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En Nicaragua los caudillos cabalgan. Es una carrera desenfrenada hacia la misma meta. El más corrupto de los caudillos, ex-convicto perdonado por delincuentes al servicio de apostadores incondicionales de la corrupción, rechoncho y sudado, a sabiendas se va quedando atrás fingiendo no darse cuenta de ello, y saluda eufórico a sus fanáticos como si tuviera la delantera. La barra “roja sin mancha” también se autoengaña y explota en ovaciones a su paso. En el fondo él corre por correr, cumpliendo nuevamente lo pactado, haciendo uso de la libertad que le regalaron como parte de aquel juego. Los únicos inocentes, los equinos, van a galope tendido. Muy adelante van el otro caudillo y la caudilla seguidos por sus vástagos devenidos en jockies montando veloces ponies. Padres e hijos tienen la misma meta y para ellos ésta sí es una carrera de verdad. El caudillo pelón saluda igual que el rechoncho y sus cortesanos le responden de igual manera, hasta el punto que uno pudiera creer que la de uno y otro es la misma claque. Un viejito orejón, estrafalariamente vestido y casi histérico, arenga a la multitud cuando pasa la caudilla enjoyada hasta las crines de su yegua pintada en color chicha.

Esta fiesta hípica supera todo lo imaginable. Las avenidas y las plazas están atiborradas de gente que no quiere perderse aquella carrera contra el tiempo y la razón. El jamelgo del caudillo-pueblo-presidente ha sido pintado mitad rojo y mitad negro. La caudilla descansa sus posaderas, es un decir, sobre una albarda rebosante de flores verdaderas. Ella lleva las riendas con garbo, soltura y firmeza; virtudes que no luce el caudillo a la hora de sostener las suyas débilmente, pareciendo más preocupado por no caer de su brillante montura, obra maestra de la talabartería chontaleña, con el nombre de “ALBA” grabado a sus lados. Sin embargo, canta a dúo con su compañera cuando ésta se lo indica. Van como almas que se las lleva el diablo, pero por una cabeza va ganando la caudilla. Como es también una competencia contra la historia, pasan por el lugar donde Anastasio Somoza García monta airoso su hueco caballo de piedra, intentando espolearlo para ponerse a la par de los nuevos caudillos. Desde unos parlantes misteriosos, ubicados en el túnel del tiempo, salen los versos de Ernesto Cardenal: “Somoza desveliza la estatua de Somoza en el Estadio Somoza…porque yo sé que el pueblo la derribará un día.” La primera dama coloca el tapojo de su yegua en sus oídos para no escuchar. Por su parte la personificación de la vida de los pobres del mundo, el caudillo en su jamelgo hambre cero, raudo desanuda de su cuello la pañoleta rojinegra, para como tapujo colocarla sobre sus ojos y no ver al caudillo de piedra. Cuando pasa el caudillo rechoncho, una multitud ya está tirando de las cuerdas atadas a los cuellos de jinete y cabalgadura, hasta derribar la estatua ecuestre.

Nadie parece querer aprender de aquel hecho histórico profetizado por Ernesto Cardenal, y los caudillos y su prole clavan sin misericordia las espuelas en los flancos sangrantes de sus cabalgaduras. Lo hípico se torna grotesco y abarca más a montadores que a montados. Los caballos, antes ágiles, jadean agotados. Desde El Cuzco el viejito orejón despotrica contra los caballos, tildándolos de derecha. Sin embargo, hasta los rezadores de las rotondas, antaño de rostros bonachones, reaccionan airados contra aquel siniestro hipódromo electorero. La caudilla se enfurece: los cascos de su caballo pisotean trozos de esculturas de vírgenes tirados por aquellos rezadores estafados, y voltea sus ojos al cielo para no ver más la traición y deslealtad de aquellos oligarcas. Agita enérgicamente las innumerables pulseras en su brazo derecho y con ostensible indignación asegura las riendas de “La Patria”, que así se llama su yegua.


“El País”, cabalgado por el caudillo omnímodo, lucía exhausto y ya la diferencia con “La Patria” era de una cabeza, cuello y pecho. A lo lejos se divisaba la meta engalanada con pancartas alusivas a Dios y a los pobres del mundo, y lo que en un principio parecía un hipopótamo rosado, asumió la figura del Presidente del Consejo Supremo Electoral, juez y parte en aquella farsa. Magistrados y diputados de los poderes del Estado muy orondos y felices se encontraban instalados en “La Garnacha”, enflorada tribuna que compartían con el Magistrado Mayor, quien a su vez estaba flanqueado por doña Chepita y el Cardenal Obando. “El Estado”, el caballo del caudillo rechoncho, no tenía la menor posibilidad de ganar. Eso y más ya lo sabía aquel magistrado gordo y sanguíneo, rojo de felicidad al momento de dar el banderillazo de llegada a la “Reelección”, nombre de la meta de los caudillos.


luisrochaurtecho@yahoo.com