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Siempre llegan antes que todos, por la mañana, con el resplandor tierno del sol asomándose tras sus espaldas. Por la tarde, cuando el relumbrón de mediodía arde en la piel, y si es por la noche, arriesgando su vida en esta nación que se parece cada vez más a una narración extraordinaria. Pero así son ellos, los maestros. Unos hacen un turno, otros dos, y los más aventados, tres. Van vestidos impecables, con porte y aspecto, cargando en sus maletines ampollas de sabiduría y recetas de conocimientos. Pocos son los que caminan con una agilidad imberbe, ya a muchos, el trajinar diario durante tanto tiempo, les duele en los pies.

Es una profesión saturada de sinsabores, pero también, y muchas veces, de satisfacciones. Llena de esa pesadumbre inclemente que provoca tanto la impasibilidad de las autoridades que delinean el modelo de educación, como el poco valor que se les asigna a sus labores de docente-alquimistas. Magos de las letras y los números, son mártires con una vocación de enseñanza a prueba de balas, la única razón aceptable y válida para que todos los días se pongan de pie frente a una multitud de niños, adolescentes y adultos, para dictar sus clases hasta que, poco a poco, se les diluye la voz y parezcan mimos académicos.

Entre menor sea el nivel de la enseñanza, más paciencia y valor necesitan para realizar su trabajo de escultores de conciencia y saber. Imagínense a una pobre maestra tratando de controlar e instruir a veinte niños de cuatro años, esos ángeles precoces, durante cinco horas, de lunes a viernes, y sobrevivir en el intento sin que en su visita al médico éste le recete ningún ansiolítico. No es que los pequeños sean mal portados, pero a esa edad todos sabemos que lloran, patalean, quieren a sus mamás o papás, etc. Todo un microcosmos infantil que necesita más de una inclinación materna de parte de los profesores de preescolar, que de una pedagogía ortodoxa.

Si es en primaria o secundaria, cada día esperan la marejada azul y blanco que inunda los colegios y los llena de efervescencia, pero antipedagógicamente se les aglutinan 60 chavalos en un sitio que antes fue un aula y que ahora parece un pantalón remendado y raído. En el primero de estos niveles los ‘profes’ se las juegan, con una multiesencia le hacen de todo, como los hombres orquesta, y se convierten en malabaristas de las diferentes materias.

Olga María Chavarría Duarte, se llamaba la que durante mis seis años de primaria hizo de contorsionista del saber, era una trigueña de voz suave, ojos de almendra y cuerpo espigado. La volví a ver muchos años después, ya la espalda se le había encorvado y tenía el pelo acerado. Seguía dando clases, ya casi por inercia, por un mandato autómata de su profesión. Me miró con sus ojos ya aguados, me saludó y se alegró por mis logros. Me confesó algo que jamás olvidé y no volví a toparme con ella. Eso sí, nunca borré sus lecciones de cívica y su cruenta guerra contra la indisciplina, en una época en que los niños se forman como lo que serán.

Seis años no bastan. Así que los docentes de secundaria terminan de afinar a los adolescentes, en esta edad en que son influenciados por cualquier moda pagana y dañina. Y a la vez de combatir contra las carencias del sistema, la batalla de los maestros se amplía mucho más hacia la educación moral y ética que en el anterior nivel: la adolescencia es la época de la curiosidad y la agitación. Ya son individuos, ya razonan, pero este raciocinio muchas veces se ve perturbado por las argucias ofídicas de quienes se quieren aprovechar de su inexperiencia. Además de docentes multifuncionales, ahora se desempeñan como tutores y salvaguardas de sus acciones. Lo hacen con todo el cariño, pues sus alumnos se convierten en los hijos que no ven durante el día. Tantos nombres como caras se me vienen a la memoria de esa etapa de goyenista irredento, primero, y luego como alumno regular del Gaspar. Nombrar los que me acuerdo sería ofender a quienes olvido.

Y luego, más cercanos a la dignidad que a la riqueza, los docentes de la educación superior, esos que terminan convirtiéndose en lo que son y acercando cada vez más al nuevo graduado a su campo. Si bien en este caso el salario es relativamente decente en comparación con el ínfimo de los maestros de primaria y secundaria, se les exige más conocimientos y desarrollo cognitivo, más alcance académico, una planeación sustanciosa y sin entresijos y una ética profesional forrada con titanio.

El desvelo es el compañero de cuarto y el reflejo de la mañana, tras corregir o diseñar con exactitud y detenimiento trabajos, exámenes o actividades. Una hora de clase equivale a dos horas de preparación del material. A eso se suma la metralla del imparable avance de las ciencias y las tecnologías, que es contraatacado con el perenne estudio y la capacitación. En este nivel a los profesores las canas les salen más rápido y las pupilas se les vuelven vulnerables. Es en esta etapa cuando uno construye amigos y visones y agradece mucho la influencia de ciertos profesores. Cómo olvidar, en mi caso, a José Molina, un Troski moderno con boina cheguevariana y amistad sin condiciones, quien nos daba lecciones de análisis del discurso periodístico. A Roberto Aguilar, con su dicción pausada por la palabra mágica del entendimiento, o a Francisco Sancho, el tipo español que creía en nosotros, a quienes les debo lo que sé de literatura. Sencillamente no se puede.

Pero aparte del agradecimiento que reciben de sus alumnos, su mayor satisfacción, ¿cómo es posible que los maestros se mantengan fieles a su compromiso, sin voz, a veces sin la dignidad que supone la mejor de las profesiones? ¿Por qué escogen esta labor, este trabajo, en el que la mayoría vive y muere olvidado y en la soledad de la subvaloración? ¿Por qué todavía hay gentes que sienten una inclinación hacia la docencia? Esa vez, hace casi una década, Olga Chavarría me lo contestó con la mirada apretando sus casi treinta años como profesora: “Por la disposición del espíritu que nos mueve a ser maestros y para sentirnos satisfechos por los logros de otros; para sentir que formamos verdaderos humanos”. En esa ocasión, con una alegría ingenua, pero orgullosa, le había confesado que yo era docente.


leslienicaragua@yahoo.com