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Ojalá, con suerte, este golpe militar al Estado hondureño signifique, para la historia centroamericana de sus habitantes, un zarpazo de ahogado que da la vieja y obsoleta casta militar a la civilidad por la que se enrumban los estados latinoamericanos hoy. Hay que destacar que es gracias a los tiempos políticos que se viven en el continente, que no se ha permitido a los golpistas de Honduras derramar la cuota de sangre acostumbrada en este tipo de operaciones ni practicar al galope la violencia masiva ni ampliar a sus anchas el marco doloroso de atropellos a los derechos civiles de los hondureños.

El golpe de Estado es uno de los mayores delitos constitucionales, porque involucra, históricamente, una serie de las peores violaciones a los derechos humanos, de triste y dolorosa recordación para la mayoría de los pueblos latinoamericanos durante el siglo XX. Sin embargo, en esta ocasión, el golpe puede calificarse de atípico. Pues, a pesar de contar como siempre con el interés complaciente de la oligarquía disfrazada de oposición, este golpe ha nacido huérfano. Le ha faltado el otro gran elemento constitutivo de este tipo de operaciones delictivas: el apoyo y alianza con sus socios internacionales. En este golpe de Estado, la violación constitucional se produce en un concierto internacional de absoluta condena política de los estados, incluido el principal socio histórico de la gorilada latinoamericana del siglo XX: los EU de Norteamérica. Lamentablemente para las pretensiones de los golpistas, y dichosamente para el respeto y restitución de los derechos constitucionales del pueblo hondureño, el actual presidente de los Estados Unidos de Norteamérica lleva a cabo una seria revisión de la estrategia política internacional de su país, que incluye, en Latinoamérica al menos, una nueva actitud frente a esta antigua práctica militar que, en la historia de muchos países latinoamericanos, alcanzó dimensiones terroristas espeluznantes.

Aunque la cárcel y las violaciones políticas a un pueblo centroamericano agrandan de nuevo peligrosamente sus fauces, la nueva realidad política latinoamericana permitió en esta ocasión que el Presidente destituido haya salido sólo magullado. Sin embargo, estoy seguro de que esta nueva coyuntura política del continente impedirá ampliar, al golpe militar, las acostumbradas y, en muchas ocasiones, sangrientas secuelas directas y colaterales. Esperamos que la actual tercia que se está dando entre los golpistas y sus secuaces criollos, por un lado, y el consenso nacional e internacional de respeto a la Constitución hondureña por el otro, desemboquen pronto en la destitución y el castigo de quienes osaron levantar de nuevo con desparpajo la vieja losa de la impunidad y la intolerancia, para dejar salir lo que aún le queda de gorila en su cabeza el cuerpo castrense de Honduras.