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Aunque el daño que provoca el resultado negativo de un diagnóstico o de un procedimiento médico es muy sentido por el paciente mismo o sus familiares, en base a elementos que he observado en mi ejercicio profesional de más de 30 años considero que una reflexión sobre las negligencias médicas debe comenzar por no tomarlas aisladamente y descontextualizadas de la dinámica política, social y económica del país. Al fin y al cabo los médicos somos parte de la sociedad misma y en gran manera respondemos a esa dinámica impuesta por las diferentes circunstancias en las que nos desarrollamos como nación. En ese sentido, podemos señalar que se debe partir de un análisis del proceso de formación del médico en las escuelas de medicina, incluyendo los cursos de post-grado. Esto debe pasar por la supervisión, evaluación y control del rendimiento académico del alumno que debe garantizar la calidad del recurso formado. De hecho, las escuelas más exigentes en el cumplimiento de los planes y programas educacionales arrojan graduados de mejor calificación para la práctica profesional. Es bien sabido que las universidades nicaragüenses continuamente hacen revisión y mejoramiento del pensum académico, pero quizá se deba ser más exigente, rígido y objetivo en los controles y las evaluaciones en todos los niveles. La práctica actual de la Medicina Basada en Evidencias utilizando estudios de meta-análisis permite asombrosamente unificar criterios para la elaboración de Guías Clínicas sobre los problemas médicos más frecuentes que a la vez pueden ser utilizadas como instrumentos de evaluación de la práctica médica per se, dejando claramente establecido que todo estudio de investigación debe ser presentado ante una autoridad nacional competente, que todavía no existe en Nicaragua, que revise el protocolo y valore su aprobación para ejecución en base a la Declaración de Helsinki de la Asociación Médica Mundial sobre los principios éticos para las investigaciones médicas en seres humanos. Acá, un buen porcentaje de médicos ejerce su profesión cuasi ad libitum autorregulados por lo que le enseñaron sus maestros, por su conciencia moral y por sus creencias personales, con lo que resuelven una enorme cantidad de casos prácticamente con las uñas, pero que los puede hacer susceptibles de ataques injuriosos y de demandas en los juzgados. A diferencia de otros lugares, en Nicaragua, como en la mayoría de países de la región, el diploma universitario es válido para toda la vida, no existiendo ningún sistema de créditos (valoración de una asignatura o un curso) que exija la participación en la enseñanza médica continua que obligue al médico a actualizarse.

El ejercicio de la medicina moderna exige un recurso humano técnicamente bien formado, tecnologías de punta y ambientes clínicos y hospitalarios adecuados y un equilibrio interactuante entre ellos que facilite el buen manejo del problema de salud. Algo que podría ser considerado una utopía en nuestro país clasificado como el más pobre de América después de Haití. Entonces, de hecho, no podemos esperar obtener resultados comparativos con países como Uruguay y mucho menos México y EUU. Esa cruda realidad garantiza que seguiremos sufriendo desgraciadamente de problemas de negligencia médica, imprudencia temeraria e impericia por un tiempo más, determinado por las variables económicas de nuestro país. Veamos por qué: En primer lugar, el costo para que un médico se mantenga al día en sus conocimientos es sumamente alto, totalmente fuera del alcance de la mayoría de ellos en base a sus ingresos por sueldo y consultas privadas. Solamente la inscripción a un congreso de la Asociación Americana de Urología para un urólogo nicaragüense es de US$750.00. Y si agregamos boleto aéreo, alimentación y hospedaje, una semana de actualización cuesta más de 3 mil dólares. Si bien, algunos laboratorios farmacéuticos costean gastos parciales o totales a algunos especialistas, lo hacen con fines de promover algún producto de su interés corporativo; pero se trata de un porcentaje muy pequeño de profesionales altamente calificados considerados por tales empresas como líderes de opinión. Si bien es cierto que se hacen esfuerzos tanto de parte de instituciones de salud pública y privadas así como de diversas asociaciones médicas, en la práctica, una buena cantidad de estas actividades se caracterizan primordialmente por el estrechamiento de lazos de amistad entre colegas más la transmisión de conocimientos básicamente teóricos algunos de ellos inaplicables en nuestro medio.

Pero veamos más: el precio de una suscripción personal anual de una revista médica de reconocida autoridad mundial como el Journal of Urology es de casi un mil dólares y el valor de un libro de texto sobre técnicas quirúrgicas modernas varía entre 500 y 1,500 dólares. Eso suma una cantidad mayor a 2 mil dólares, con toda seguridad inalcanzable para la gran mayoría de médicos nacionales.

En segundo lugar, el costo para que un médico acceda a equipamiento médico de tecnología de punta, tanto para procedimientos diagnósticos como para tratamiento es abrumadoramente alto y fuera del alcance de la mayoría de ellos. Las sumas andan en decenas de miles de dólares que son obtenidos a través de préstamos bancarios con cuotas mensuales que circundan los diez mil dólares y que se hacen muy difíciles de cancelar dada la estrechez del mercado de servicios de salud y la poca capacidad de pago de la gran mayoría de los pacientes. Esto ha llevado a la quiebra o casi a la muerte a algunos colegas que se arriesgaron a iniciar un proyecto de punta con malos resultados. Aunque no es comparable el costo diario de nuestras unidades proveedoras de cuidados médicos con países como EU o similares, existe consenso en que los servicios de salud en todo el mundo son realmente altos y Nicaragua no es la excepción. Incluso, los gastos de operación de una modesta clínica privada en Managua son relativamente altos, y todavía un equipo de aire acondicionado y una computadora con servicio de internet está fuera del alcance de un buen porcentaje de profesionales. Y ese panorama difícil visto desde el puno de vista positivo solamente nos convierte en héroes de la medicina, porque trabajando con la uñas logramos verdaderas proezas. Además, todo esto nos obliga también en gran manera a volver a las enseñanzas de los maestros de antaño que decían que “un buen clínico será siempre gran médico tenga o no clientela” y que la simbiosis del examen clínico del paciente y los axiomas médicos siguen siendo en nuestras condiciones un arma de gran utilidad para reducir la mala práctica médica.

Por último, las exigencias de la vida obligan al profesional joven, generalmente ya con una familia a su cargo, a ver el ejercicio de la medicina pura y únicamente asistencial como medio de subsistencia, lo que le obstaculiza en cierta forma para su desarrollo académico y crecimiento profesional hacia una especialidad o subespecialidad, o simplemente hacia un limpio ejercicio profesional, entrando en una fase de desaceleración en sus conocimientos teórico-prácticos que lo puede llevar al enclaustramiento y a la desactualización que favorece la ejecución de una mala práctica médica. La sociedad impone al médico joven un status difícil de sostener en las circunstancias económicas actuales que lo tensiona empujándolo a realizar en ocasiones procedimientos innecesarios o a no realizar procedimientos necesarios para acelerar la obtención de recursos financieros líquidos con el fin de solventar deudas contraídas para mantener el dicho status digno de un médico, rol que le impone, como dije arriba, la sociedad para medir su capacidad y éxito profesional.

En mi opinión, la clave para reducir las muertes innecesarias por causas de negligencia médica radica básicamente en el crecimiento económico del país, algo que no se ve tan claro en nuestro futuro inmediato; mientras tanto seguirá creciendo la cantidad de héroes y mártires anónimos que ofrendan sus vidas en hospitales y clínicas con la esperanza de que algún día mejoraremos.


*Cirujano Urólogo y Médico Sexólogo
Ex Director de Docencia Médica Superior, MINSA