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En la década de los 80, cuando Nicaragua adquirió protagonismo mundial a causa del proceso revolucionario, fui designado oficialmente para servir de contraparte al proyecto de la Bibliografía Nacional Nicaragüense. Iniciativa del librero norteamericano George F. Elmendorf (1938-1997), quien creó una fundación privada para financiarlo, este proyecto fue ejecutado por dicha entidad (Latin American Bibliographic Foundation) y la Biblioteca Nacional “Rubén Darío”. En junio de 1983, con el veterano bibliotecario René Rodríguez Masís, elaboré el primer informe del equipo nicaragüense que presentamos al mes siguiente en el XXVIII Seminar on the Adquisition of Latin American Library Materials (Salalm), celebrado en San José de Costa Rica, donde se aprobó.

Casi cuatro años fue la duración del proyecto hasta que dio luz su producto final: la primera bibliografía automatizada y completa de un país latinoamericano. (Sólo Venezuela, con sus petrodólares, se había anticipado; pero su bibliografía nacional automatizada era de carácter periódico, no retrospectiva y, por tanto, incompleta). En tres tomos y papel no acídico, con más de mil páginas cada uno, la nuestra sumaba –excluyendo medio millar de publicaciones seriadas: memorias ministeriales, escolares, empresariales, etc.- 21,130 fichas catalográficas. Estas comprendían libros, folletos, hojas sueltas, tesis, etc. desde 1829 (año de la introducción de la imprenta en Nicaragua) hasta 1978; e incluían lo publicado, impreso o en mimeógrafo- por nicaragüenses o sobre Nicaragua, tanto en el país como en el extranjero.

La segunda edición de las Reglas de Catalogación Angloamericana (traducidas por Gloria Escamilla) y los Encabezamientos de Materias para bibliotecas de la Organización de los Estados Americanos (compiladas por Carmen Rovira y Jorge Aguayo) se aplicaron a las fichas, las cuales especifican las bibliotecas donde se localiza cada publicación. Así se trabajó primero en 83 bibliotecas públicas de los Estados Unidos (las del Congreso, Austin, Berkeley, New York, Tulane y Kansas, principalmente), Nicaragua (sobre todo las del Banco Central, Instituto Histórico Centroamericano y Nacional “Rubén Darío”) y Europa (seis en Francia, una en España –la del Instituto de Cooperación Iberoamericana- y otra en Alemania: la del Iberoamericanishes Institute de Berlín). Y luego en 47 bibliotecas privadas (cuarenta y cinco en Nicaragua, privilegiando la de José Jirón Terán; una en España y otra en Estados Unidos).

A dos personalidades de la bibliofilia, William E. Carter y Miguel D’ Escoto, dedicó la obra su gestor y director ejecutivo: George F. Elmendorf. El prólogo fue firmado por Ernesto Cardenal, Ministro de Cultura del Gobierno de Nicaragua. Escribió Cardenal: “Las condiciones creadas por la Revolución Popular Sandinista, particularmente en lo que se refiere al rescate de nuestro patrimonio cultural, hicieron posible y necesaria esta obra magna. Nicaragua contaba con una gran riqueza bibliográfica, y al mismo tiempo carecía de una completa bibliografía nacional. Los mayores intentos de recopilación se habían hecho de acuerdo con una metodología tradicional, con un contenido muy limitado e incompleto, y además algunos habían quedado sin editarse”.

“Especialmente el rescate de la identidad nacional nicaragüense que ha significado la revolución –continúo-, exigía la necesidad de conocernos y reconocernos a fondo, no sólo en el presente, y con miras al futuro, sino también en el pasado. Y ellos nos obligaba a reunir toda la bibliografía en torno a nosotros, tanto la que estaba dispersa por el mundo, como la que teniéndola en el país, por negligencia se iba perdiendo. Y ya muchísimo habíamos perdido, por cierto”. De ahí la importancia de la Nicaraguan National Bibliography (1986), en la que participé como bibliógrafo asesor del equipo nicaragüense y consultor del norteamericano.

Pero no puedo dejar de reconocer a Sandra Siú León, quien se desempeñó asimismo en ambos equipos: como directora del nicaragüense y bibliógrafa del gringo. Al igual que el suscrito, Sandra permaneció en Redlands, California, ejerciendo sus funciones. Además de ella, laboraron como bibliógrafo el ya referido Rodríguez Masís y como catalogadoras Antonia Sequeira, Berta Martínez, Cándida Laguna, Concepción Pérez e Isolda Urbina. Todas se integraron con entusiasmo al equipo nacional.

Posteriormente, la producción bibliográfica de Nicaragua aparecida durante los años 80 fue trabajada en forma electrónica. Una vez más, abarcó títulos publicados en el país y fuera de él, registrando en total 4,467, en su mayoría surgidos en el extranjero y en varias lenguas, como el alemán y el inglés. Su elaboración fue posible, en su primera fase, con fondos de la Unesco y luego con el firme apoyo de ASDI (Asociación Sueca para el Desarrollo Internacional). El suscrito fue director y compilador general del volumen titulado Bibliografía Nacional de Nicaragua:1979-1989 (Managua, Instituto Nicaragüense de Cultura, 1991). Colaboraron en el volumen como auxiliares técnicas Antonia Sequeiro y Elsa María Castillo; y su asesor informático fue Jorge Suárez. Doña Gladis Ramírez de Espinoza, Directora del Instituto Nicaragüense de Cultura y Fidel Coloma González, Director de la BNRD, apoyaron el nuevo proyecto que continuaba el precedente.

Al igual que en la Nicaraguan National Bibliography, cada ficha contiene la biblioteca donde se localiza el ejemplar catalogado. En este caso, aparte de las bibliotecas y centros de documentación del país, aportaron sus títulos la Biblioteca del Congreso en Washington, D.C., y el Archivo de Alfonso Vijil en Redlands, California, que posee la mayor colección bibliográfica sobre Nicaragua existente en el mundo. Desde entonces, la Biblioteca Nacional “Rubén Darío” ha seguido elaborando y publicando cada dos o tres años la bibliografía nacional, gracias al trabajo responsable, y tan mal pagado, de funcionarias especializadas como Maribel Otero y Nora Zavala.

Como información no desdeñable, cabe citar que los autores con más entradas en la bibliografía de la década revolucionaria fueron los siguientes: Rubén Darío: 67; Ernesto Cardenal:66; Daniel Ortega: 47; Tomás Borge Martínez: 42; Jorge Eduardo Arellano: 39; Sergio Ramírez: 36; Jaime Wheelock: 35; Pablo Antonio Cuadra: 23; Teófilo Cabestrero: 18; Carlos Fonseca: 20; Miguel de Castilla: 16; Vladimir Ilich Lenin, Omar Cabezas y Gioconda Belli: 11 cada uno; Carlos Tünnerman y Gregorio Smuko: 10; Alejandro Serrano Caldera y Edelberto Torres Espinoza: 8.

En fin, las dos magnas bibliografías (la de los años 80 del siglo XX y la de los 150 años: de 1829 a 1978) merecen revalorarse y difundirse. Así lo comprendió otro gran proyecto: el de la Biblioteca Virtual del Banco Central de Nicaragua, que las ha incluido en su acervo.