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Era de esperarse que con el triunfo del FSLN se restablecieran paulatinamente todas aquellas reivindicaciones sociales e ideológicas que se truncaron durante la década de los 80 y que ya creíamos extintas. Después de tres gobiernos neoliberales, el Frente Sandinista asumiría las metas y proyectos inconclusos de la Revolución. Desde mucho antes de las elecciones nacionales 2006, se advertían los signos y transformaciones irrenunciables que revivirían aquellos tiempos. Cuando al estadio nacional le cambiaron el nombre, igual que a la mayoría de centros educativos del país, en la capital se erigía un monumento a Rigoberto López Pérez. Además, el Aeropuerto Internacional retomó sin miedo su nombre original de A.C. Sandino, y la alfabetización impulsada por las Alcaldías Sandinistas, alcanzaría su máximo esplendor con el programa cubano “yo sí puedo”, que coincidió cuando la “Plaza de la Revolución” dejó de iluminar una fuente musical obsoleta que la había sustituido.

El programa agresivo “Hambre Cero” es una muestra de la otra guerra que no se dejó librar durante los años ochenta, en contra de la pobreza. También vuelven los CDS, desnaturalizados para bien al reorientarse en defensa del poder ciudadano expresado en los CPC. Se otorgan nuevamente las becas universitarias al exterior, en conjunto con la ayuda y colaboración de países verdaderamente solidarios, que reanudarían relaciones diplomáticas si estaban suspensas.

Pero si cada año se celebra tanto el 19 de Julio, como la fundación de la Policía Nacional y el Ejército, así también se deberían fortalecer cada vez más dichas instituciones heredadas del triunfo y quehacer revolucionario. Porque de nada sirve rememorar con actos y discursos la importante labor de dichas instituciones, si en lugar de renovar sus fuerzas, más bien se ven debilitadas por la falta de apoyo moral y patriótico, logístico y de armamento.

Si bien es cierto es admirable el trabajo que han desempeñado la Policía y el Ejército, tanto que resultan con las mejores calificaciones de popularidad y preferencia en las encuestas de opinión pública, cumpliendo con la obligación de mantener el relativo índice de “país más seguro de Centroamérica”, ambas fuerzas de seguridad son las más débiles e insuficientes del área, por no decir del continente. Y aun con esta realidad, pareciera increíble que se les despoje de lo poco que tienen, antes de dotarlos de mejores y más fuertes equipamientos. Ejemplo claro es ver a un Ejército conmemorando el cumpleaños de una raquítica y oxidada Fuerza Aérea (igual que la naval o de artillería) con el anuncio de un canje desproporcionado entre los misiles SAM-7, por modernos aparatos médicos que servirían para abastecer a los hospitales públicos.

Una vez más se cumple con un capricho del imperio; pero que bien se podría compensar, si al menos, el Jefe Supremo del Ejército también atendiera la urgente necesidad de reponer lo destruido y vendido, gestionando con los países amigos el mejoramiento de las fuerzas armadas. El servilismo o la imprudencia son características propias de los países tercermundistas; y Nicaragua debe dejar de ser tercermundista, al menos en materia de la que siempre hemos salido airosos: Defender la soberanía nacional.

Pero aparte de esta gran debilidad, hay otra más que raya en el atasco: un número reducido de milicias y la falta de un reclutamiento eficaz, sería el talón de Aquiles a la hora de un conflicto bélico internacional. Se nos olvida que por naturaleza, Nicaragua es un país convulsivo y propenso a invasiones y guerras involuntarias o forzadas por los azarosos designios de países vecinos. Con un Ejército menguado y una población desprotegida o sin el entrenamiento de que gozó en otros tiempos nuestra juventud para estar preparados a pelear en cualquier momento, simplemente la soberanía, independencia e integridad de la nación estarán siempre en riesgo.

Quiere decir entonces, que no tomamos en cuenta las graves pretensiones de nuestros vecinos, en cercenar desde el mar territorial hasta las fronteras y ríos, el mapa del país.

He ahí la apremiante necesidad de reclutar voluntaria u obligatoriamente a los jóvenes dispuestos a formar parte del Ejército de manera temporal o permanente. En países como México, por ejemplo, el Servicio Patriótico es obligatorio desde la adolescencia y en otras partes del mundo, la evasión de pasar por las filas del Ejército, es considerado un delito de lesa traición a la patria. Nuestro país debería también mantener a una sociedad entrenada, lista para combatir en cualquier momento, aunque no estemos necesariamente en guerra.

El otro lado amable del SMP es que debería ser obligatorio, con mucha más razón, para los jóvenes que se pierden en la descomposición social que nos han legado los gobiernos neoliberales; delincuencia que se ha incrementado y que no se veía en la década de los ochenta. No valen los centros de rehabilitación, ni tampoco la flexibilidad y tolerancia a la degeneración progresiva que pronto ahogará nuestra sociedad, si no se crea un marco jurídico coherente, con leyes de Servicio Militar Patriótico obligatorio y con parámetros de clasificación adecuados. Con la vuelta al SMP obligatorio se contribuiría a erradicar poco a poco la violencia callejera y pandilleril que aqueja a las familias nicaragüenses.

Ésta sería la solución más inmediata ante la crisis económica que provoca delincuencia, inconformidad general e inestabilidad política, ya que “sólo el trabajo regenera a una sociedad descompuesta”, y siendo el empleo, trabajo, progreso o bienestar social lo que menos hay, tenemos que dárselo de manera forzada a esos elementos jóvenes que debemos rescatar, encomendándoles la importante misión de estar listos para defender la patria. Es necesario legislar al respecto.