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La consigna que encabeza este artículo --si se le puede llamar así a lo que más bien es una ambición burocrática compulsiva-- pone de manifiesto el proceso burocrático que contuvo a la insurrección popular victoriosa del 19 de julio. Para forjar de nuevo un movimiento progresista en el país es necesario hacer un balance objetivo del proceso de los años ochenta, desde una perspectiva socialista. El movimiento ascendente de las masas desmanteló completamente el aparato estatal de la dictadura de Somoza, de forma espontánea, sin organización conciente de los trabajadores en torno a un programa democrático revolucionario. De manera que comenzó de inmediato su proceso de reflujo cuando la capa dirigente de la burocracia naciente recompuso sin contratiempo el poder político absolutista, concebido abiertamente por encima de las clases sociales (capa que se comportaba y a la que la población miraba “como a reyes”, según la confesión reciente de un dirigente de la época, que no parece comprender el significado político de su expresión, desde la óptica de las clases sociales).

En países económicamente atrasados, donde el movimiento obrero es sumamente débil y amplios sectores de las masas viven en relaciones de producción precapitalistas (que frenan el desarrollo de las fuerzas productivas), existen condiciones objetivas y subjetivas para que prevalezca la ideología pequeño burgués en el movimiento nacionalista revolucionario, de contenido democrático. Máxime cuando el partido que alcanza el poder no tiene carácter proletario, ni se ha formado en el trabajo de masas, ni dispone de una teoría revolucionaria, materialista, con la cual forjar las consignas de movilización que apunten al fortalecimiento de la conciencia obrera (como vanguardia de los sectores más oprimidos de la sociedad).

En nuestro caso, sólo el movimiento obrero, con una correcta conducción, podía haber levantado un programa con consignas propias, de pleno empleo, junto a las reivindicaciones democráticas de los precaristas, de los aparceros y del minifundio (que bajo una economía de subsistencia asumía los costos de reproducción de la propia mano de obra estacional que demandaba el modelo agroexportador dependiente, desarrollado por Somoza, que daba un escaso valor agregado a los productos primarios de exportación, al café, el algodón y la carne).

En el derrocamiento de Somoza hay que distinguir, por lo tanto, dos etapas cualitativas distintas. En la primera etapa, durante el proceso insurreccional en contra de la dictadura, se da una movilización espontánea de las masas, de carácter ascendente, progresiva, revolucionaria; mientras, en la reestructuración del aparato estatal, se da el predominio del carácter burocrático, reaccionario, antidemocrático y represivo, en un proceso inverso, con la reconstrucción de un poder absolutista bajo la dirección política de una capa social de origen pequeño burgués que, en esencia, frena el desarrollo del programa de transformaciones democráticas que reclama la economía nacional. Naturalmente, la aureola democrática revolucionaria de la primera etapa cubre la naturaleza antidemocrática, reaccionaria, de la segunda. Esta segunda etapa se incuba en la espontaneidad de la primera.

La dirección del gobierno en los años ochenta, incapaz de aplicar un método de análisis de la realidad social, y de trazar una estrategia progresista con base a la dialéctica del desarrollo social, es decir, a las relaciones de producción objetivas determinadas por el adelanto de las fuerzas productivas del país, no se propuso fomentar alianzas democráticas entre amplios sectores sociales explotados, para afianzar el proyecto de nación. El partido en el gobierno tomó un curso de centralización estatal, sin control alguno de parámetros de productividad, lo que llevó al descalabro de la capacidad productiva del país, con resultados desastrosos para las condiciones de vida de las amplias masas.

El reparto de la riqueza nacional se basaba, también, en la coacción burocrática. Se impuso un control absoluto, de carácter policial, al mercado interno. De esta manera, se gestó una inmensa base social campesina dispuesta a luchar por un programa democrático elemental en las relaciones de trabajo y de comercio del agro, que obviamente condujo a una guerra nacional en contra del gobierno (que a su vez incrementaría el descalabro de la economía). La burocracia, cada vez más aislada de las masas, respondió con el reclutamiento militar obligatorio de la juventud. Lo que a su vez agravó el descontento generalizado de la población.

Un dirigente de los años ochenta, en una entrevista reciente en EL NUEVO DIARIO se ufanaba en señalar que el sandinismo no fue derrotado militarmente; sin comprender, todavía, que la guerra por encima de un objetivo militar tiene un objetivo político. Por ello, en el arte de la guerra, el objetivo militar supremo es derrotar al adversario, o sea alcanzar los fines políticos, sin disparar un tiro. Peor, aún, sin comprender que para el pensamiento revolucionario lo importante no es si la burocracia pierde el poder por elecciones justas o no, sino, valorar un proceso histórico por el cambio en la correlación de fuerzas entre las clases sociales; o sea, en concreto, por el fortalecimiento o menos de la clase progresiva.

A este respecto, durante la década de los ochenta, las exportaciones cayeron al 30 % de las importaciones. La deuda externa creció de 1,500 millones de dólares a 11,000 millones. La producción industrial se redujo al 88 %. La hiperinflación fue de 33,000 por ciento en 1988, la tasa de cambio pasó de 10 córdobas por dólar a 38,150 Córdobas. El salario real en 1989 era el 10 % del salario de 1979. Aumentó la marginalidad social. Los trabajadores asalariados emigraron al trabajo informal (ya que los salarios aumentaban a un ritmo inferior al de los índices de precios al consumidor). El PIB per cápita en 1989 se redujo al 43 % del que había en 1979 (lo que equivalía al PIB de los años cuarenta). El 89 % de la población campesina no lograba satisfacer sus necesidades básicas. El área de cultivos de exportación disminuyó de 359 mil manzanas a 276 mil. Disminuyó la productividad de la fuerza de trabajo, así como la duración y la intensidad de la jornada laboral. El desempleo creció del 3.2 % al 11 %. Se descapitalizó el sistema financiero, con la inversión en megaproyectos sin estudios de rentabilidad, que no expandían la producción ni generaban divisas para repagar la deuda externa y que requerían de condonaciones del servicio de la deuda con los bancos estatizados. En fin, durante la década de los ochenta, simplemente retrocedieron las relaciones de producción capitalistas (datos tomado de “Nicaragua: estrategias de desarrollo y políticas de ajuste, 1950-1997”. José Luis Medal).

A la par de la crisis económica, que dramáticamente soportaba la población, la burocracia gozaba de inmensos privilegios. Tenía acceso a “diplotiendas especiales” donde se abastecía de productos importados, que en las condiciones de racionamiento extremo que padecía la sociedad se percibían como verdaderos derroches palaciegos.

El derrocamiento de la dictadura somocista, pese a que es un hito revolucionario de referencia importante a nivel mundial, carece de contenido histórico si no ha conducido a la democratización del agro. La principal consigna para reconstruir la sociedad luego del derrocamiento de Somoza era la revolución agraria democrática. Ésta revolución habría convertido la caída de Somoza en un episodio menor, que simplemente abría la posibilidad a una transformación radical de la sociedad, en la cual, el movimiento campesino podía acabar de manera pacífica con las formas feudales de propiedad, con relaciones de producción como la aparcería, el colonato, la mediería y el trabajo agrícola estacional.

En cambio, durante los años ochenta, la mediana y pequeña producción disminuyó del 46 al 26 %. En fin, la burocracia, con consigas como ¡Dirección Nacional, ordene! hizo retroceder al país cuarenta años, incapaz de encabezar la demanda democrática de las masas campesinas más explotadas, con la consigna de ¡Tierra para el que la trabaja!, que serviría de apoyo social al incremento inmediato de la productividad.


*Ingeniero Eléctrico