Hugo Torres Jiménez
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Con todo el respeto que merece su investidura, tengo que decirle que me apena el papel que, por decisión propia o debido a las presiones ejercidas sobre su persona por parte de los Presidentes Chávez y Ortega, usted está asumiendo bajo la supuesta consideración de su necesidad para recuperar la silla presidencial de su país.

Señor Presidente, al aparecer ante la opinión pública con una posición dubitativa sobre sus intenciones y planes para alcanzar el objetivo planteado, no sólo tiende a perder credibilidad internacional sino que le da mayores espacios internos, en Honduras, a sus adversarios políticos, que no son pocos, para desarrollar una campaña tendiente a desvalorizar su imagen de Presidente y de político serio y capaz de dar la batalla por la recuperación de la institucionalidad y el estado de derecho.

Si realmente su intención es la de volver a su país en el marco de las actuales condiciones, déjeme decirle que, al no haber entrado al mismo el primer día que llegó al puesto fronterizo de Las Manos, ya perdió la primera oportunidad (y de pronto podría ser la única) de hacerlo con las mejores probabilidades de éxito, de acuerdo con sus reales potencialidades –que sospecho son bastante limitadas- como para haber generado una dinámica distinta a la actual, que propiciara la aparición de un escenario de mayor confrontación y polarización, con usted liderando al sector que le apoya, ya sea desde las calles o montañas, o desde la cárcel, si el gobierno de facto cumpliera su decisión de apresarlo y enjuiciarlo por supuestos delitos cometidos contra la Constitución y leyes de su país.

La causa es tan grande que no dudo en que vale la pena correr cualquier riesgo por ella. Pero, en términos de la estrategia a desarrollar, no creo que su entrada a la brava sea la más indicada, por los costos que implicaría en una mayor división de la sociedad hondureña, en más sufrimiento de la población, sobre todo de los sectores más desposeídos, y por los riesgos de confrontación violenta que podría degenerar en una guerra civil que creo usted no desea; ¿o me equivoco? Yo puedo creer que éste sea el escenario deseado por el Presidente Chávez y por el Presidente Ortega (cuya irresponsabilidad pareciera no tener límites) en un afán desesperado por tratar de evitar la pérdida de su alfil, en el tablero de la geopolítica del primero, que usted representa; porque así lo ven a usted, Señor Presidente, ni más ni menos.

Si su decisión es entrar, Presidente Zelaya, entre de una vez y asuma las consecuencias de sus actos con gallardía y valor; exhiba la irracionalidad de sus adversarios y muéstrese ante el mundo como un líder consecuente con sus palabras e ideales. Si, como usted ha dicho, es hombre de paz, desarrolle una lucha cívica y pacífica, en procura de sus objetivos. Pero, si considera que no están preparados, ni el sector que le apoya ni usted, para una empresa de esa envergadura, desista de esas intenciones y abandone el sector fronterizo antes de que se malgaste su capital político y quede, ante los ojos de muchos, como un seudo líder o, peor aún, como un pelele de Chávez y Ortega, incapaz de tomar sus propias decisiones.

La otra opción, que es la que apoya la mayor parte de la comunidad internacional, es la de volver a la mesa del diálogo, en San José, bajo la mediación del Presidente Arias. Esta es la opción que no implica ni heridos ni muertos, ni mayor polarización o tensionamiento interno en Honduras y entre este país y Nicaragua, debido a su presencia en el borde fronterizo entre ambos países. También es la opción que cuenta con el respaldo de la ONU, la OEA, la Comunidad Europea y resto de países, excluidas la parte de Venezuela que representa el Presidente Chávez y la menor parte que representa el Presidente Ortega en Nicaragua.

La salida política negociada es la que podría ayudarle a preservar una parte importante de su patrimonio político, otra parte ya la perdió definitivamente –por lo menos por algunos años- y a salir con dignidad de este tremendo embrollo en que usted mismo se metió con la ayuda de sus amigos y de sus adversarios políticos.

Sea cual fuere su opción preferida, decídase ya Señor Presidente, no siga reflejando dudas que éstas sólo le acarrearan mayores pérdidas y, cuidado, el fin de su carrera política.