•  |
  •  |
  • END

Coincidiendo con el 30 aniversario de la fundación del Centro de Investigaciones de Mesoamérica (Cirma) en La Antigua, Guatemala, y de su primer número publicado en 1980, la revista Mesoamérica --que retomó el Plumsock Mesoamerican Studies de South Woodstock, Vermont, bajo el patrocinio de Cristopher Lutz-- llegó el año pasado a su número 50, correspondiente a enero-diciembre, 2008.

Una investigación de Karl H. Offen, geógrafo estadounidense de la Universidad de Texas, Austin, la inicia: “El mapeo de la Mosquitia colonial y las prácticas espaciales de los pueblos mosquitos” (“The Mapping of Colonial Mosquitia and the Spatial Practices of Mosquito Indians”), realizado en virtud del disfrute de cuatro becas: una de la Universidad de Oklahoma y tres Fulbright: dos en Nicaragua (1996-1997) y una en Colombia (2004).

Offen afirma que poco se sabe de la historia inicial de los indígenas mosquitos y otorga a ese término, erróneamente, un contenido étnico. En realidad, la designación de indios “mosquitos” debe entenderse en sentido geográfico, como indios de La Mosquitia, tal como se conocía ese territorio durante la época colonial, y no en sentido étnico como indios “miskitos”. Pero demuestra que ellos fueron actores importantes en la creación del espacio colonial que llevó su nombre. “Como pueblo de raza mixta afroamerindia --concluye--, los mosquitos forjaron una identidad compartida a través de diversos encuentros coloniales que los hicieron fuertes. Las relaciones sociales de igualdad y autonomía de los mosquitos con los colonos de la isla de Providencia y luego con los piratas, sentó las bases políticas de una nación-reino mosquito independiente, aunque dividido”.

Para españoles y británicos, la importancia espacial del “Mosquito Kingdom” se reflejaba repetidamente en el trazado de los mapas, los cuales indicaban el deseo de entender mejor sus actividades. Por ejemplo, su hegemonía sobre los indígenas vecinos fuera del control español, las incursiones directas para obtener esclavos entre los pueblos indígenas de Costa Rica y Panamá, pero ante todo a través de la formalización de relaciones tributarias con los pueblos adyacentes. Según el obispo español de la provincia de Nicaragua, Benito Garret y Arloví, en sus asaltos a las tierras de La Segovia o de Chontales, los mosquitos “profanaban altares, violaban el honor de las mujeres nobles, esclavizaban a los indígenas cristianizados para venderlos a los británicos en Jamaica y tomaban a sus mujeres”. Por eso, según el prelado, era necesario exterminarlos.

Sin embargo, desde la perspectiva de los mosquitos esas acciones expansivas constituían la defensa de su territorio, la proyección de una “nación miskita” soberana, de acuerdo con Bernard Nietschmann, quien terminó como ideólogo de esa entidad.

Como suplemento de su número 50, Mesoamérica publica en volumen aparte un índice de todas sus colaboraciones. Entre ellas figuran las relacionadas con la Costa Atlántica de Nicaragua. Por ejemplo, tres reseñas: 1) del Estudio etnográfico de los indios Miskitos y Sumos de Honduras y Nicaragua (1984) de Eduard Conzemius; 2) de La Mosquitia: historia y cultura de la Costa Atlántica (1985) de Gregorio Smutko; y 3) de La Costa Atlántica de Nicaragua (1988) de Guido Grossman en el mismo número.

Además, insertó la investigación de Bernard Nietchsmann “Conservación, autodeterminación y el área protegida Costa Mosquita, Nicaragua” en el nº 29 (junio, 1995), última investigación de su autor, cuyo resumen es el siguiente: “Los misquitos de Nicaragua y Honduras tienen un extenso territorio que coincide estrechamente con el centro de la biodiversidad costero-marina de Centroamérica y el Caribe. En defensa de su territorio y recursos, los misquitos de Nicaragua han tenido que pelear once guerras. En 1990 iniciaron un proyecto para crear el área protegida más grande de Latinoamérica con el fin de hacer frente no sólo a los ‘piratas de recursos’ internacionales y a los narcotraficantes, sino a políticas centralistas del gobierno y a oportunistas extranjeros”.

Otras dos investigaciones publicadas en Mesoamérica, que es necesario destacar, corresponden a las de Claudia García, una antropóloga social argentina que obtuvo el doctorado en Sociología en la Universidad de Uppsala, Suecia, y es autora de muchos trabajos sobre la cultura e historia de los miskitos. Entre ellos, dos artículos: “Estar en casa: identidad regional e identidad comunitaria de los miskitu en Asang, Río Coco” y “Género, etnia y poder en la Costa de los Mosquitos (siglos XVII y XVIII)”; el primero publicado en el número 36 (diciembre, 1998) y el segundo en el 40 (diciembre, 2000). Aquí se comenta el primero.

