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Después del golpe de Estado en Honduras, miles de conjeturas y de posibles justificaciones al golpe se han expresado. Algunos se atreven a decir que el golpe es constitucional. Nuevo diccionario político. Golpe es golpe, punto.

En la escena centroamericana, reaparecen actores que durante siglos han tenido un protagonismo nefasto en la historia de la región: los finqueros y acaudalados empresarios dueños de maquilas, centros comerciales, medios de comunicación, empresas telefónicas, bancos y otros lucrativos negocios y, los militares con sus sempiternas ambiciones, los unos no podrían vivir sin los otros. Otra vez, la sombra de Estados Unidos cubre el mapa de Centroamérica y de nuevo la clase política rastrera hace eco de la traición, del entreguismo en busca de lamer el hueso más sabroso. Eduardo Montealegre no se hizo esperar, raudo y veloz viajó a darle su mano derecha al golpista hondureño. Zorros del mismo piñal.


La verborrea en contra del comunismo, resucita en el vocabulario de la región. Atónita frente a la televisión, escucho a la dirigente de las camisas blancas hondureñas gritando, al mejor estilo de la Nicolasa Sevilla, que en honduras no quieren comunismo, ni chavismo, ni no sé cuántos otros inventos. Con una arrogancia digna de un emperador romano, le dice a un periodista que asumen todas las consecuencias de sus hechos, es decir, acepta que dieron el golpe. La guerra ideológica está de nuevo en marcha, con un teatro insuperable: el golpe de Estado en Honduras.

¡Qué casualidad!

Mientras las cadenas noticiosas afines a los golpistas repiten mil veces que todo está en orden, que no pasa nada y que hay calma y tranquilidad, otros medios internacionales, nos muestran las imágenes de las calles hondureñas, donde cientos de estudiantes, amas de casa, obreros, campesinos, maestros, protestan, en resistencia a los golpistas. Pero, lo que pasa en Honduras no es del total conocimiento de todos. A diario, decenas de personas son detenidas ilegalmente, torturadas, encarceladas y desaparecidas. En la frontera con Nicaragua, el departamento de El Paraíso y el de Choluteca han sido militarizados y convertidos en campos de concentración. Los manifestantes son montados a la fuerza en camiones y llevados con rumbo desconocido. La imagen de la madre del muchacho hondureño asesinado por los militares en la frontera me recuerda aquella de la madre de Ajax Delgado con su cadáver en los brazos.

Rigoberta Menchú, Adolfo Esquivel, premios nobeles de la paz, y un centenar de organizaciones de derechos humanos en todo el mundo, denuncian las atrocidades que se comenten en Honduras. También, las madres de plaza de mayo de Argentina han acudido al llamado de las organizaciones hondureñas y expresan haber recibido cientos de denuncias de ejecuciones extrajudiciales, desapariciones forzadas, hostigamientos, intimidaciones, todo perpetrado por los militares. Crónicas de una vieja historia.


Un nombre recorre el miedo de los hondureños, el ex capitán Billy Joya Mendola, entrenado por el régimen de Pinochet y enjuiciado por la Corte Interamericana de Derechos Humanos, por antiguas atrocidades perpetradas en contra de sindicalistas, campesinos y defensores de derechos humanos, está al mando nuevamente, para que haga lo que solo el sabe hacer: reprimir. Cuando la Cruz Roja llegue a Honduras con sus verificadores, no habrá un solo prisionero ni rastros de la represión, la sangre será lavada con cloro, hecho en alguna fábrica de un empresario hondureño. ¿Así funciona la dictadura militar o no?
Bajo ninguna circunstancia, se puede permitir que se consolide el golpe de Estado en Honduras, argumentando si Zelaya actuó mal o no, calculando las pérdidas comerciales, esgrimiendo falsos sentimientos soberanos o haciéndonos ciegos, sordos y mudos ante el sufrimiento del pueblo hondureño. No nos olvidemos que la historia de América Latina esta conectada por hechos similares y ha sido escrita con sangre derramada de la misma manera que el pueblo hondureño lo hace en estos momentos que usted lee esta opinión.


matiguas@hotmail.com