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En su autobiografía Polémico testimonio (Managua, 2009), Adolfo Miranda Sáenz (Granada, 21 de diciembre, 1948) no se presenta como un oficioso y desmesurado cultivador del Yo. Careciendo de ego protagónico, de pretenciosa figuración —o, como diría León Núñez, del síndrome del figureo—, proyecta equilibradamente la plenitud de su persona reconociendo que en el Teatro del Mundo nunca fue actor principal, sino de reparto. Es decir, menor, de segundo plano; pero auténtico.

Adolfo explica en su introducción los alcances de su libro en el que narra acontecimientos sobre los cuales fue testigo como miles de nicaragüenses. Pero él ha logrado, a la altura de los sesenta años recién cumplidos, comunicar también sus momentos dulces y amargos, resumir sus experiencias familiares y formativas (la impronta cristiana de su tía abuela y la enseñanza recibida en colegios católicos, más las ideas liberales de su papá y las socialistas de su hermano Edmundo marcaron su conciencia social); establecer un balance de sus ideas y opiniones bien fundamentadas, consciente de que no todos estarán de acuerdo con él. De ahí el adjetivo polémico del título.

Pero tal adjetivo no es una novedad en él, ya que Adolfo siempre ha sido proclive a manifestarse en diarios y revistas, radioemisoras y canales de televisión; a generar opinión con autoridad moral entre las élites (no entre peluqueros y taxistas, como diría Gabriel Zaid) sobre temas de interés público. O sea: se ha expresado personal e independientemente, al margen de las verdades oficiales, esto es, como verdadero intelectual. Y en otros ámbitos: clases impartidas a sus alumnos de colegio y universidad, seminarios, debates y conferencias.

Yo discrepo muy poco de Adolfo. Podría suscribir casi todos sus comentarios o pequeños ensayos, en concreto sobre la política exterior y el sistema electoral de los Estados Unidos, el liberalismo social, la personería jurídica de la Iglesia Católica en Nicaragua, la semblanza de Angelo Giussepe Roncalli y la carrera espacial de Rusia y los Estados Unidos hasta la llegada del hombre a la luna en julio de 1969, hace cuarenta años. Y muchas de sus páginas me han impresionado. Las consagradas a un común maestro del Colegio Centroamérica—el jesuita Carlos Caballero— las podría suscribir con la misma emoción que él. Incluso me hicieron llorar, como otras tantas páginas de su libro, escrito con claridad y sencillez. Por eso se lee de un solo tirón. Por tanto, no se trata de una bofetada metafísica, ni de un efluvio lírico, ni de un manual para adeptos, ni de un expediente clínico, ni de un ejercicio narcisista, sino de una narración sincera y coloquial.

Tampoco es un libro más sobre Nicaragua. Consiste en la visión de un sujeto cuya vida tiene su propia historia, pero íntimamente vinculada e inmersa en la historia de su nación, en las costumbres y en la idiosincrasia de su pueblo. Ubicada, además, en medio de las circunstancias sociales y políticas que se han dado en el mundo. De ahí que cumpla su modesto objetivo: compartir sus vivencias y reflexiones con el lector. Adolfo se remonta a sus antepasados inmediatos, comenzando con don Canuto Miranda, comerciante de Santo Tomás, Chontales, establecido en Granada, y enamorado de una cirquera mexicana con la que se casó procreando a dos hijos: Francisco Galo y María Miranda Arteaga.

“La familia Miranda Arteaga —considera necesario especificarlo— no era una típica familia granadina”. Es decir, “conservadora”, tema que desarrolla en el tercer capítulo. En efecto, su abuelo Francisco Galo Miranda Arteaga —graduado de médico en la Universidad de Filadelfia, con prácticas especializadas en el hospital San Luis, de Francia— no era católico, sino masón, rosacruz, teósofo y liberal. Y en su mausoleo del cementerio de Granada dejó testimonio de sus creencias en un pequeño obelisco. A su regreso de Francia, el doctor Miranda Arteaga se había casado con María Luisa Morales Quiroz (hija de Nicolás Morales Zavaleta y Ana Quirós Quezada, a su vez hija de Lucas Quirós, sefardita costarricense y uno de los principales productores de café en la Nicaragua de las últimas décadas del siglo XIX.

Pues bien, Francisco Galo y María Luisa “no tuvieron dificultad alguna en su matrimonio por sus concepciones religiosas. Doña María compartió plenamente la ideología liberal que profesó su esposo. Liberalismo —especifica su nieto— que no impidió implementar una estricta disciplina en la educación de sus hijos. Fueron estrictas normas las que el doctor Miranda Arteaga estableció en la vida cotidiana del hogar. Por ejemplo, a la hora de las comidas se tocaba un pequeño gong y cinco minutos después se tocaba de nuevo, pero al segundo gong todos sus diez hijos (Humberto, Canuto Edmundo, María Luisa, Inés, Octavio, Enrique, Eduardo, Francisco Galo, María Lastenia y Carlos Miranda Morales) debían estar en la mesa, y quien no estuviera a tiempo no podía sentarse a comer”.