A lo largo de dos estancias en el poblado ribereño de Asang, donde en los años 60 del siglo XX Mary W. Helms había realizado otra investigación, Claudia examina cómo los individuos se identifican con un lugar determinado, originándose un sentimiento de pertenencia que define una identidad comunitaria. Las identidades vinculadas a lugares específicos son el resultado de una interpretación particular del significado socio-cultural. Tal es la base de sus postulados teóricos que le permitieron, durante diferentes períodos de los años 1993 y 1994, recoger datos empíricos de ciertas experiencias de vida traumática (en el caso de Asang, su traslado forzoso a los márgenes del río Kukalaya, a 60 km al Sur de su lugar original) que pueden llegar a reforzar la identidad comunitaria y regional.

Asang fue una de las primeras comunidades en ser evacuadas, o “secuestradas” según ella, por el gobierno a Tasba Pri, ubicándola en el poblado de Sumubila, uno de los cinco que formaban dicho reasentamiento. En 1985, ante las constantes presiones internacionales, el gobierno autorizó el retorno de los miskitos de Tasba Pri al Río Coco. La mayoría de la gente de Asang regresó, pero fueron obligados a trasladarse a Honduras, esta vez por los propios miskitos alzados en armas. Cinco años después, cuando Violeta Barrios de Chamorro asumiera el gobierno en 1990 y se iniciara el proceso de desarme y pacificación, pudo concretarse la reconstrucción total de Asang.

En 1998, la aldea tenía unos 1,200 habitantes y revelaba una fuerte tendencia endogámica. De los cincuenta hogares que entrevistó Claudia, sólo tres estaban formados por mujeres de Asang con hombres no miskitos. Se prefería el matrimonio entre la comunidad y con miembros de la familia. Ella también entrevistó a varias mujeres, como Adela y Melia; huérfanas de 11 años. Adela le detalló sus once años de padecimiento antes de regresar a su comunidad: la quema de su aldea, las caminatas descalzas y sin ropa hacia San Carlos, otra aldea ribereña del Río Coco, entre otras penalidades.

El testimonio de Melia fue también dramático: “Eran como las tres de la madrugada cuando empezamos a caminar, en filas como si fuéramos ganado y mientras lo hacíamos veíamos cómo quemaban nuestras casas. Todos llorábamos. El plan era llevarnos a Sumubila, pero algunos, los más numerosos, lograron escaparse e irse a Honduras”. Melia recordaba el hambre que sintió, pero fue cuidada todo el camino por su hermano menor, porque la madre había dado a luz poco antes y los militares la habían trasladado en helicóptero con el recién nacido. Pero ambas se sintieron muy alegres cuando retornaron a Asang.

Respecto a la experiencia masculina, Claudia García escribió sobre varios casos. Uno de ellos fue el de Rufino: “Los grupos de hombres mískitu enrolados en las organizaciones armadas indígenas fueron numerosos. Dichos hombres, que se integraron a la lucha en contra o a favor del sandinismo, monopolizaron aún más las posiciones del ámbito público y su actividad se hizo sentir a diferentes niveles de la sociedad regional. Rufino fue uno de los primeros hombres de Asang que cruzó el río, no para refugiarse, sino para integrarse a las fuerzas alzadas en armas. Cuando lo entrevisté me decía que al comienzo los mískitu alzados no tenían siquiera armas, sólo andaban escondidos en el monte, arreglándose como mejor podían. Rufino aseguraba que recién cuando los primeros refugiados llegaron fue que se enteraron de lo que sucedía en Nicaragua”.

Añade la antropóloga García: “Así supo de la destrucción de Asang, de que su madre y sus hermanos habían sido obligados a trasladarse a Sumubila y que su padre estaba en Honduras. Su familia estuvo siete años separada y recién pudieron reunificarse cuando les fue posible regresar a Asang. Rufino resaltó la alegría que sintieron todos al juntarse. Regresar a Asang fue volver a estar con la familia y estar en casa. Trató de explicarme lo triste que se sienten todos los miskitu cuando por algún motivo deben alejarse del río y de su comunidad diciendo que el miskitu siempre quiere regresar, porque el río y la comunidad son su vida”.

Sentirse en casa, ser hijo de Asang, es para los misquitos de las comunidades del Río Coco más importante que los problemas diarios: “Los resultados de las entrevistas, así como los datos censales obtenidos en el transcurso del trabajo de campo, indican que en este caso las redes sociales y de descendencia son más importantes para la formación de una identidad local, que una participación activa en la vida de la comunidad”. Esta es una de las conclusiones de Claudia García. Y otra: que “el miskitu de Asang reactualizó el sentimiento de pertenencia a un mundo espacial propio, independientemente del social y sexo o fase del ciclo vital de los individuos”.