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A las horas en las que escribía este artículo, veía a un hombre ataviado con sombrero dirigirse a la frontera con Honduras. Muchas personas rezaban y otras cruzaban los dedos. El presidente oficial de Honduras, Manuel Zelaya iba a tratar de volver a su país después de llamar al pueblo a enfrentarse a la punta de los fusiles del Ejército. Este intento de que un país se desangre en una guerra civil llega tarde y mal a una Centroamérica que ya le dio la espalda a ese tipo de conflictos.

Durante los años ochenta, las autoridades hondureñas jugaron el triste papel de servir de base para la Contra y para los intereses de Estados Unidos. Pero en las conversaciones de paz de finales de esa década y principios de los noventa, se convocaron a todas las naciones del Istmo. Lo que ha ocurrido hasta ahora dista mucho de las lecciones aprendidas desde entonces. Oscar Arias tomó el liderazgo de una mediación fracasada. Pero llama la atención que con todo el Sistema de Integración Centroamericana, las numerosas cumbres que se han celebrado durante los últimos años, los pactos, los tratados de libre comercio, los bancos de integración económica, las iniciativas público-privadas, con todo, no se haya podido evitar que un país le dé la espalda no sólo a la región sino a todo el mundo, y se vuelva en busca del pasado.

Observando, a través de los medios que lo han cubierto, las reacciones del pueblo hondureño, sorprende en cierto modo que los enfrentamientos no han sido tan masivos como se esperaba. Las manifestaciones de apoyo a un lado u otro no han sido numerosas. Se informa de dos muertos, víctimas directas de las fuerzas hondureñas. Para unos, dos muertos son mucha pérdida, para otros, no es más que el comienzo. Los rezos y los dedos cruzados son un voto a la esperanza por Honduras, un país hermano que no aspira a bañarse en sangre. Ya lo hubiera hecho.

Sin embargo, este panorama podría cambiar, cuando los protagonistas de este enfrentamiento, en el que la ideología es un elemento entre más, aumentasen la tensión a finales de esta semana. Zelaya, un hombre que no ha dormido suficiente en los últimos días, que no ha dejado de exponerse públicamente tanto él como su familia en larguísimos discursos, reuniones y cambios de planes, parece obedecer a razones arbitrarias, o al menos improvisadas. Tiene a toda la comunidad internacional a su lado, y también le sobra la razón. Pero ya no basta, le pide al pueblo que acuda a arroparle a la frontera. Es cierto que él fue el presidente de gobierno que eligió el pueblo. ¿Pero comparte el pueblo su proyecto?

Los que dieron el golpe de Estado están locos. Sin atisbo de dudas, están locos. Viven en otro tiempo, y tampoco se les puede pedir mucha cordura, cuando no les importa enfrentar a su pueblo a la debacle económica a espaldas del mundo. El único mandatario que les ha sonreído, según informan algunos medios, es Uribe, desde Colombia, donde (coincidencias) Estados Unidos instalará cinco bases militares. Zelaya, ataviado de sombrero, está convencido de su papel de héroe, y esta vez no dudará tanto en jugársela. Pero, ¿y el pueblo? Las calles de Tegucigalpa, de San Pedro Sula, las comunidades rurales, qué dicen.

Tanto lo que decide Zelaya, como lo que hace Micheletti, no es consultado con el pueblo. No tiene raíces en los intereses inmediatos del pueblo. Cada uno, creído en su papel de salvadores. A Zelaya hay que dejarle terminar su mandato. Pero cuándo nos salvarán de los salvadores, de estos redentores que provienen siempre del gran capital, o las grandes haciendas de Centroamérica, de esas familias adineradas y enriquecidas a base de una larga historia de injusticias.

Lo de Honduras no es un conflicto nacional solamente, por tanto en su solución deben intervenir, al menos, los países del Istmo. No tendría sentido que no fuese así. Su inestabilidad afecta a toda Centroamérica y a las esperanzas de nuestros pueblos, tan cansados y tristes de no terminar de arrancar, de salir adelante. No es bastante castigo la memoria de la lucha, la sangre de los niños, mujeres y hombres que perdimos en el camino. No es bastante para aprender que se puede construir mucho más desde la vida que desde la muerte. Que la paciencia y la terquedad de la vida siempre vence.

Quien dispare primero será el culpable, y los que pierdan seremos todos. Familias que se dan golpes de Estado. Da rabia observar con impotencia lo que ocurre en Honduras. Utilizar a la gente, quitarle su capacidad de decidir, y tomar decisiones sobre el Estado sin contar con ellos. Países considerados como fincas, o como experimentos en campos de trabajo a cuyos empleados y subempleados hay que salvar de no se sabe muy bien qué. No sé de qué se sorprenden cuando en las encuestas a jóvenes centroamericanos, la mayoría de ellos manifiestan que quieren irse para siempre. ¿Es que no hay forma de detener esta locura?

franciscosancho@hotmail.com