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La palabra regulación es probablemente el término que más se esté utilizando al analizar las causas y las soluciones a la aguda crisis económica y financiera que asola los mercados en todo el mundo. Se ha dicho que la regulación diseñada hace sesenta años hoy debe ser revisada porque las condiciones de funcionamiento entonces del mercado económico y financiero eran distintas a las de la actualidad. Es verdad. Como también lo es que si todos los sujetos económicos actuaran en el mercado bajo supuestos de racionalidad, los mercados, se ha dicho, se autorregularían sin mayores problemas, lo que es imposible de forma espontánea y mecánica tal como la historia ha demostrado. Sin embargo, como bien sabemos, la concreta manera en que la regulación se ha realizado en fechas recientes ha sido, en unos casos, claramente deficiente y, en otros, inexistente. En realidad, se admitió, por fuerte que parezca, que el lucro era el único fin del modelo, de manera que operando en este esquema todos saldrían ganando. Eso sí, en el marco de una burbuja que algún día terminaría por explotar, como así ha sido.

La regulación de la actividad económica y financiera, en manos de los entes reguladores de valores y de los bancos centrales es obvio que ha fracasado en los Estados Unidos. Ahora, súbitamente, nos encontramos ante el “mea culpa” nada menos que de Allan Grenspaan, el presidente de la entonces todopoderosa FED, que ha reconocido que el pensamiento ideológico no se debe aplicar al funcionamiento del mercado. Es verdad que ahora ya sabemos lo que puede acontecer cuando la regulación o no existe o es deficiente. Pero el problema al día de hoy es diseñar un sistema global de regulación, que junto a los reguladores nacionales garantice que cuando aparezcan situaciones de irracionalidad en el sistema económico o financiero, se detecten y se corrijan de inmediato. Lo que ocurrió en ese pasado reciente de búsqueda alocada del beneficio a cualquier precio por todos los agentes económicos y a partir de cualquier procedimiento, es que se diseñara toda una serie de productos financieros nocivos, tóxicos se les llama, que han terminado, como era de esperar, por contagiar al mercado y por desencadenar un ambiente de desconfianza que no será fácil ni sencillo desactivar en poco tiempo.

El mercado sin regulación no es mercado. Por otra parte, la regulación sin libertad económica tampoco es regulación. La regulación debe asegurar parámetros de racionalidad en el sistema. Además, permite identificar los productos peligrosos, pudiendo reducir considerablemente unos riesgos que, en el presente inmediato y en el pasado no muy lejano, fueron objeto de la especulación más feroz que imaginar se pueda. El virus produjo diversas formas de irracionalidad bien conocidas: retribuciones desproporcionadas de altos directivos o, por ejemplo, comisiones por doquier en condiciones de ausencia de principios éticos. Al día de hoy restaurar los más elementales criterios de transparencia y buena gestión constituye un desafío bien relevante. Claro, si sólo se alivia el mal y quienes se han aprovechado del desbarajuste no responden de sus negligencias, entonces la ciudadanía continuará distanciándose de la realidad institucional y terminará por poner en cuestión el sistema en su conjunto.


*Catedrático de Derecho Administrativo.