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“Honduras será condenada al ostracismo absoluto”, dijo con cara de sepulturero el mediador de la prepotencia mundial. El presidente tico, nobelizado con la sangre de miles de centroamericanos, hoy les asegura a los hondureños una paz sepulcral, si se niegan a restituir en el poder a Mel “la monjita” Zelaya. Es decir, vale más la paz de un forajido, que el hambre y el sacrificio de todo un pueblo. Ahora no fue la muchedumbre la que eligió a Barrabás.

Al oír la lapidaria sentencia, los ángeles mensajeros de paz en el cielo emitieron un violento chillido y el propio Alfred Nobel, con cara de desconcierto, se sobó la barba pensando tal vez en alguna cláusula que permita retirar su premio. Pregunto: ¿Dónde estaban los campeones de la democracia cuando el vaquero bolivariano descuartizaba la Constitución hondureña? ¿Por qué no dijeron nada cuando sus mismos correligionarios le suplicaron que detuviera la ilegalidad?
El desdén con el que Zelaya atiende las solicitudes para detener su peligrosa farsa guerrerista es el mismo que dispensó a los poderes hondureños cuando ejecutaba el verdadero golpe de Estado que le costó la presidencia. El miope eclecticismo democrático de la hipocresía mundial no logró ver un elemento extraño en esta ecuación: País pobre y pequeño, igual a sumiso. Honduras resultó ser valiente y digna y eso levanta muchas ampollas y preocupaciones.

Por eso repiten la palabra golpe en cada una de sus comparecencias, para revivir los fantasmas del pasado. Pero Honduras no es Chile del 73, ni Zelaya es Allende, mucho menos Gandhi, como quieren hacernos creer sus leales y ralos partidarios. Suficiente tiempo ha transcurrido y por más que la prensa bolivariana lo intenta, siguen sin aparecer las atrocidades del “brutal golpe”. El mundo también continúa desdeñando con arrogancia las súplicas de Micheletti para que vayan a Honduras a verificar la verdad.

Es más fácil cortar ayudas y congelar préstamos. Hasta ahora sólo el Congreso norteamericano, mostrando mucho más sentido común que Obama, ha enviado una delegación de alto nivel a “verificar de fuente fidedigna la verdad”. La iniciativa además de justa significa que Obama no gobierna sólo. Israel no tuvo reparos en reconocer a Micheletti y Colombia mostró su simpatía, quizás porque ambos países sufren de la misma paranoia internacional cuando se defienden de los ataques terroristas que juran aniquilarlos.

Al poder internacional le conviene ignorar las fechorías de Zelaya y retornarlo al poder sin un mecanismo de consulta que escuche la voluntad de los hondureños, que respete su soberanía y su derecho a la autodeterminación. De esa manera pretenden curarse en salud. Pero no se puede gobernar solamente con aplausos internacionales,¿ verdad?. Se necesita apoyo interno también y Zelaya “el pacífico” ya no lo tiene. Lo perdió cuando intentaba hacer lo mismo que sus compadres del ALBA.

El ex presidente hondureño ganó su presidencia con los votos, pero la perdió con la ley al intentar perpetuarse en el poder e imponer una ideología que desatiende las necesidades sociales del pueblo y persigue el control político absoluto de la sociedad. Es el mismo absolutismo que hoy destruye la libertad en Venezuela, Nicaragua, Bolivia o Ecuador. El mismo que terminó con las libertades y el aparato productivo en Cuba. Hoy ese absolutismo está astillado y espanta el sueño en esas alcobas presidenciales.

Los hondureños han dado un mal ejemplo para la docilidad y por eso se les condena. Demostraron que los votos no son un candado cuya llave fue arrojada al mar, ni un cheque en blanco para destruir la libertad y la economía en nombre de una justicia social que solo favorece a los jefes del partido. Los golpistas, los gorilas, los fascistas no están en Honduras, están del lado de los acusadores, donde se roban elecciones y se gobierna sin leyes, usando las cortes, los poderes y la violencia para implantar un poder absoluto.

Hay muchos más atropellos a la democracia en cualquier país de la Alianza Bolivariana que en la Honduras golpista. Vergüenza para el círculo de intelectuales, los partidos de oposición (de cualquier color político) y los organismos de la sociedad civil, que sorprendidos en su atrofia por la audacia hondureña, se han precipitado a condenarla, con un dogmatismo inútil que también resulta inocuo contra la ilegalidad y los abusos en sus propios países. Ese mismo dogmatismo alimenta los prejuicios e inhibe la libertad de pensamiento en sus filas.

El pueblo hondureño está siendo criminalmente bloqueado y expuesto al matadero sin proponer un mecanismo que les pregunte sobre el destino de Zelaya y la gestión del gobierno interino. Si el caos se desata, la sangre salpicará no sólo a los criminales que se han esforzado en buscarla, sino también a Washington y a la comunidad internacional, por no atender al pequeño país con el alto estándar democrático que pregonan.