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Las generaciones actuales carecen de fuentes históricas confiables, porque la mayoría de los historiadores han tenido una concepción clasista según la cual los hechos que hacen la historia, son los protagonizados por hombres “notables” de la clase social dominante. Fuera de la actividad del hacendado-político, del político-“militar” y del jerarca católico nada ha merecido su atención; de la gente común, sólo destacan a quienes hacían algún acto heroico al lado de “su general” durante las continuas montoneras liberales y conservadores en su lucha por el poder.

Por las circunstancias y un heroísmo extra, un humilde Andrés Castro fue reconocido como héroe; pero un humilde Augusto Calderón Sandino, quien dividió nuestra historia entre el pasado semicolonial y el futuro de esperanza en libertad, para los historiadores libero-conservadores sólo fue un “bandolero”. Pasaron muchos años para que un gran latinoamericano, Gregorio Selser, descubriera su condición de héroe. Los campesinos-soldados que formaron parte de los ejércitos privados de los hacendados, apenas alcanzaban en las fotos, cuando las había, como una masa anónima.

Parece que tampoco las generaciones futuras se verán libres de esta concepción de la historia, pues les tocará formarse con la literatura histórica de quienes no piensan muy distinto que sus antecesores. Las clases sociales emergentes desde principios del Siglo XX, que comenzaron a organizarse con conciencia propia, alejándose cada vez más del tutelaje de los “notables” y en un proceso de percepción del mundo y la sociedad con una nueva óptica, no son tomadas en cuenta, y cuando se ocupan de ellas, aún las creen sumisas ante los “notables”.

Esta reflexión me la provocó la lectura del trabajo de Jorge Eduardo Arellano –presidente de la Academia Nicaragüense de la Lengua y miembro de la Academia de Geografía e Historia de Nicaragua—, titulado “Hace 62 años. El golpe de Tacho Somoza a don Leonardo” (END, 12/7/09). En especial, me llamó la atención este párrafo: “No se olvide que dicho líder militar y político (Anastasio Somoza García) había concretado su alianza con los obreristas al permitir en el mismo año de 1944 la fundación del Partido Socialista Nicaragüense, pactando con el movimiento sindical, y decretar el primero de mayo de 1946 del Código del Trabajo, asesorado por el líder izquierdista de México Vicente Lombardo Toledano”.

Sin poner en duda la capacidad del doctor y académico Arellano, le señalo las siguientes inexactitudes:
Comienza: “No se olvide que dicho líder militar y político había concretado su alianza con los obreristas…” Los “obreristas” son quienes simpatizan con los obreros o son los expertos en asuntos obreros. Sin aclararlo, don Eduardo enseguida enlaza la idea según la cual esa “alianza con los obreristas” la hizo Somoza… “al permitir en el mismo año 1944 la fundación del Partido Socialista Nicaragüense, pactando con el movimiento sindical, y decretar el primero de mayo de 1946, el Código del Trabajo, asesorado por el líder izquierdista de México Vicente Lombardo Toledano.” Todo inexacto y, además, confuso. ¿Qué la alianza se produjo al permitir la fundación del Partido Socialista, pactando con el movimiento sindical y decretar el Código del Trabajo, asesorado por Vicente Lombardo Toledano? Absurdo e incomprensible.

Puntualizaré, para tratar de aclarar tal confusión:

1) A los que don Eduardo llama “obreristas” con los cuales Somoza firmó alianza, fueron encabezados por Roberto González Morales, Alejandro H. del Palacio (después, redactor de Novedades), Jesús Maravilla Almendárez, Carlos Teclear; desde 1937, todos habían desertado del Partido Trabajador Nicaragüense (1933-1938), cuando Somoza les ofreció una diputación en la Constituyente posterior al golpe de Estado a Sacasa en 1936 (diputación que no les dio). Estos señores nunca militaron en el PSN, aunque se consideraban “socialistas”, y con ellos Somoza firmó alianzas cada vez que lo requirió su aspiración reeleccionista.

2) Los esfuerzos para fundar el Partido Socialista nunca tuvieron el visto bueno de Somoza; al contrario: en la tarea de organizar el partido estaban los dirigentes obreros, cuando en 1939 Somoza destruyó la Confederación de Trabajadores de Nicaragua y expulsó hacia Costa Rica a una parte de ellos, como Carlos Pérez Bermúdez, los hermanos Augusto y Juan Lorío, Efraín Rodríguez, Manuel Herrera (padre de la comandante Leticia Herrera). Estando allá, en 1940, organizaron un “Partido Comunista de Nicaragua” que tuvo vida efímera. Cuando regresaron en 1941, encontraron a otros líderes, como Manuel Pérez Estrada y Armando Amador, quienes seguían en su afán de organizar un partido. Discutieron, tuvieron contradicciones (cada grupo tuvo su periódico: Índice y Hoy, este último de los ex exiliados), y lograron unirse en “El Comité Pro Democracia” (1942), después lo transformaron en “Bloque Antifascista de los Trabajadores” (1943) y finalmente, en 1944, se identificaron como Partido Socialista nicaragüense. Fue un rápido, pero intenso proceso que en nada se parece a lo dicho por el académico Arellano.


(Lo que ocurrió el 3 de julio del 44, no fue la fundación del PSN como resultado de algún congreso, sino que, aprovechando una de las tantas crisis que provocó la reelección de Somoza, ese día lanzaron un manifiesto a nombre del PSN firmado por Francisco Hernández Segura (como Secretario General); Juan y Augusto Lorío, Manuel Pérez Estrada, Francisco Pinel (el cronista deportivo), Ricardo Zeledón, Carlos Pérez Bermúdez, Marco Largaespada, Miguel Ángel Flores y José Tijerino, tío de Edgard Tijerino). Este documento contiene errores de apreciación sobre la situación política de aquellos días, los cuales están señalados en el libro “El movimiento obrero en Nicaragua” –1985—, de Carlos Pérez Bermúdez y el suscrito).

3) El código del Trabajo no fue una graciosa concesión de Somoza, pues los trabajadores lo demandaron y lucharon por él durante no menos de veinticinco años; Somoza lo promulgó con el fin de atraerse a los del PTN primero y después a los del PSN, pero sólo lo logró con los ya mencionados; el Código se discutió en el Congreso Nacional que lo aprobó en noviembre de 1944 y fue promulgado a principios de 1945 (no en 1946).

4) Vicente Lombardo Toledano, nunca vino a Nicaragua como asesor de Somoza; él pasó de tránsito y estuvo en la Plaza de la República el primero de mayo de 1945, por invitación que le hizo Armando Amador Flores, cuando ambos estuvieron en el Congreso de la Confederación de Trabajadores de América Latina (CTAL), efectuado en abril de ese año en Calí, Colombia. Toledano era su Secretario General.

El hecho de que el doctor Arellano escribiera que todo lo referente a este asunto… “lo revela Jesús M, Blandón en su excelente crónica histórica de los años 30 a los 60”, no le eximía del deber de investigar. Además, Chuno no escribió sobre el tema exactamente como el doctor Arellano lo refiere. Aparte de eso, Chuno tiene inexactitudes sobre este tema en su libro “De Sandino a Fonseca”, las que ya señalé en Nuevo Amanecer Cultural de END, el 1 de noviembre de 2008. Y dejo constancia de que Chuno, con humildad y honestidad que les son propias, ha ofrecido tomar en cuenta mis observaciones en la reedición que está preparando de su magnífico libro.

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