Adolfo dedica no pocas páginas a Granada: una ciudad que se niega a ser moderna y prefiere ser colonial —la define—; al estilo de vida tradicional del ambiente de esta ciudad en los años cincuenta del siglo XX “con el repique de las campanas de sus iglesias, con los pregones de sus vendedores ambulantes, recorriendo sus antiguas calles polvosas o empedradas, después cubiertas por asfalto. Calles que de chavalo transitaba a pie —añade—, en bicicleta o en coche de caballos y luego en un antiguo Land Rover o en Peugeot que en los años 60 tuvo mi papá, hasta que crecí para comprarme mi primer y diminuto auto Fiat”.

También evoca a sus antepasados paternos y maternos, a su familia de clase media alta —la ubica sociológicamente—: los Miranda-Sáenz, muy vinculada a la mía, entre otros factores por uno muy importante: su padre, el médico Edmundo Miranda Sáenz, me trajo al mundo, al igual que a 16 de mis hermanos. Sólo el parto antepenúltimo de mi fecunda madre Nelly Sandino Vargas, por anticiparse en Managua, no fue atendido en nuestra querida Granada por el doctor Miranda, para los Arellano Sandino siempre venerable.

No puedo ser imparcial, pues, ante este libro en el que la imagen de Adolfo Miranda Sáenz se concreta, por cierto nada común. Un Adolfo que desde los 6 años decidió hacerse franciscano (y en una memoria del Colegio Centroamérica aparece fotografiado y vestido como tal), a los 9 vendió el diario La Prensa en las calles de nuestra ciudad natal y a la salida de los cines, a los 10, permaneció algunas semanas como aprendiz de mesero en el kiosco de don Kristos Denamadis en el Parque Colón, a los 13 se interesó en la “Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días” (léase mormones), a los 14 frecuentó el “Salón del Reino de los Testigos de Jehová”, a los 15 formó parte del inquieto grupo literario “Los bandoleros” y a los 16 se enamoró para siempre de Lucía Palma Álvarez. “Una linda muchacha granadina —la describe— de 13 años, rubia, de ojos verdes, que después de casi 5 años y medio de noviazgo muy serio y circunspecto, fue mi esposa”. 44 años ha compartido Lucía —su pareja ideal— la vida de Adolfo Miranda Sáenz, siendo padres de 3 hijos y, hasta ahora, de 8 nietos.

Un Adolfo cuya fama trascendía las aulas colegiales desde los 9 años, cuando —preparado por el Padre Pedro Miguel— ganó el Certamen Departamental de Declamación a nivel de primaria e inmediatamente el nacional con el poema “Caso” de Rubén Darío; y a los 16 se impuso en otro Certamen Nacional, a nivel de secundaria, con el “Canto de Esperanza”, también de Darío; aparte de obtener el segundo lugar en el Concurso Nacional de Oratoria, al año siguiente, siempre en representación del Colegio Centroamérica y superando a competidores de la categoría de Jaime Wheelock Román.

Un Adolfo que a los 14 años, ya mantenía programas en la granadina Radio Sport y era pilar del grupo “Estandarte de Bandoleros”, oficialmente integrado el 15 de enero de 1963 (fecha de su manifiesto publicado en La Prensa) y un año después narraba detalladamente las honras fúnebres del doctor Calos Cuadra Pasos; luego dirigió y gerenció —tenía 16 años— otra empresa de Granada: Radio Centro y llegó entonces a compartir cabina deportiva en el estadio Flor de Caña al lado nada menos que de Sucre Frech. “Me sentía un enano ante un gigante” —recuerda.

Podría extenderme mucho más al respecto. De hecho, ya he evocado las actividades de ese grupo literario y su importancia local, entre ellas la revista Posintepe (3 números aparecidos en 1966), órgano de “Los Bandoleros”, editada por Adolfo y dirigida literariamente por mí. Al grupo pertenecieron “Chichí” Fernández (hoy flamante promotor del Festival Internacional de la Poesía de Granada, iniciativa embrionariamente concebida desde entonces), el “poeta carpintero” Raúl Xavier García, Orión Pastora (admirable también por su oratoria), Francisco Castillo (precoz maestro del ajedrez, capaz de vencer simultáneamente, de espalda y con los ojos vendados, a diez contrincantes) y Horacio Duarte.

Resumiendo: en su autobiografía, que es a su vez una visión de la historia de Nicaragua a lo largo del siglo XX y primeros años del XXI desde la perspectiva de un testigo importante e inteligente, Adolfo Miranda Sáenz deja una estela de cuasisantidad. Y no exagero al expresar esto, ni me anima congraciarme con él, ni caigo en la tentación de mentir al reafirmarlo. Pues Adolfo realiza plenamente lo que decía Ansonio en el epígrafe de Parentalia, libro autobiográfico del maestro universalista de México, don Alfonso Reyes: El deber más santo de quienes sobreviven es honrar la memoria de los desaparecidos.