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Cuando Fernando Bárcenas tiene la razón con la pregunta ¿Avance democrático a partir del orden constitucional?, la tiene, haciendo hincapié que son los movimientos sociales, los que llenan las constituciones de contenido, moldean su interpretación y hasta empujan las modificaciones y ampliaciones. Sólo que no basta “copiar y pegar” frases de un viejo catecismo marxista-leninista sino para el análisis hay que tomar nota de lo verdaderamente ocurrido durante el siglo pasado.

Resulta entonces, que en aquellos países, donde se respetara el orden constitucional, los movimientos sociales, incluyendo los sindicatos como una expresión organizada de la clase obrera, han tenido más espacio para desarrollarse, plantear sus reivindicaciones y obtener resultados palpables, que en aquellos países, donde líderes carismáticos únicos de partidos únicos supuestamente de vanguardia usurparan el lugar correspondiente a los movimientos sociales, convirtiendo éstos en meros instrumentos de transmisión de las ordenanzas del poder.  
Esto era ya la esencia de la crítica de Rosa Luxemburgo: no una y otra expresión burocrática del poder, uno u otro exceso, sino la base filosófica misma de Lenin para justificar su ejercicio de poder, sus formas y contenidos. Según Lenin las masas son dundas y brutas e incapaces de organizarse, y necesitan por tanto la inspiración, orientación y organización proporcionado por sabios hijos de la burguesía, quienes en un acto voluntarista, comparable solamente con el “Renacer en Cristo” de los ultraconservadores, se ponen a la cabeza. Lenin así pone a Marx “de cabeza”, según lo cual la capacidad de auto-organizarse de los movimientos sociales precisamente nace de su propia experiencia, de las condiciones compartidas en la vida diaria, sirviendo la teoría sólo como un instrumento de análisis para incidir mejor, pero no como una religión escatológica de nuevo tipo.

Ahora bien, se podría dejar la controversia entre Luxemburgo y Lenin como un asunto del pasado así como el análisis de las consecuencias como asunto para los historiadores, si no fuera que la tragedia nicaragüense tuviese este mismo trasfondo. Veamos.

En 1948 Costa Rica tenía un per-cápita de Producto Interno a la mitad de Nicaragua, entre otros por tener un nivel de tecnificación e infraestructura inferior que Nicaragua. Se cuenta que en tiempos de cosechas vinieron miles de labradores costarricenses para acá. Al darse un rompimiento del orden constitucional en forma de fraude electoral, se levanta una revolución liderada por José Figueres Ferrer de fondo para restituir éste, dándose al fin una nueva constitución con rasgos tanto nacionalistas como socialdemocráticos, lo que en aquellos tiempos incluía la nacionalización de áreas claves como la energía eléctrica y la banca. No obstante que el Ejército había sido aliado en la insurrección, se disuelve a éste, dedicando sus recursos e instalaciones a un proyecto nacional de educación masiva. Desde aquel momento se ha respetado la Constitución de Costa Rica.

En 1979 –Nicaragua tiene aún un per-cápita del BIP encima de Costa Rica por un nivel más alto ahora de industrialización- triunfa un 19 de Julio la revolución sandinista, un levantamiento de toda una sociedad contra un régimen familiar de 40 años, con constantes modificaciones de la Constitución, elecciones manoseadas e instituciones podridas. Me atrevo a adivinar diciendo que las grandes mayorías, en cantidad y sectores, esperaba, en base de los principios declarados anteriormente,  una revolución “a la tica”. Sin embargo el liderazgo sandinista creyéndose Dios como expresa Tomás Borge establece en el “documento de las 72 horas” el camino de Lenin como curso a seguir, hasta que –como de nuevo dice Borge- el pueblo los sacó en las elecciones del 1990, habiéndose caído el per-cápita del BIP a menos que un cuarto de lo de Costa Rica.

Sin embargo no solamente la economía quedó en ruinas, sino la transformación de las organizaciones de masa en mero cuerdas de transmisión destruyó a las mismas, sobreviviendo el colapso de fondo solamente tres sindicatos, Anden, Fetsalud, y el Scaas, el último precisamente por oponerse desde mucho antes del colapso. Ahora bien, los 16 años siguientes por tanto han sido años de una difícil reconstrucción aún incompleta, incluyendo elementos importantes de legalidad como la Ley de Participación ciudadana, el nuevo Código de Trabajo, la Ley de Servicio Civil, el Plan Nacional de Educación Consensuado, y las leyes correspondientes.

Aun así, los movimientos sociales no han logrado tener el peso como lo tienen en Costa Rica, donde después de protestas masivas, la banca, la energía y las telecomunicaciones siguen nacionalizadas, abriéndose solamente espacios complementarios para el sector privado. Igualmente solamente en Costa Rica estos movimientos han tenido la capacidad de lograr una protección efectiva del medio ambiente, o de obligar al ejecutivo a un referendo sobre el Cafta con resultantes cláusulas de excepción para Costa Rica. No así en Nicaragua.

Lastimosamente hoy en el 2009 – con un BIP per-cápita a un octavo de Costa Rica, con más de medio millón de nicaragüenses como emigrantes de desarrollo en Costa Rica, pues allá sus hijos reciben una mejor educación subsidiada directamente por el Estado tico y hasta en los mismos labores agrícolas se les paga el triple de Nicaragua- reaparecen los fantasmas demoníacos del pasado, prometiendo por un lado “leche y miel” bajo un liderazgo religioso-carismático único, y por el otro pisoteando en nombre de un supuesto partido único todos los avances legales democráticos, que se obtuvieron en 16 años de reconstrucción, incluyendo el fraude electoral, la sustitución de la participación ciudadana por ley con los CPC partidarios a través de decreto presidencial, la demolición de la Ley de Participación educativa por simple decreto ministerial, la partidarización del sector público; y la castración de los únicos sindicatos sandinistas sobrevivientes más la persecución de organización civil, que se oponga.


Dígame Fernando: ¿Quién tiene la razón, los manuales o la historia?

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