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Colaboración como Miembro del CNE para:
“A 30 años del Triunfo de la R.P.S.”


La Revolución Sandinista de julio de 1979, constituyó uno de esos momentos cruciales de la historia de nuestro país. La dictadura de casi medio siglo de la familia Somoza, unió, en contra de ella, por supuesto, a la casi totalidad de los nicaragüenses. La conciencia de nación, que siempre la hemos atrapado de rebote y como reacción que nos une ante una circunstancia negativa, salió de nuevo a flote. Somoza representaba lo antinicaragüense, la negación de nuestra identidad, la encarnación de la ocupación americana realizada a través de un nicaragüense y su guardia pretoriana. Por eso alguien llamó a Anastasio Somoza Debayle, “el último de los marines”.

La Revolución, que en un comienzo congregó a los nicaragüenses y encarnó la idea de la Nación, no pudo transformarse en el proyecto estratégico, en la convocatoria de unidad nacional, en el hilo conductor de nuestra historia. Fracasó. Y su fracaso se refiere al hecho mismo de no haber sido capaz de construir un proyecto de país, en un momento germinal que reclamaba la fundación del nuevo Estado-Nación y de la nueva historia nicaragüense.

Las causas de esa frustración fueron múltiples: internas y externas. La guerra de Nicaragua, en la década de los 80, a pesar de los intereses que los Estados Unidos y la Unión Soviética se jugaban en el conflicto, fue una auténtica guerra civil. Una guerra trágica y desgarradora, como todas, que enfrentó a los nicaragüenses en forma encarnizada y con pasión profunda, como pocas veces había ocurrido en nuestra historia. Nicaragua, a pesar del tiempo transcurrido y de que la ausencia del conflicto bélico ha ido instaurando una paz relativa, está todavía partida en dos y aun respira por sus heridas no cicatrizadas del todo.

En el colapso de lo que pudo haber sido el proyecto histórico de un nuevo país incidieron, como ya dije, factores externos e internos. El triunfo de la Revolución Sandinista coincidió con la instalación, dos años después, del gobierno del presidente Reagan en los Estados Unidos, influenciado por un neoliberalismo cerril y por las ideas del capitalismo salvaje. Los documentos de Santa Fe son un testimonio de lo anteriormente expresado.

Por otra parte, internamente, la Revolución sufrió un proceso de deformación. Lo que era un hecho histórico se transformó en una religión laica que no necesitaba justificación en sus actuaciones. La Revolución salió de la historia y devino una categoría suprahumana, cuasi divina; un dogma de fe que se explica y justifica por sí misma sin necesidad de una ética a la cual referirse, una iglesia terrenal con divinidades y sumos sacerdotes que oficiaban en los altares de la patria. Estar en contra de ella fue una herejía; estar a favor, un acto de fe.

La omnipotencia de los hechos humanos está en el origen de los abusos y errores cometidos. El principal: haber pretendido sacar las actuaciones políticas de la realidad y dejarlas suspendidas de un cielo ahistórico. La guerra de Nicaragua de la década de los 80 tuvo una triple naturaleza: guerra civil; enclave de una guerra de estrategias internacionales en la subregión centroamericana (EU-URSS) y guerra religiosa (sandinismo-catolicismo; Frente-Iglesia). Los resultados son de todos conocidos.

La Revolución que no fue pero que pudo haber sido, significó, sin embargo para muchos nicaragüenses, un ideal, un compromiso, una utopía, la que si bien no se logró alcanzar, pues al igual que todos los horizontes se alejan siempre del viajero cada vez que este trata de acercarse a ellos, pudo, no obstante, haber significado el inicio de un camino nuevo en busca de metas posibles.

Lo triste y dramático no es tanto no realizar los sueños, como hacer realidad las pesadillas que nos llevan a repetir de nuevo el viejo camino que conduce a la centralización personal del poder, a la erosión del frágil Estado de Derecho y de la Gobernabilidad democrática, y a entrever en el futuro las entrañas del pasado que creíamos superado.

Hay que superar el pasado para no ser prisioneros de él, para no estar condenados a repetirlo, para que el esfuerzo por andar el sendero de la historia, no se disuelva en el movimiento de la rueda de la bicicleta estacionaria que gira pero no avanza del mismo lugar en que está situada y que en su constante girar hace que lo que pasó regrese y que el futuro sea el retorno del pretérito, igual a sí mismo y sin ningún cambio que permita conservarlo transformado.

El futuro de Nicaragua no debe ser la reedición de las mismas formas de ejercer el poder del pasado, sino el de la construcción de una sociedad solidaria, basada en la equidad y la justicia social, en un sistema jurídico y político en el que se respeten las garantías y derechos fundamentales de la persona, en donde el poder esté sometido a la ley y ésta sea expresión de la voluntad colectiva. Un sistema en el cual haya debate y disidencia pero no confrontación, en el que junto al derecho a la igualdad, sea un valor básico el derecho a la diferencia, en fin, una sociedad de ciudadanos y no de súbditos, de instituciones y leyes y no de arbitrariedades, un sistema basado en la seguridad jurídica y el Estado de Derecho a partir del cual se construya una verdadera y esperanzadora democracia.