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“Golpe dado no tiene quite…” Este concepto en la experiencia junto a la experiencia de la naturaleza que fuere, ha sido una máxima que no la ha borrado ni debilitado el tiempo.

Se producen golpes de todo orden y poder, y, claro está, el que no tiene vuelta de hoja es aquel que conlleva la capacidad y función de serlo.

El golpe, si lo entendemos así, más de Estado fue de cabeza. Pues analizando la poca luz en toma de decisiones que ensayaron los golpistas con el problema que mantiene alterada la paz y vida de Honduras, más que con la cabeza, los involucrados recurrieron a una intención de topetazos: Primero: Golpeó Zelaya, con la sensible destitución del Jefe de las Fuerzas Armadas, sin tomar en cuenta al Congreso, la Corte Suprema de Justicia, y por supuesto, jamás habría estado de más, no como un poder político, sino como poder social y moral –algo que todo el mundo lo sabe, no de ayer, sino de siglos por siglos-, la recomendación y consejos de las iglesias.

Segundo: Topeteó el general Romeo Vásquez, Jefe de las Fuerzas Armadas, saltando por encima de la autoridad correspondiente: la policial, a la que correspondía con orden del Juez, ejecutar las providencias: ponerlo en la cárcel, o lo que fuere, etc. Claro está, que la sola acción de deponer al Poder Ejecutivo representa un golpe de Estado: poder que es removido violentamente por otro poder en la estructura de un gobierno, significa golpe de Estado, de acuerdo con el concepto jurídico-enciclopédico de la organización del gobierno de una nación. Sin embargo, el caso de Honduras y de su ex Presidente Zelaya es un caso especial: su desafío a la Constitución de Honduras, alterando el proceso normal de la consulta popular, insistiendo bajo advertencia el uso de una cuarta urna para su propia consulta, coloca el famoso golpe en la encrucijada del análisis político-jurídico dentro del orden constitucional. Es claramente sobre este problema que el premio Nobel de la Paz, don Oscar Arias, orientara los argumentos de los dialogantes.

Que no quede dudas de que las placas tectónico-políticas que mecen la geología de Centroamérica, y a lo mejor del continente hispanoamericano, han entrado en un ciclo de acción que posiblemente traiga cambios. Por supuesto, la respuestas las deben encontrar los mismos hondureños, para evitar que lo que puede ser solamente resfrío, se convierta en plaga que todos tengamos que lamentar.

A juicio nuestro, el diálogo es la solución. Las guerras, puntualmente las carnicerías civiles en que han vivido innecesariamente nuestros pueblos, sólo sirvieron y siguen haciéndolo para anegarnos en el desastre del atraso y agudizar la miseria de nuestros pueblos.


*El autor es narrador.