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En mi colegio había un profesor que siempre llegaba tarde y hacía las clases mal. También había un alumno, de esos que son más listos que el hambre, y también que el profesor, que no dejaba de corregirle delante de todos nosotros. Se volvió tan insufrible para el pobre profesor que cuando éste se encontraba en una habitación descansando y escuchaba la voz de mi compañero, su inquisidor, salía corriendo o se ocultaba para no encontrárselo. Creo que aquella voz le acompañaba en sus pesadillas. Mi compañero no actuaba de buena fe, y se aprovechó del miedo que sabía que provocaba. No tardó en ser expulsado. Eso también fue una injusticia, y éramos muy pequeños, pero ninguno dijimos nada, porque también teníamos miedo.

La voz de los periodistas también se ha vuelto una obsesión para muchos de los que ahora toca que gobiernen. Venga de donde venga, sea de donde sea, por los motivos que quieran, el silenciamiento forzoso a los periodistas va contra la democracia. Y cuando ese silenciamiento se convierte en asesinato, hay que tomar cartas en el asunto. Según informaron las agencias, el pasado miércoles Natalia Estemírova, reputada periodista rusa y abogada de derechos humanos que durante muchos años denunció las violaciones en Chechenia, fue hallada muerta en la vecina república rusa de Ingushetia.

El cadáver de Estemírova, que tenía heridas de bala en el cuerpo y en la cabeza, fue encontrado a 100 metros de la carretera nacional Cáucaso, cerca de la frontera con Chechenia. Ocho horas antes, cuatro hombres enmascarados habían forzado a la activista a subir a un coche en la capital chechena, Grozni, cuando acababa de salir del portal de su casa. Varios testigos explicaron que Estemírova opuso resistencia a los atacantes y gritó: «!Me están secuestrando!». Sin embargo, nadie se atrevió a intervenir.

Pero el problema y el miedo no está sólo allí. En Nicaragua, el gobierno y sus grupos económicos afines combaten con los de la oposición por el control de los medios, y bajo ellos, estos medios tratan de salvar lo más honroso, que es el oficio de periodista, de poder contar sin presiones, sin censuras, sin el forzoso posicionamiento, sin recurrir a la propaganda, que es lo fácil: decir lo que te mandan decir y volverte a casa. Pero también los medios, obligados a polarizarse, se ven obligados a defenderse, y poco a poco, la capacidad de informar se va perdiendo. Desde las últimas elecciones municipales donde varios periodistas fueron agredidos desde uno y otro lado, la capacidad de información independiente se ha mermado en el país.

Lo hemos oído en Venezuela, donde el gobierno de Chávez no ha dudado en cerrar empresas de televisión que no le eran afines. Una práctica común cuando los gobiernos se quieren imponer y no soportan una prensa que se les vuelve en contra. A veces, es cierto, la prensa no destaca los logros sociales de algunos de estos gobiernos, pero querer imponer que la única visión de la izquierda es la que se ejerce desde el mismo gobierno es más parecido al fascismo que a la izquierda.

Y lo hemos visto en Honduras. El presidente Zelaya, depuesto, culpando a los medios sostenidos por grandes grupos empresariales de apoyar a los golpistas. Y en su país, el presidente impuesto, Micheletti, culpando también a los medios venezolanos, como Telesur, de dar informaciones falsas. Los echaron del país, al más bajo estilo de las dictaduras.

El colofón de este triste panorama ha ocurrido en Chechenia. Una vez más. La sucesora y amiga de Elena Politkóvskaia fue abatida el pasado miércoles, al parecer, por escuadras que controla el presidente de ese país, Ramzán Kadyrov, famoso por sus exabruptos y por su amistad con el presidente Putin. Un tipo vulgar, al que siempre recordaré por esa foto en la que él, como un borracho, trataba de imitar el vuelo de una mujer que danzaba ataviada por un traje tradicional. Panzón, burlesco, ruin. A Putin, el karateka, el hombre al que le gusta disfrazarse de Rambo, acuden a darles la mano desde el presidente de Estados Unidos hasta el mismo presidente de Nicaragua. Qué lástima que les convenga tener como amigos a estos tipos tan siniestros.

¿Qué está pasando? ¿Realmente la prensa se ha convertido en un medio tan alejado de la verdad que se dedica a crearse enemigos a derecha e izquierda? ¿Es un instrumento más, un juguete de los que juegan a ver quién puede? ¿O es que la posibilidad de contar ya es tan incómoda, que es mejor silenciar, censurar, secuestrar y hasta matar a periodistas que tratan de buscarla, de manera certera o equivocada?
Lo que no puede suceder es que quienes acallen la voz queden impunes. Una costumbre cada vez más practicada que no debe dejarnos indiferentes. No puede ser que gobernantes que acechan y expulsan o matan periodistas puedan hacerlo sin más, y seguir relacionándose como auténticos demócratas con el resto del mundo. ¿Por qué hemos de ser fuertes a la hora de oponernos a un golpe de Estado, y no cuando ese Estado impone una censura? Y esta pregunta va dirigida al diario La Prensa, de Nicaragua. Sus editoriales en los días posteriores al golpe no se defienden periodísticamente. No tienen cabida desde un lugar donde se reclama la libertad de expresión. En Honduras no ha habido un golpe de militares contra políticos, sino de unos empresarios contra otros. El pueblo siempre está debajo del juego, y los militares a las órdenes de unos oficiales de alto rango convertidos en grandes terratenientes y empresarios. ¿No está pasando lo mismo en el Ejército de Nicaragua? Sólo es pregunta.

La libertad de expresión es uno de los pilares de la democracia. Los medios, todo mundo está de acuerdo, han retrocedido mucho en la misión de mantenerse a salvo de las manipulaciones y los intentos de abuso. Pero de algún modo, conviene preservar la posibilidad de decir y contar algo, aunque se esté equivocado.

Lo que queda claro es que, finalmente, si los que ahora gobiernan en muchos lugares le tienen miedo a la voz, es cuando merece aún más la pena que la voz se oiga, porque algunas veces esas voces hablan como las nuestras, y dicen por nosotros lo que no nos atreveríamos a decir. De que sigan viviendo las voces independientes depende en muchos casos la libertad, no sólo de los que hablan, sino también de los que callamos.


franciscosancho@hotmail.com