•  |
  •  |
  • END

De la novela corta en preparación, titulada Reminiscencias del Capitán California, anticipo el siguiente capítulo. Esta obra refleja la perspectiva de la Guerra Nacional de un curioso personaje histórico: un inglés que combatió primero al lado de los democráticos en la guerra civil de 1854 y luego, tras recibirlo en El Realejo, con William Walker en la batalla de Rivas; pero, al enterarse de sus verdaderos designios, rompió con él, retornando a los Estados Unidos. Sin embargo, preocupado por sus ex compañeros, intentó --sin lograrlo-- retornar al escenario de la guerra a principios de 1857. No pudo pasar de San Juan del Norte y, ya instalado en Nueva York, comenzó a recordar su experiencia y a proteger a los derrotados partidarios de Walker. Uno de ellos es John Kerr Jr., cuya historia se narra a continuación.

A John Kerr Jr. le disgustaba el sensitivo olor de los jazmines tropicales. Así me lo hizo saber cuando coincidimos en el Parque Central de Nueva York. Él había formado parte de la Falange del General Walker que tomó Granada al amanecer del 13 de octubre de 1855. Los detalles de este acontecimiento son suficientemente conocidos y no requieren más comentarios. Baste decir que el General ordenó poner la ciudad bajo ley marcial, y la compañía a la que John pertenecía fue acuartelada en el convento de San Francisco.

El bien perfilado volcán Mombacho se levantaba, como centinela gigantesco, guardando la ciudad. Las pequeñas olas del Lago de Nicaragua lavaban las bases del derruido “Fuertecito”. A la derecha del convento, árboles de naranja, limones, granada y caimitos inclinaban sus ramas al peso de una abundante cosecha, mientras un poco más lejos, a la entrada de una casona, florecía un jardín de jazmines.

John me refirió que el olor de esas flores había sido la causa de haber abandonado voluntariamente el teatro de la guerra de Nicaragua, asociada a un hecho en que se involucró sin culpa alguna. Ésta fue su confesión. “Esa casona me atraía. Un compañero me informó que en ella habitaba una preciosa niña. Nadie me dio la bienvenida. Yo estaba aparentemente tan solo como si me hallase en medio de un desierto. La noche era hermosa, con un cielo lleno de estrellas, matizado por los brillantes rayos lunares. Los jazmines impregnaban el aire con su perfume. Soplaba una fresca brisa lacustre. Animado por esta sensación, fui atraído por la suave música procedente de una ventana enrejada. Me dirigí hacia el encanto creado por esa mandolina invisible, y logrando posarme detrás de una cortina de hojas, pude contemplar a la bella niña soñadora. Mi alma se colmó de apasionada adoración.”

John siguió diciéndome: “Acallada su música deleitable, ella colocó la mandolina junto a una columna. Su bronceada frente la apoyó en su mano derecha. Sus ojos se dirigieron al cielo pareciendo rogar la realización de un sueño inspirado por el canto: Marinero de mi alma,/ Lánzate al océano / Que tu dicha depende / De tu arrojo. Yo me le acerqué. Sus abiertos labios exponían una hilera de dientes como perlas. Su cabellera era de un café oscuro, sedoso y abundante; su piel, aunque ligeramente oscura, era delicada y su figura tierna y sensual a la vez. Toda ella aparecía saturada de penetrante gracia. Excusándome por mi intrusión, le pregunté su nombre:
—Teresina —me dijo— ¡y soy una castellana! —añadió con no disimulado orgullo.

Nuestro encuentro fue breve. Tuve que retornar a mi vigilancia desde la altura del convento, que era toda una fortaleza, con la esperanza de que hubiese causado una favorable impresión en la excepcional criatura. Desde entonces, estuvo presente en mis sueños, dormido o despierto. Cuando no estaba de guardia dirigía mis pasos a la iglesia parroquial con el propósito de avistarla. La esperaba para obtener una mirada de sus ojos electrizantes. Ella se acostumbró a ese contacto. Mi uniforme de soldado americano se imponía. Su sonrisa nunca se hizo esperar. Nuestra intimidad fue creciendo hasta que fui literalmente aturdido una tarde por la orden de que nuestra compañía había sido transferida a la guarnición de Matagalpa. Debía abandonar Granada y la ilusión que me había atado a Teresina.

