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Colaboración como Miembro del CNE, para:
“A 30 años del Triunfo de la R.P.S.”


A mi hermano, J.R. Vílchez.

A finales de los años 20 e inicios de los 30, del siglo pasado, Estelí, Madriz, Nueva Segovia, Matagalpa y Jinotega, departamentos que integran la unidad territorial conocida como Las Segovias, fueron escenarios de la gesta de Augusto Sandino, al frente de su irreductible Ejército Defensor de la Soberanía Nacional de Nicaragua (EDSNN), contra la ocupación norteamericana, resultando Ocotal, y su población civil, la primera ciudad latinoamericana bombardeada, en julio de 1927, por la aviación de los Estados Unidos, muchos años antes que Hitler arrasara con la mitad de Europa. Quizá a estos antecedentes históricos se deba que las peculiaridades que caracterizaron al proceso revolucionario en Las Segovias, fueron, en muchos aspectos, muy diferentes a las expresadas en otras regiones del país.

Al triunfo de la Revolución Popular Sandinista, en Las Segovias aun había sobrevivientes del EDSNN, quienes, a pesar de la mordaza que sobre Sandino impuso Somoza, trasmitieron a sus descendientes los testimonios de su lucha, tejiendo una impronta indeleble en la memoria colectiva del pueblo segoviano. Por eso, en 1979, Sandino era un héroe conocido en caseríos y comunidades de la manigua segoviana, donde, por identidad de clase o por herencia familiar, la mayoría de campesinos tenía arraigo sandinista, elemento que también explica la existencia de una base social que, pese a la amenaza de ser asesinados por la Guardia, sostuvo, en las asperezas de la clandestinidad, a los primeros guerrilleros allegados a sus territorios. Tampoco es casual o extraño que estos ex combatientes desenterraran sus viejos fusiles y se los entregaran, como estafetas históricas, a los muchachos del Frente Sandinista de Liberación Nacional, relevo generacional de una lucha popular que nunca terminó.

A partir de 1982, el gobierno de Ronald Reagan, financió, organizó y entrenó a la Contra, quien, con el respaldo incondicional del Ejército de Honduras, se acampamentó a lo largo del borde fronterizo con Nicaragua, desde donde incursionaban a Murupuchí, Teotecacinte, Chuslí, y Jalapa, para desplazarse a la profundidad de otros municipios de la región, matando gente y destruyendo infraestructura productiva, lo que obligó a la dirección político-militar sandinista a enviar a las Milicias Campesinas a enmontañarse a tiempo completo, para repeler aquellos ataques, y preservar las vidas de mujeres, niños y ancianos de los caseríos vecinos.

Pese a los desgarres de la guerra, la población segoviana, en especial la campesina, protagonizó novedosos procesos sociales, económicos, políticos y culturales, expresados en nuevas formas de organización que, a su vez, sirvieron de base para transformar la tenencia de la tierra, organizar cooperativas, entregarles miles de créditos para la producción agropecuaria, facilitarles maquinarias, equipos, insumos, apoyo técnico, y comercialización para sus productos; construir asentamientos poblacionales, y dotarlos de centros escolares y de salud. Entonces, por vez primera en la historia de Nicaragua, las campesinas manejaron tractores y fusiles, y prepararon tierras para asegurar la sobrevivencia, orgullosas de sí mismas, dando a luz sus nuevas capacidades, asumiendo gran parte de la producción, en particular, en las cooperativas organizadas en los Polos de Desarrollo de Jalapa y Quilalí, y obteniendo de la sociedad, ¡por fin! el postergado reconocimiento a su condición de mujeres.

Las experiencias de la población segoviana de participar y transformar sus entornos, desencadenaron un potencial de cooperación, iniciativas y posibilidades en diferentes sectores de la vida, prácticas que por limitaciones de diferentes tipos continúan inéditas, y que, sin duda, mediante su adecuada divulgación, contribuirían a potenciar a tantos vigores dispersos, y enfrentar, en mejores condiciones, la producción de alimentos, crisis que sigue afectando a millones de seres humanos en el mundo. Por eso, sería de gran trascendencia que, instituciones del gobierno y ONG’s apoyen el rescate de la visión que la población de Las Segovias tiene de la vida, y aprender de la gente para enseñar a la gente.

A 30 años de nuestra Revolución, es justo honrar a todos los trabajadores de las instituciones del Estado de entonces, en especial, a los técnicos de la Reforma Agraria, muchachos que, a caballo o en motocicletas, apoyaron a cooperativistas de Miraflor, Moropotente, San Bartolo, Las Vigías, El Coco, Daraylí, San Lucas, Cusmapa, Las Sabanas, Yalí, San Rafael del Norte, y tantos lugares más, impulsados por una convicción formidable, sabiendo que, en ese cotidiano trajín, podían quedar truncadas sus vidas. Y la Contra, de manera selectiva, comenzó a asesinarlos, y hubo dolor y rabia, pero nunca se amedrentaron.

Testimonio de esos seres especiales que “ni siquiera pidieron un pedazo de tierra para su sepultura” son mis hermanos: Silvio Chavarría y Julio Moncada (Estelí), Roberto Alvarado (Rivas), Alejandro Espinoza (San Isidro), Eddy Castellón (Malpaisillo), e Inés Flores (Asociación de Trabajadores del Campo). Además, Bayardo Rodríguez y Luis Cruz (Zonal del FSLN San Juan del Río Coco), Javier Mejía (alcalde de ese municipio), el Capitán José Benito Aráuz (jefe de un Batallón de Lucha Irregular), los muchachos de los Batallones Estudiantiles de la Producción, y tantos cachorros y civiles, cuyas valiosas vidas quedaron destrozadas por las emboscadas.

También es justo rendir tributo a quienes, convencidos que construían una Nicaragua para todos, fueron mutilados por la guerra, y después, por esas groseras paradojas de la vida, olvidados por sus antiguos dirigentes, devenidos en empresarios acaudalados, amnésicos a sus nombres o a sus seudónimos; y por supuesto, un homenaje a los sobrevivientes de aquella terrible pesadilla, que aún creen que se puede erradicar la miseria, económica y espiritual, que aqueja a nuestra noble nación nicaragüense.


*Secretario General del Centro Nicaragüense de Escritores
urtecho2002@yaho.com