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Dios sí se tomó su tiempo para crearla. La concibió con una belleza que se aprecia en el sol naranja que se asoma en sus montañas cada día y en las noches alquitranadas, espolvoreadas por una luna plateada y almidonadas por una miríada estrellas que lo iluminan todo. En el sitio se respira ese tiempo ancestral, estático, y se puede admirar el verde metálico de las hojas llenas de rocío cada mañana. El sonido tenue del silencio acompaña su naturaleza.

Verdaderamente Tecomapa transpira encanto y seducción. Un lugar paradisíaco necesitaba un nombre poético, y éste le vino como anillo al dedo, aunando la belleza visual con la acústica. Pero llegar hasta esta comunidad nada remota y ni siquiera lejos de la capital es casi un imposible. Vive un olvido impuesto, un letargo infinito, y sus habitantes parecen no existir para las autoridades jurisdiccionales de la zona, según palabras de los propios pobladores, muchos de ellos agricultores de hortalizas y ganaderos.

Su entrada no es un empalme ni mucho menos, es una trocha abierta en medio de la nada, frente a una cadena de cerros incipientes y a la orilla del mojón que marca el kilómetro 75 de la Carretera Panamericana Norte. No hay un letrero con el nombre del lugar, ni siquiera donde guarecerse del sol que hace crepitar el camino pétreo sobre el que se debe andar para poder acceder al sitio.

Desde la carretera, donde te abandona a tu suerte el bus, hasta Tecomapa son siete kilómetros. En auto se recorren en 32 minutos, contados con todos sus segundos, durante los cuales rebotás como pelota de ping pong y en un momento dado el vehículo parece arañar las piedras para aferrarse a la vía. En bestia son 49 sin detenerse, pero al finalizar el trecho el pobre animal ha dejado el aliento en algún recodo. A pie no me atreví a hacerlo, estimo demasiado mi vida, pero la gente que vive acá debe recorrerlo si no tiene un medio mecánico o animal que los conduzca de ida o de regreso. Por esto sus habitantes claman la rehabilitación de su único acceso y por donde sacan sus productos para comercializarlos.

La localidad pertenece a Ciudad Darío, Matagalpa, aunque el camino no fue obra de esta municipalidad, sino, cuenta Eduardo Valle, quien es oriundo de la zona, pero que ahora vive en Matiguás, fue un proyecto que concibieron Vicente, Jesús y Rafael Valle, miembros de una de las primeras familias que se asentaron en el sitio a mediados del siglo pasado. Éstos se aliaron con otros hombres y a punto de machete y con el sol sobre los brazos construyeron el “abra” a inicios de los 60, pero tenían un estigma ideológico que los marginó de cualquier beneficio hacia su comunidad: eran conservadores, un pecado en esa época, y cuando más tarde apoyaron los vientos de libertad que promovían los “muchachos”, hasta tuvieron que huir de sus casas para salvar sus vidas. El pueblo simplemente dejó de existir para los alcaldes venideros. Los que hicieron la roza hace 50 años han muerto ya, pero la trocha continúa sin convertirse en una verdadera vía. Muchos lo conocen como el camino viejo a Terrabona, aunque sólo es valedero el adjetivo (viejo).

“Tenemos problemas para sacar nuestras hortalizas”, comenta Degar Valle, un agricultor de Tecomapa y miembro de esta familia que se encuentra desperdigada a lo largo y ancho de la trocha. “Si es en verano, los baches y piedras hacen muy difícil el tránsito de vehículos, tanto que los siete kilómetros que dista esta localidad de la carretera (Panamericana) los hacemos en media hora. Aquí uno debe tener una bestia o un carro para poder ingresar, ya que no hay ningún tipo de transporte que nos lleve; y si es en invierno, además de los pegaderos que se forman, el río nos dificulta la pasada”, añade preocupado mientras se quita la gorra para secarse el sudor de la frente.

Habla con verdad. La vez que fui, hace poco, invitado a la celebración de los cien años de la madre de los Valle, doña Herminia López, la vereda parecía una culebra seca y descamada que la partía en dos el río Grande de Matagalpa, que para esa época sobrevive en serenas y refrescantes pozas y deja al desnudo su lecho no de huevos prehistóricos, sino de esferas milenarias. Partí de la entrada a las 10:30 en punto de la mañana, y llegamos exactamente a las 11:02, claro, íbamos en camioneta. Había unas doscientas personas, sólo familiares, que hicieron la travesía de distintos sitios para rendirle homenaje a la matriarca, y todas y cada una se quejaron del mal estado del sendero.

“Es una barbaridad… cada vez que vengo está peor el camino”, decía uno de los hijos de Herminia, quien junto a Degar y a Eduardo Valle reconocía haber incluso aportado efectivo a la comuna de Ciudad Darío para remozar la trocha, pero que sólo habían mandado un tractor a “hacer la mueca”. Bajo la sombra cálida de un árbol de jícaro, en el traspatio de la casa de Herminia, una decena de agricultores y pequeños ganaderos del lugar por fin se pusieron de acuerdo en algo: “Ya no sabemos qué hacer ni a quién acudir para que nos compongan con el camino”. Fue algo unánime en la diversidad de criterios, una especie de tragedia que los unía, un padecimiento general.

Ese domingo, ya muy entrada la tarde, el sol dio dos chispazos y se apagó detrás de unas nubes bajas que no se movieron hasta que anocheció por completo. El silencio lo cortaban a trechos los sonidos suaves de los animales nocturnos. El agua del río se calmó y las estrellas se encendieron. Salimos al amparo de la luna plateada, que se bamboleaba junto a nuestra camioneta, 32 minutos después estábamos en el kilómetro 75 de la Carretera Panamericana Norte. En medio de la nada, rumbo a Managua. Atrás quedaba el mundo mágico y bello de Tecomapa y sus pobladores… y también su camino cuarteado y olvidado.


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