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Don Pedro: he leído su interesante artículo “Que alguien me aclare, por favor”, publicado en la página de Opinión del 04 agosto del presente año en EL NUEVO DIARIO. Esta nota no pretende responder a todas las preguntas que usted ha planteado, sino iluminarlas desde mi pequeña experiencia cristiana.

Yo nací y crecí en un ambiente marcado por el dolor y las exasperantes limitaciones económicas fruto de la enfermedad alcohólica de mi padre. No estudié –por supuesto- en colegios privados o religiosos, y de niño no me enseñaron el catecismo. Sin embargo, ahora que yo también he vivido más de medio siglo, he llegado a experimentar en mi vida no al Dios del catecismo, sino al Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob; al Dios de Jesucristo y al Jesucristo que un día “estableció su morada entre nosotros”.

Confieso que al igual que usted, mi vida siempre ha estado saturada de interrogantes, y que en la búsqueda de respuestas, más de una vez, me he encontrado en el corazón del misterio, experiencia apasionante con el Dios vivo, con el Dios que se revela, y porque se revela me manda que le ame con todo el corazón, con toda mi mente y con todas mis fuerzas; porque él sabe mejor que yo, que no podemos amar lo que no conocemos; por tanto, si hay una realidad incuestionable es que Dios no sólo se revela, sino que desea ser conocido; sin embargo, la mayor desgracia para un cristiano y la peor y más pesada de las cargas, es soportar sobre su vida al Dios del catecismo; al Dios snack que te enseñan en algunas escuelas religiosas con toda la buena voluntad y fe del mundo.

Otras de las razones por las cuales nuestras interrogantes se convierten en obstáculos a una real experiencia de Dios, es el concepto que tenemos de Iglesia. Cuando se habla de Iglesia inmediatamente nos remitimos –en el mejor de los casos- a la jerarquía eclesiástica, en la cual descargamos sentimientos de frustración, de rechazo, y hasta de odio; olvidando que Iglesia somos todos, somos el nuevo pueblo de Dios; que por el bautismo, compartimos con el Papa, los Obispos, los Sacerdotes, el sacerdocio real de Cristo; que ellos –la jerarquía- por el sacramento del Orden, han sido llamados además, a administrar el misterio de la Iglesia. Pero todos, ellos y nosotros los laicos, somos sacerdotes, somos Iglesia.

Como Iglesia, ellos y nosotros estamos llamados por el Señor a la misma Misión: Evangelizar. Pues la Iglesia, existe para Evangelizar, lo ratifica y recuerda el Papa Pablo VI en su exhortación apostólica Evangelli Nuntiandi.

En mis tiempos de mayores dudas e interrogantes, siempre me vi cuestionado por un ejército de intelectuales y científicos, que habiéndose olvidado de las enseñanzas religiosas de sus niñez y habiendo asumido actitudes agnósticas y de rechazo a militantes a la Iglesia, hayan regresado a ella después de haber alcanzado verdaderas y graves crisis de fe. En principio llegué a la conclusión de que las interrogantes y crisis de fe es connatural de las personas sumamente inteligentes; pero ¿por qué volvían a la Iglesia?, y ¿por qué lo hacían –incluso- con apasionamiento? Leyendo sus obras y sus vidas, encontré la respuesta: pasaron de su “encuentro” con el Dios del catecismo al encuentro con el Dios Vivo:
Paul Claudel, Chesterton, Budeleair, von Braun, volvieron a la Iglesia, yo también volví a la Iglesia, ellos, yo, y muchos miles más, tenemos la certeza de que no iremos al espantoso fuego eterno, y que Dios, sí es Padre. Que todas nuestras interrogantes encontraron respuestas, no; pero sí hemos ido alcanzando por su gracia, una cada vez mayor experiencia de Dios.