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“Las calles son del pueblo”

Gustavo Porras.


Reproduzco este “pensamiento” fascistoide no porque este señor lo haya dicho por primera vez, sino por lo seguido que lo dice y la torpeza que significa que lo esté diciendo. Su decir puede significar dos barbaridades: que pretende pasar a su grupo político como “el pueblo” y que si otros hacen uso de su derecho de transitar por las calles del país, expresando su opinión, él los condena a seguir sufriendo atropellos.

Otra cosa que motivó escribir sobre esta consigna, es que salió en un periódico cuando recién había terminado de leer el libro de Egon Krenz, “Otoño de 1989”, un préstamo que me hizo Henry Ruiz, quien lo recibió autografiado por su autor. Como es sabido, Krenz sustituyó a Erich Honecker como Secretario General del Comité Central del Partido Socialista Unificado de Alemania (PSUA) y en las presidencias del Consejo de Estado y del Consejo de Defensa Nacional de la RDA. Es decir, estuvo al frente de las tres máximas posiciones del poder, entre octubre y diciembre de 1989.

Egon Krenz resume la agonía de la RDA, desde su elevada posición y larga experiencia como dirigente de la Juventud Libre Alemana. Fueron días de grandes esfuerzos tardíos por salvar a la RDA, más víctima de los errores de sus dirigentes que de la acción de sus adversarios del exterior, según la opinión de Krenz.

El dramático final de aquella nación solidaria con Nicaragua es una lección histórica por su autocrítica y su sentido crítico partidario, lo cual emerge en cada página del libro de Krenz. A la luz de la experiencia de aquellos días finales, es cuando la autocrítica de Krenz estimula a pensar en lo torpe de la advertencia o amenaza fascitoide de los Gustavo Porras de aquí. Si el poder material que los alemanes orientales acumularon durante cuarenta años se hizo humo ante el poder destructivo de los errores de sus líderes, ¿cuánto podrá durar el poder de los orteguistas, viviendo de la ayuda exterior y armados sólo con su vanidad, su arrogancia y su autoritarismo?
De los errores que más se lamenta Krenz, sobresalen tres: haberle quitado la libertad de movilización al pueblo (entre otras formas, con el famoso Muro, porque “las calles y la ciudad eran del pueblo”); haberle coartada la libertad de expresión y haber creído que bastaban las consignas a favor de “su” socialismo para que el pueblo creyera que era el mejor sistema posible. Cuando el pueblo, sus organizaciones sociales y la base del PSUA comenzaron a manifestar en las calles su inconformidad con su dirección, los de la cúpula creían que lo hacían contra “el socialismo” y no contra su versión autoritaria y dogmática del socialismo.

Krenz, sin restarle ninguno de los errores que le corresponden a Honecker, tampoco le echa toda la culpa, sino que asume la propia y señala la de todo el Comité Central del PSUA. Krenz critica y se autocritica, en especial, por no haber tenido la voluntad y el valor de oponerse a tiempo a los desvaríos autoritarios del máximo líder de su partido.

Viendo las acciones erráticas de Daniel Ortega y su círculo --guardando las diferencias históricas de cada nación--, uno se imagina cuánta enseñanza les dejaría la lectura del libro de Krenz, para cambiar el ejercicio autoritario del poder. Pero pensar en una auto-crítica del orteguismo, es una fantasía. En términos “chapiollos”, lo que está haciendo Ortega y sus Porras, es bastante parecido a lo que hacía Honecker y su gente: creer que lo dicho u ordenado por ellos era como ley divina, pues creían tener la verdad atrapada en su mente, y el derecho a pensar y decidir por el pueblo en sus bolsillos.

Ésa es una versión desde el poder de la torpe historia del hombre que se negó a ponerle atención a quienes le avisaron que su casa estaba ardiendo, ¡porque él tenía la llave en su bolsillo! La consigna de Gustavo Porras es la conducta de quien cree que nunca va a perder el poder, porque tiene sus títulos burocráticos en el bolsillo. Otro: Tomás Borge confesó a Telesur (20/7/09) que el poder orteguista durará cien años o más. No se les puede negar el derecho a decirlo, pero tenemos el derecho a pensar que tal pretensión sólo podría fundarse en la decisión de hacer, por lo menos, veinte fraudes como el que ya hicieron.

En el caso de los orteguistas, la torpeza es doble, pues los alemanes han experimentado una derrota, y están ya auto-criticándose; los orteguistas ya tuvieron la primera, pero con sus porradas están creando condiciones para que el pueblo les proporcione la segunda derrota. Nada extraña está diferencia, pues si los alemanes, creyendo dominar la teoría marxista cayeron en torpezas, ¿qué será de los orteguistas que nunca la conocieron?.

Sin embargo, los orteguistas podrían volver a leer y estudiar a sus mejores guías, como Carlos Fonseca y Ricardo Morales --a quien ni mencionan ya--, igual que Egon Krenz ha vuelto a leer y estudiar a Rosa Luxemburgo. Krenz recuerda de ella: “Escribió que es reprochable que algunas decenas de dirigentes del partido gobiernen el movimiento revolucionario. De acuerdo con Rosa Luxemburgo, es reprochable el hecho de convocar a los obreros a reuniones de cuando en cuando para aplaudir el discurso del líder, a lo que le dio el nombre de “economía de camarillas”, una “dictadura de un puñado de políticos”, pero no una dictadura del proletariado.”

En su libro, Krenz piensa también en el concepto de la democracia, y para ello recurre a un olvidado líder socialista alemán: “Hace 120 años, Wilhelm Liebkneacht había formulado: “Socialismo y democracia no son lo mismo, pero son sólo una expresión diferente de la fundamental; uno encierra al otro, se complementan, no pueden entrar nunca en contradicción. El socialismo sin democracia es ´post socialismo´, como democracia sin socialismo es “post democracia”. El Estado democrático es la única forma posible de la sociedad socialista organizada.”

La autocrítica de Krenz, hace recordar el decir común de que la persona repasa toda su vida, como en una película, en el momento de morir. Cuando Krenz comienza a rectificar las líneas erróneas de su partido, la RDA estaba por desaparecer, y cuando pensó mejor su autocrítica partidaria, él ya estaba en la cárcel.

Honecker, nunca rectificó, y acusó a Krenz de traición: “Esto lo rechazo con decisión” –escribe Krenz. “Jamás en mi vida he traicionado mis convicciones socialistas. Yo he intentado, lamentablemente muy tarde, ayudar a eliminar las posiciones y errores del socialismo, pero nunca eliminar el socialismo”.

No hay espacio para referirse a las discrepancias que Honecker tuvo con Gorbachov por sus reformas --también tardías--, y Krenz tomó parte a favor del segundo. Pero ahora, Krenz sospecha de que Gorbachov traicionó a la RDA en alianza secreta con la República Federal Alemana. Lo interesante para nosotros es lo que corresponde al error --que ya demostró ser mortal--, de sustituir los derechos y las libertades del pueblo con la “sabiduría” de los líderes iluminados.

Krenz recuerda esta frase de Stefan Sweig: “Cuando los revolucionarios llegan al poder dejan de ser revolucionarios.” Y él agrega: “Nuestro comportamiento se fue volviendo cada vez más pequeño burgués, en lugar de revolucionario.”


¿Cuántos errores pequeburgueses les faltan al orteguismo para reconocerlo?