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Existe actualmente una tendencia mundial a negar todo tipo de existencia que vaya más allá de la verificación científica empirométrica. Es una vieja creencia (fe) que arrancó a partir de la mitad del siglo XIX (ejemplo: El positivismo de A. Comte), y que sigue actualmente extendiéndose en los albores de nuestro siglo XXI.

Cuando este tipo de creencia secular quiere invadir el campo de las religiones encuentra, por supuesto, una gran cantidad de defensores o apologistas. Piden y exigen pruebas y muestras, puesto que no están dispuestos a creer aquello que no es capaz de pasar por sus razonamientos conceptuales o su experimentación medible o sensitiva.

El gran converso al cristianismo, Tertuliano (155-222D.C), emitió un slogan que decía así: “Credo quia absurdum” (“Creo porque es absurdo”). Es decir, que el acto de fe no sólo va más allá de la razón y de la experiencia, sino que también no están a la orden de sus exigencias. Si la vida humana proviene de la “nada” y hacia la “nada” vamos, esto seria también un absurdo ya que la vida misma no tendría sentido. La fe, aunque en la mente de Tertuliano es un acto absurdo, al menos los creyentes encuentran un sentido a sus vidas. Entre estas dos opciones, por supuesto, nos quedamos con la segunda. Y aquí abordamos la primera antinomia dialéctica: lo “absurdo” versus lo “racional”. De esta antinomia dialéctica, ¿qué puede salir?. Dejo al lector la respuesta…

Posteriormente San Agustín (354-430 D.C) logra desarrollar esta dialéctica un poco más, superando lo “aparentemente” irracional de la de Tertuliano:
Es la famosa relación entre la “Fe” y la “Razón”. Dice así: “Entiende para que creas; que creyendo, entenderás”. Aquí el “acto de Fe” no comienza con un asentimiento irracional, sino, todo lo contrario: antes de creer, se le pide al futuro creyente que comprenda todos los “contenidos” de lo que posteriormente creerá.

Y San Agustín va aun más lejos: Después de que se ha “comprendido” lo que se va a creer aceptando la Fe, el creyente comienza a tener una nueva vida y una nueva comprensión de la misma fe. Es lo que se conoce como la “Intellectus Fidei” o “comprensión sapiencial de la Fe”.

Si los seres humanos no damos este “salto” cualitativo, jamás comprenderemos lo que es el “Saber” cuando asimila o vive uno su fe. Es la clásica tentación del racionalista que quiere comprender los misterios de la fe con sus categorías mentales “euclidianas” Posteriormente, San Anselmo (1035-1109 D.C), en su famosos libro llamado “Proslogion”, expresa una intuición admirable de cómo demostrar (no mostrar) racionalmente la existencia de Dios. Él fue, por supuesto, un dialéctico consumado. Su argumento es simple. Personalmente lo medité por más de ocho años. Dice así:

“Dios es el ser del cual nada mayor se puede pensar” (Primera Premisa)

“Existir en la mente y en la realidad es más que existir sólo en la mente” (Segunda premisa).

“Luego, Dios existe, no sólo en la mente, sino también, en la realidad” (porque sino fuera así, sería solamente una idea) (Conclusión)

(Puesto que hacer una explicación no me es permitido por el espacio de este artículo, sugiero al lector repetir muchas veces este argumento para mejor captar la profunda verdad que conlleva).

Este argumento fue ampliamente favorecido por Enmanuel Kant y por algunos modernos, entre ellos N. Malcolm. Malcolm decía que “un ser cuya inexistencia es lógicamente imposible es “más grande” que un ser cuya inexistencia es lógicamente posible”.

En la misma Edad Media, Santo Tomás de Aquino (1225-1274) no quiso demostrar la existencia de Dios por vía dialéctica, sino por la vía de la analogía o semejanza. El universo es la huella del Creador. Tomando cinco vías podemos llegar a la conclusión desde el “efecto” a la causa de que existe un Primer Motor, Causa Incausada, Perfección Suma, Inteligencia Infinita, etc.

Y más cercano a nosotros, Descartes (1596-1650). Su dialéctica racional le hace sacar una interesante conclusión. Continuando con una prueba similar a la del franciscano San Buenaventura (1221-1274), prueba la existencia de la siguiente manera: “La idea de la perfección (o de un ser infinito) se hace patente a la inteligencia. Ahora bien, esa idea no procede ni del exterior ni de uno mismo. Por lo tanto, debe proceder de un Ser transmental que tenga esas atribuciones. Luego, Dios existe, puesto que es el ser que nos ha puesto esas ideas en nuestra mente”.

Cabe agregar que René Descartes utilizó esta “creencia” como base o pivote para todo su pensamiento filosófico, convirtiéndose posteriormente en el Padre del Modernismo.

Y del mismo periodo, tenemos a Blass Pascal (1623-1662), que convencido que los argumentos racionales no eran suficientes para convencer a los incrédulos, formulo su famosa “apuesta”.

El argumento de la apuesta apela, en primer lugar, al “interés” de su interlocutor, puesto que de lo que se trata es de siempre ganar.

¿Quién más gana, el que cree o el que no cree? Si hay un Dios después de esta vida, se gana todo, pero si no lo hay, no se pierde nada. En cambio, el ateo siempre pierde, puesto que si gana, la “nada” gana, pero si pierde, lo pierde “todo”. Por lo tanto, concluye Pascal, no podemos equivocarnos en una apuesta en que tenemos todas las probabilidades de siempre ganar y ninguna de perder”.

Y finalmente, a Voltaire (1694-1778), quien fue un enemigo acérrimo tanto de los fanáticos religiosos como de los ateos militantes. A los primeros les hace ver la diferencia entre la religión y la superstición; a los segundos les propone una religión más racional. Llega incluso a decir: “Si Dios no existiera habría que inventarlo; pero toda la naturaleza nos indica que el existe”.

No dudamos de que estos argumentos sean suficientes para probar hoy la existencia de Dios, ya que existen otros muchos más. Sólo queríamos hacer un poco de historia.

Los ateos de hoy en día podríamos clasificarlos en cuatro tipos: los ateos teóricos o dogmáticos; los ateos indiferentes, los ateos beligerantes o luchadores y los ateos prácticos. A los primeros y a los segundos va dirigido este artículo, a los indiferentes o cínicos ni les va ni les viene, y a los que viven diferente a lo que creen o piensan, o sea, los ateos prácticos, no existe amonestación mas que la hipocresía es una falsa vivencia.

Quiero terminar este artículo con un pensamiento de un teólogo alemán llamado Carlos Barth (1886-1968):

“El hombre conoce a Dios porque es conocido por Dios; no buscaría a Dios si Dios no le hubiera hallado ya. La fe no es pues una posibilidad humana; no es un acto nuestro sino un “don”, gracia de Dios…”

“Desde el punto de vista de la psicología, la fe es salto continuo en lo incierto, en lo oscuro, en el vacío; es la audacia de ser, saber y querer en Dios; el valor inaudito de creer “a pesar de todo”, el riesgo supremo, el “no obstante” absoluto y radical”

Juabos_2000@yahoo.es