no conocen otras formas de conquista que no sea a través de amores comprados. ¿Qué triste, verdad? En Sin senos no hay paraísos lo hacen por partida doble. Los narcos compran a sus mujeres y el Canal 2 a sus audiencias dándoles regalitos.

Más largo que el Amazonas mi amor hacia vos. El infinito es el cielo. Sabemos que tenemos sueños pesados, pero ¿cuánto pesa un sueño? Los estudiosos de la historia, las artes y la cultura, hicieron mal en encajarse sobre los métodos de las ciencias naturales. ¿Ciencias de la vida? ¡Qué mierda! Recitan en coro: lo que no puede medirse no alcanza la categoría de ciencia. Eso me importa un bledo. En la agria polémica de André Gunder Frank con Milton Friedman, en los años gloriosos de los setenta, recordó al premio Nobel de Economía, que en el frontispicio de la Escuela de Chicago reza “Ciencia es medir”. No todo puede medirse. Me niego a comprarte zapatos y vestidos en estas navidades. Decidí regalarte algo mío. Escribí para vos estos poemas. No los venden en ninguna tienda. ¡Y los escritores de alquiler! Esa es otra historia, ya tendremos ocasión de hablar del tema. ¿Estás cansada? ¡No! Me agrada tu manera de ver el mundo. Publica los poemas. Estoy segura que muchas mujeres los disfrutarán igual que yo. ¡Compláceme, no seas malito!