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No es necesario ser escéptico para poner en duda la decisión de declarar al país “territorio libre de analfabetismo” por debajo de los estándares del 5 % establecido por la Unesco, algo que constituye una bribonada o burdo simulacro evidenciado en el aliento famélico y espíritu comprimido del pueblo, ya que la ignorancia siempre estará estrechamente ligada con la pobreza, caminando de la mano como una pareja inseparable, resignada, sucia y andrajosa. Mientras un Estado tercermundista, no mejore los niveles de vida de sus habitantes, ni interrumpa el avance desproporcionado de extrema necesidad, ni genere empleos, ni atraiga inversiones, ni incentive la producción a gran escala, ni garantice el acceso a la información y la tecnología, ciencia y conocimiento... difícilmente podría catalogarse como un país instruido, libre de iletrados o rescatado del oscurantismo; porque la realidad es otra: cada vez hay más vagos y pobres, más tierras ociosas ocupadas por delincuentes y brutos... sin mayores signos de progreso y desarrollo.

Lo peor es que dicha declaración es secundada y creída por connotados educadores y funcionarios nacionales o extranjeros de la talla de Juan Bautista Arríen, el Ministro de Castilla, Lucío Gil Ph. D Ideuca, Tünnermann Bernheim, el profesor Pineda... quienes saben que su papel de defender esa mera presunción gubernamental es motivado por el anhelo de repetir la hazaña de los ‘80, titánica batalla librada en ese remoto contexto de efervescencia popular, hoy convertido en un largo y prolongado sueño del que parece, muchos aún no se han despertado.

Para qué ir tan lejos; basta adentrarse un poco en el cordón expansivo de miseria que asfixia a la capital para darse cuenta de la enorme cantidad de iletrados y analfabetas que subyacen en los barrios marginales de Managua, rústicas comarcas o recónditas zonas rurales, más allá del límite que pueda alcanzar cualquier encuesta o sondeo aleatorio de estudio de… ¿erradicación de la pobreza? Igual que en todos los municipios, incluyendo la RAAS y la RAAN donde hay zonas inextricables en que el tiempo se ha detenido, pareciera irreal y fantástico encontrarse con indígenas ilustrados, buzos pensando en las profundidades de los cayos misquitos o mulatos del narcotráfico empírico... verdadero teatro y pantomima propia de Guachipilín. La educación de un pueblo o la alfabetización de un individuo, no termina en aprender a leer y escribir o memorizar las cuatro letras... es un trabajo constante de perfeccionamiento y reflexión que debe proporcionar las herramientas básicas y necesarias al estudiante para su debida formación, periódica y cotidiana; que forje un futuro en su vida individual y colectiva, el mejor de los destinos para su entorno y comunidad. Si no, el principiante sólo sabrá poner sus nombres y apellidos, leer una advertencia de peligro, o informarse si se sacó la lotería... echando al traste todo el esfuerzo de ese volátil aprendizaje.

Supongamos que un joven campesino o urbano proletario, haya aprendido a leer y escribir en su huerta o esquina, entre cartillas y libros, pizarras y acrílicos, para luego ser abandonado a la buenaventura por los voluntarios brigadistas alfabetizadores, ¿habrá cambiado en algo su situación original de sembrar al espeque o divagar por el mundo con sus perniciosas manías? Aquél hubiese preferido un arado o yunta de bueyes, semilla mejorada, financiamiento, capacitación técnica y manuales del oficio; y éste un empleo digno, recursos económicos o rehabilitación; de manera que de nada sirve al campesino, obrero, artesano y jornalero... la mejor alfabetización sino se le da seguimiento teórico-práctico para que se desenvuelva en su medio, facilitándole los instrumentos esenciales de sobrevivencia, cosa que no ha resuelto tampoco el fallido programa Hambre Cero.

Y como adéndum, el Mined está causando un daño irreversible a las futuras generaciones con el nuevo modelo de educación y evaluación curricular, ya que con el fin de retener al estudiante, los maestros de primaria y secundaria han recibido orientaciones de eliminar los exámenes parciales o trimestrales, limitándose a calificar al alumno mediante algunas pruebas y sistemáticos, la revisión de trabajos y tareas en casa, y el comportamiento en clase o conducta... para “estimularlo en su aplicación diaria”, pero privándolo de una instrucción de calidad, porque todos tienen que pasar el año, no pueden reprobar ninguna materia y se debe reducir al mínimo el índice de deserción escolar. ¡Felicitaciones por semejantes logros! Esta nueva metodología ministerial, está creando más analfabetos de facto, niños jumentos que sólo sabrán “pasar la vista sobre lo impreso”, pero con buenas y elevadas notas de boletín.

Vale más un 10% de analfabetos, antes que un 90 por ciento de lerdos estudiantes, bachilleres inútiles y universitarios obtusos; tremenda realidad con la que tiene que lidiar el futuro del país.

El Mined se jacta de la merienda escolar implementada en los centros de educación pública, pero a costa de los padres de familia que se ven obligados a comprar las tortillas cuando se les lleva el maíz para nesquisar, moler y palmear; a devolver los frijoles duros, sacados como piedras del fondo de las bodegas de Enabás y mandar los cocidos de su casa; a endulzar un cereal terroso, agregándole leche y hielo para que sea digerible; aparte de las mejoras exigidas de crema, queso, pollo, etc... que las más veces avergüenzan a los infantes que no llevan nada y tienen que dar excusas a las maestras.

Son detalles que se le escapan a los muy ilustrados educadores e intelectuales que tienen a sus hijos estudiando en colegios carísimos, porque no se atreven a matricularlos en centros de pésima educación pública, aceptando de manera tácita que “sólo en la instrucción privada se puede asegurar el futuro de las nuevas generaciones”, y que la ciencia y el conocimiento es una carga inllevable para el Estado que no desquita en nada las imposiciones al pueblo.

La ignorancia y la pobreza ascienden exponencialmente en proporción aritmética a la proliferación demográfica. Hace cincuenta años éramos dos millones de habitantes y un bachiller de esos tiempos podría ser ahora un profesional. Sin embargo, anualmente se gradúan miles de bachilleres y técnicos que van a dar las nachas en la educación superior, quebrándose el culo de botella entre antiparras y a horcajadas de vinil. Son los mismos que engrosarán las filas del ejército de desempleados y de emigrantes, vagabundos y locos, mendigos y pedigüeños, presidiarios y monstruos, niños, payasos y ancianos en los semáforos... ¡Ad maiorem Dei gloriam!

mowhe1ni@yahoo.es