•  |
  •  |
  • END

Michael Jackson probablemente estimule la economía norteamericana más rápido que las medidas de Obama. Un día después del deceso, sus discos y todos los productos de su franquicia estaban agotados en la ciudad de Los Ángeles. Hoy tres de sus producciones encabezan las ventas de discos. El tamaño comercial de su figura artística superó la sombra de sus trastornos personales. La cobertura y el tsunami de su funeral hizo a un lado la muerte de otra estrella norteamericana de menor magnitud, la actriz Farrah Facwcett, su grato recuerdo me hizo evocar los grandes iconos de los setenta.

Farrah Fawcett era una belleza texana que descolló a nivel internacional con el hit televisivo mundial, Los Ángeles de Charlie, a finales del 70. Su esplendor la convirtió en un icono de aquella época luego que Life publicara en 1976 su famoso póster, ningún otro se ha vendido más en el mundo, hoy supera los 12 millones de copias. Adolescente admiré su belleza, y su batalla final contra el cáncer me hizo admirarla por su coraje. Luchó contra la enfermedad con valentía, no importando, según sus propias palabras, si ganaba o perdía la contienda.

Millones fuimos cautivados por la belleza natural de la actriz. Su magnífica figura, su espléndida sonrisa, su exuberante cabellera, contribuyeron a desarrollar nuestra masculinidad y nuestro deleite por la belleza femenina en su versión rubia. Ella formó parte de nuestras fantasías eróticas juveniles. Fue la Marilyn Monroe de su década. Lee Majors, su primer esposo, protagonizaba “El Hombre Nuclear”, otra famosa serie de televisión de la misma época. Yo miraba el programa, pero no me cuadraba que semejante belleza se hubiera casado con un tipo tan feo y ordinario, aunque fuera biónico.

Por el misterio que acompaña el caprichoso gusto del público, esta mujer encantadora, no pudo trasladar su éxito comercial de la pantalla chica a la grande. Ninguno de sus trabajos en el cine tuvo el éxito del programa televisivo. Además, igual que otras actrices hermosas, trabajadoras y con talento, fue reducida a un “sex simbol” por el sistema de Hollywood. Un sistema seductor y poderoso que lo mismo genera arte que basura cinematográfica y que trata a las personas como productos perecederos en un alucinante y cruel mercado humano.

Dicen que la niñez se mide por sonidos, olores e imágenes antes de que se extienda en nuestras mentes la hora oscura de la razón. Los setentas fueron un período maravilloso para prolongar la llegada de esa hora. Los jovencitos de entonces sin internet, gracias a la radio, el cine, la televisión y los medios escritos, asistimos al apogeo y difusión de muchos iconos culturales no sólo de la década sino del siglo XX. Presenciamos además eventos culturales, políticos y deportivos que moldearon nuestra hombría y nuestra visión del mundo. Atletas, escritores, actores, directores, actrices y pintores cuya estatura deportiva y artística siguen asombrando al mundo.

He aquí un mosaico arbitrario e incompleto que forma parte de un universo mayor, bajo la bóveda eterna de Einstein: Alí, Alexis Argüello, Pelé, Beckenbauer, Cruyff, Reggie Jackson, Clemente, Luther King, Gandhi, Che, Beatles, Elvis, Rolling, Zeppelin, Santana, Cocker, Hendrix, Joplin, Morrison, Bee Gees, Lara, Infante, Gardel, Nino Bravo, Las Estrellas de Fania, Sara Montiel, Brigitte Bardot, Sofía Loren, María Félix, Elizabeth Taylor, Cantinflas, Chaplin, Brando, Newman, Mcqueen, Connery, Eastwood, Belmondo, Mastroianni, Pacino, Travolta, De Niro, Delon, Antony Queen, Picasso, Demille, Scorsese, Buñuel, Coppola, Bertolucci, Fellini, Zeffirelli, Joyce, Rulfo, Puzo, Neruda y Gabo.

Farrah, junto a otras bellezas de variados colores, sedujeron nuestra imaginación cuando apenas dejábamos el pantalón corto y el Chambacú en las piñatas infantiles. Antes que llegaran los hijos junto con la felicidad, las angustias y las responsabilidades que generan. Antes de lidiar con la belleza y el complejo carácter femenino en la vida real. Antes de que la vida nos alentara con sus retos y nos mordiera con sus duros reveses, ellas estuvieron ahí con sus fabulosos cuerpos de diosas y rostros fascinantes para amenizar nuestras fantasías.

Nos salvaron de la tristeza y de la locura total, inducidas tal vez por una niñez marcada más por los errores que por los aciertos paternos. En una época donde el coscorrón, el grito, la patada, el jalón de oreja y la humillación pública, entre otros castigos detestables para los niños, eran todavía bastante comunes. Más allá de la magia de unos pasos de baile también hay iconos que han contribuido a forjar nuestro sentido de la vida, sus valores esenciales y nuestra capacidad de imaginarnos la felicidad.