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Es divertido y paradójico cómo lo cuenta Bruce, de la Asociación Animac+vida que aglutina a personas viviendo con el VIH/SIDA. Esta asociación ha contado con medios tan precarios, que no tuvieron medios durante años, y por ello tiene aún más valor el hecho de que no hayan dejado de impartir talleres de formación allá donde les invitan. Una de sus especialidades es la de platicar con jóvenes estudiantes sobre prevención, mitos y tabúes del VIH en Nicaragua y en el mundo. Lo divertido y paradójico resulta no tan divertido, si se piensa bien, cuando, según me cuenta, al llegar a dar una charla en un centro educativo, recibe orientaciones previas de los responsables del centro. En realidad, advertencias en las que le conminan a hablar sin mencionar las palabras, óigase bien: “Sexo Oral, Sexo Anal, Pene, Vagina, y un etcétera algo extraño y sospechoso”. Esto suele ser más habitual en colegios religiosos.

Pero me dice Bruce que, luego, cuando entra en el aula y empieza a hablar con las cortapisas impuestas, como en ese juego tan difícil en el que uno puede describir una cosa sin mencionar una palabra que por fuerza debería de decir, son los mismos chavalos de Secundaria los que sacan el tema sin pelos en la lengua, y preguntan y preguntan y preguntan. Qué hacer si no darles respuestas a esas cuestiones de las que casi nadie se atreve a hablar en la casa. Pero según la experiencia de esta asociación en sus formaciones y talleres, el gran tabú no es hablar del SIDA, sino hablar abiertamente de sexo. Muchas veces, muchas personas cuando mencionan el SIDA piensan inmediatamente en la homosexualidad, como si una cosa fuera consecuencia de la otra.

Pero aprovecho lo que me cuentan el amigo de Animac+Vida para hablarles de ese gran tabú que es la homosexualidad. No hace mucho, en una fiesta de cumpleaños, una persona de mi generación hacía unos comentarios sobre lo que a él le gustaría que fuese su hijo, profesionalmente, humanamente, etc. En un momento de la conversación, se sintió a gusto cuando proclamó solemne, vaso de ron en alto, que su hijo podría ser lo que quisiera “menos cochón” porque lo que menos soportaba en la vida era a los “cochones”. Para mí esa afirmación tan tajante sin que nadie introdujera el tema en la conversación, ya me pareció sospechosa, porque las manifestaciones de un odio o rechazo irracional hacia algo o hacia alguien suelen ocultar una poderosa atracción hacia aquello que se dice odiar o rechazar, incluso a veces, no es más que una forma de escapar o de ocultar que uno está más cercano a eso que se jacta de denostar. Pero más allá de eso, para mí una de las cosas que pasma en Nicaragua es la doble moral con la que los homosexuales y lesbianas son tratados. Debido a factores religiosos y sociales, se considera que la homosexualidad puede ser una desviación, una aberración, e incluso un delito o una enfermedad. Algo increíble. En muchos países las leyes han avanzado ya para que se legalice la unión de una pareja del mismo sexo que se gustan y se aman. Esta diferencia en la que conviven heterosexuales y homosexuales no puede ser condenable bajo ningún concepto, y sería muy positivo que en el respeto y la familiaridad con esa diferencia se educara a los niños en el colegio, aunque algún papa que otro, vaso en alto, proclame su homofobia al mundo.

Sea de origen genético, como adquirido, lo cierto es que convivimos con las personas de distintas atracciones sexuales, a como convivimos con los de diferente nacionalidad, raza, cultura, etcétera. Un parámetro educacional o religioso no puede hacernos cerrar las ideas para no percibir lo que parece tan claro: que la felicidad de dos personas que se unen y se aman no tiene color ni sexo. Y la felicidad, eso estaremos de acuerdo, es muy evidente cuando se muestra. Lo que voy a decir me duele, pero en Nicaragua se suele aceptar con más facilidad el abuso sexual del hombre hacia la mujer o incluso hacia los niños, que la propia homosexualidad. Sería más fácil que un hombre, después de haberse declarado abusador de un familiar, pudiese ocupar un cargo de responsabilidad pública o política, que si fuese homosexual también declarado. Estaría más consentido. Eso sí es una enfermedad que hay que tratar en un país.

Siempre recuerdo en aquel libro de Isabel Allende, Paula, en el que ella cuenta la larga y dolorosa enfermedad de su hija, cuando relata la anécdota en la que a un niño le cuentan que el vecino es homosexual. El niño oye todos los días que el vecino es homosexual, que el vecino es homosexual, pero él asume la palabra desconociendo su significado. Un día no aguanta más y le pregunta a su mamá qué cosa es eso de la homosexualidad, y la madre contesta que es una “enfermedad”. Al día siguiente, cuando el vecino llega a la casa, el niño apesadumbrado se le acerca, y le pregunta con pena: “Disculpe, ¿a usted le duele mucho la homosexualidad?”

Bueno, yo creo que en realidad todavía nos duele mucho, nos duele no poder convivir con la libertad del corazón. Mientras sigamos ocultando lo que es evidente, mientras no lo veamos tan natural como es, como el amor, como los gustos y como el sexo. Mientras hagamos del sexo un tabú, mientras lo ocultemos, mientras sigamos apagando la luz y cerrando las puertas a las palabras; mientras le digamos a un niño, vaso de ron en lo alto, “cómo se tiene que comportar un hombre”, eso sí será una aberración.


franciscosancho@hotmail.com