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Mientras el Presidente Constitucional de Honduras, en nombre de Morazán, organizó en nuestro territorio su “Ejército Popular Pacífico”, en Venezuela Chávez en nombre de Bolívar mutila la palabra. Que a la larga Zelaya haya pensado seguir los pasos de Chávez, no significa que Morazán y Bolívar hubieran dado semejantes malos pasos. Morazán es transformado en un vulgar provocador y Bolívar en un carnicero de la libertad de expresión. Ni Morazán ni Bolívar tuvieron vocación de dictadores, sino todo lo contrario. Manuel Zelaya sucumbió a su afán de continuismo por influencia y ejemplo de los presidentes Chávez y Ortega, tristemente devenidos en burdos falsificadores de Bolívar y Sandino. Así dio pie al resurgimiento del gorilismo en su patria, alentado por Micheletti, quien tomando como pretexto el indudable proyecto reeleccionista de Zelaya, sacó de sus camas en pijamas a Presidente y Constitución, enviándolos al exilio. No fue Zelaya apresado y juzgado. No tuvieron ese valor los golpistas, y burdamente hasta después de perpetuado el golpe de Estado lo acusan de supuestos delitos. Jueces y parte, desnudaron de cualquier apariencia legal tan salvaje acción, y lo condenaron desde el interior de sus cuarteles.

Ahora el Presidente Manuel Zelaya es un huésped de Nicaragua. No es únicamente un huésped de Daniel Ortega, sino que también de la mayoría de los que no votamos por él en las pasadas elecciones presidenciales, y un huésped lo menos que debe a su anfitrión es respeto. El Presidente de Honduras, mientras no viaja al exterior como en estos momentos a México, está alojado en nuestra patria, y es bienvenido. Pero que sepamos, Nicaragua no es una base militar ni un circo del Presidente Zelaya para tomarse todo un pueblo fronterizo con su país; echar de sus conferencias de prensa a nuestros periodistas independientes; causarle a Centroamérica severas pérdidas económicas, por el atascamiento del transporte comercial en la frontera; y decir campantemente, aunque sea una farsa, que está preparando “milicias pacíficas” en nuestro territorio, para retornar al suyo. Es por eso que estamos en nuestro pleno derecho y obligación de pedirle a nuestro huésped cordura, y decirle que nos está alborotando la casa, y que ese no es el comportamiento que se espera de un invitado y menos de su alta investidura. Los anfitriones del Presidente Constitucional de Honduras, somos esa gran mayoría de que hablábamos, y no los alborotadores que le presta Daniel Ortega para agredir a nicaragüenses. Los anfitriones de Manuel Zelaya somos quienes esperamos que sepa encontrar a través del diálogo, el retorno hacia la democracia perdida. El diálogo no está incluido en el proyecto político de quienes, como Chávez y Daniel, pretenden ser los dueños de esta desgracia hondureña. Incendiar la región y el caos, sí. Ojalá que en el transcurso de este viaje que hace a México, después de abandonar lo que en Ocotal ha considerado su Cuartel General, Zelaya encuentre el camino correcto.

En Ocotal el presidente depuesto no pareció querer tomar ese camino que pasa por el diálogo y la negociación, y que tiene como padrinos no únicamente al Presidente Arias, sino que a toda la comunidad internacional. En cambio, convertido casi en un General de División, clamó por la “violencia generalizada”. Discordantes actitudes como esa han motivado a nuestro con frecuencia muy pragmático Vicepresidente, como en ésta ocasión no coincidente con el Presidente Ortega, decir que nuestro “huésped privilegiado…debe aceptar su condición de mandatario derrocado” y considerar que sus posibilidades de volver al poder son “casi imposibles”.En reciente entrevista que le hicieron, don Jaime Morales Carazo fue muy claro: “Tanto huésped como anfitrión deben observar ciertas reglas mínimas de comportamiento. Creo que todas las fronteras son explosivas por muy hermanos que seamos. Yo nunca fumaría cerca de un barril de pólvora. Creo que hacer llamados a la violencia o insurrección no son apropiados, y menos desde la zona fronteriza, que es por naturaleza explosiva y peligrosa.”

Las constituciones vuelven a ser elásticas. En unos casos sirven para acceder al poder democráticamente; en otros son reformadas al gusto de las ambiciones de quienes pretenden perpetuarse en el mismo; y en éste hasta para dar un golpe de estado inaceptable para la comunidad internacional. Por ello mismo Zelaya tiene derecho a buscar lo “casi imposible”. Las debilidades de los presidentes: El defenestrado y el de facto, en el primero es que evidenció sus intenciones de eternidad en el poder; y en el segundo el que, valiéndose de esa evidencia, no se aguantó las ganas para dejar al descubierto sus propias ambiciones y correr en “auxilio” del orden constitucional. Las Constituciones, en la reciente historia de América Latina, habían recuperado su dignidad a fuerza de elecciones libres y no reelección. Lo ocurrido en Honduras es una involución que no se puede tolerar, aún cuando en este siglo, algunos cobijados por el impenetrable misterio ideológico del Socialismo del Siglo XXI, estén dando, al igual que los gorilas de Honduras, golpes de estado constitucionales. Golpes a la democracia que los llevó al poder. Golpes a todos aquellos quienes se les oponen. Golpes bajos, que los desenmascara como gorilas constitucionales; los siniestros dictadores de antaño, aún cuando pretendan ser el ALBA de América. ALBA que es el anochecer de la democracia, cuando la libertad es cubierta por las tinieblas.


luisrochaurtecho@yahoo.com