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A la Cuta y Tito Castillo, a Fernando Cardenal y Onofre Guevara, coherentes.


Treinta años después surgen tentaciones y lugares comunes para juzgar con pesimismo aquel torrente de ilusiones. Algunos incluso colocan el 19 de julio en la piedra del sacrificio para decretarle con rencor su muerte irreversible. En estas condiciones no es difícil entonces morder el anzuelo de la desolación que transfigura a muchos en ardientes desertores de sus propias causas. Aparecen interrogantes, algunas aviesas, otras sinceras. ¿Tuvo sentido el martirio de los gigantes que abonaron el camino? ¿Se habrá luchado para que unos cuantos pillos sean hoy flamantes dueños de mansiones, fábricas y haciendas que ni en figuritas del Monopoly jamás soñaron coleccionar? ¿Sirvió para algo la gloriosa victoria que luego se entregó sin asco en la mesa de un pacto?
Me ayudó a coronar estas reflexiones un episodio sencillo y conmovedor. Hace tres semanas la Alcaldía de Managua tomó la iniciativa loable de editar un libro con la gesta de héroes anónimos. A petición de vecinos del barrio Batahola que asistían a la ceremonia de lanzamiento de la obra, uno a uno fueron autografiados los ejemplares por manos frágiles y temblorosas de las madres de esos muchachos que acariciaron el triunfo sin poderlo abrazar. Al final, una venerable anciana, paso digno rumbo a casa, sin inhibiciones y a viva voz dijo estar feliz porque su hijo aún vivía en la memoria. “Por eso no me importó mucho no haber alcanzado un librito de los que firmamos, que pensé enviar a mi otro hijo en Costa Rica donde trabaja como obrero de la construcción”, se consolaba.

Que la Revolución sea mancillada por algunos des-almados (sin alma, los pobrecitos), de ninguna manera implica que esa noble propuesta ética –acaso la más importante de nuestra historia– se haya extinguido para siempre. Es cierto que en estos tiempos la esperanza anda por ahí malherida, hambrienta y sollozando; también es cierto que las ganas de vivir se nos convierten en tensión eterna y angustia del día a día. Pero, óigase bien, ¡que por amor a Dios no se le ocurra a nadie anunciar la muerte de la fe ni el funeral de la utopía!
Los miedos acosan. Mascarillas miedosas huyendo de una gripe casi inocua, miedo a violaciones y asaltos que apodamos como “inseguridad ciudadana”, miedo a los brutales impuestos y al tenebroso narcotráfico, miedo al lejano viaje del esposo buscando el pan, miedo a que un día el espejo nos convierta en “oligarcas”; miedo a perder el trabajo mal pagado, miedo a la deleznable impunidad de los políticos de mierda, miedo de la madre soltera y desempleada por el destino incierto de la trenada de hijas y nietecitos que sobreviven por no dejar, miedo a la siniestra toga anegada de maldiciones y oropeles; en fin, miedo al miedo y miedo a todo. Es precisamente en este instante cuando más fuerte debemos cantar la resurrección de nuestros mártires que sólo habrán muerto cuando los desterremos del recuerdo fiel, porque la máxima traición a Carlos, a la Arlen, a Gaspar, a la Idania, a Camilo… sería arrancar de nuestras vidas la fibra social por la que ellos lucharon y cayeron.

Cuando nadie se inmute frente al televisor viendo semidesnuda a la chavala veinteañera (la misma edad de nuestras propias hijas de esa generación) que amaneció drogada y cundida de hormigas justo al lado del On the Run, o cuando nos dé igual que el lisiado de guerra ya no pueda levantarse más porque la pensión del INSS jamás se convirtió en lo prometido, o cuando en la mesa de tragos admitamos que ya todo se acabó y que ahora sólo cuenta el sálvese quien pueda porque el soborno es solución barata que lo cura todo, ¡Oh, Pomada San Lázaro! que por un chelín fácilmente se adquiría en cualquier mercado de la vieja Managua; ese día habrán muerto para siempre nuestros muertos y andarán penando tristes y rabiosos observando a los soñadores del 79 convertidos en vergonzantes renegados del 2009; a los valientes y limpios luchadores del ayer en rateros bien vestidos o prestamistas aburridos.

Cuando una vez yo provocaba a un veterano luchador (de esos que mil veces apostaron el pellejo por defender su verdad al mejor estilo de la consecuente prédica del Che) que si había pensado alguna vez levantar tienda en otro país, me hizo recordar que la solidaridad y el coraje nunca se jubilan. Con los ojos bien pelados y toda la modestia del mundo en su agrietado rostro me interpeló: ¿“A cuenta de qué me voy a ir de aquí si los primeros en llegar fuimos nosotros?”.

No hay vuelta de hoja. Un desafío aparentemente inalcanzable, pero factible, mientras lo escudemos de infinita paciencia milenaria. Consiste en tender puentes que amalgamen la epopeya del 79 – sobreviviente del pantano– con otro gran proyecto más lejano: el del siglo XXI, llamado a instaurar de nuevo el sentido común y la tolerancia, la cohesión social y la palabra honrada, la preferencia por el prójimo más allá de los discursos y el especial respeto a la pobretería que pone el lomo en nombre de esa causa. Son las pasarelas éticas o puentes morales que hacen la historia y que inexorablemente hoy nos toca edificar.