Por la noche me introduje de nuevo en la casona vecina, donde por vez primera me había extasiado con su voz y su música de mandolina. Mi visita no era para sobresaltarla. Le comuniqué mi inevitable partida. La emoción que demostró en sus modales se tradujo en un éxtasis de felicidad para mi corazón. Dijo que sus oraciones me acompañarían, que depositaba toda su simpatía en mí y que mi nombre permanecería en su recuerdo. Yo, con la voz temblorosa, le dije:—Perdone mi atrevimiento, señorita. / —Yo lo escucho, amigo mío —murmuró. / —Verla a usted ha sido para mí como estar en el paraíso. / —Johnny, esas son palabras… / —Y las últimas, señorita —le contesté, tomándole una mano.— Debo marcharme ¡Adiós, Teresina!
Sus brillantes ojos se llenaron de lágrimas. El redoble del tambor me llamó a mi responsabilidad de soldado. Íbamos a partir una hora después de la media noche para evitar el intenso calor del día. A la hora señalada ya estábamos en línea de marcha para Matagalpa. No fue sino hasta mi llegada al villorrio indígena de Sébaco que lamentó no preguntar a Teresina su apellido. Me consolé con la idea de que no estaría ausente de Granada por mucho tiempo, y que recibiría la información de sus propios labios dulces.

Transcurrieron los días en Matagalpa. Mi oficial superior, el capitán de nuestra compañía, fue muerto durante un ataque de indios flecheros, y fui ascendido para sustituirlo. Cómo suspiraba por la hora que me devolviera a Teresina. Cómo recordaba el olor de los jazmines blancos, brillantes y olorosos de su jardín. Al fin llegó la hora de nuestro regreso a Granada. Un militar nativo había sido convicto de una conspiración contra el General Walker. Tan evidentes eran las pruebas contra él que el primer día del juicio, el prisionero admitió su culpa y se le dictó sentencia de muerte. Al rifar que compañía debía ejecutar la sentencia, cayó la suerte en la nuestra. Y esa había la razón de nuestro inmediato regreso a Granada.

Entramos a la ciudad al amanecer del 8 de noviembre. A la hora señalada comenzaron a doblar las campanas de la iglesia parroquial, seguido del fuerte redoblar de los tambores. Yo había formado a mis rifleros y sólo esperaba al prisionero. Nunca había presenciado una tarde más hermosa ni sentido un clima menos caluroso. Los naranjos, limones, granadas y caimitos sorbían la ambarina luz para alimentar sus tonos de variados colores. La gente, arremolinada en la plaza, se veía extasiada. El militar nativo era querido por todas las clases sociales.

Con un sacerdote a cada lado, el sentenciado avanzó desde la iglesia parroquial, acompañado de su desconsolada familia. Un pañuelo blanco fue agitado como señal desde el balcón del general Walker. Yo ordené prepararse a mis hombres. El movimiento de sus rifles llamó la atención de los espectadores. De inmediato el aire fue rasgado por alaridos y lamentos. A mi señal, los ahogó el redoblar de los tambores destemplados. El cabo me informó que el condenado estaba listo para morir.

Sentado en una pequeña silla con los ojos vendados, el condenado sostenía un crucifijo. Los sacerdotes musitaban la letanía de los difuntos. Las gentes murmuraron oraciones por el alma pronta a partir. Mientras avanzaba para dar las órdenes, una voz femenina exclamó: —¡Dios mío! ¡Dios mío! Es él ¡el mismo! Excitado por mi penosa obligación grité: —¡Preparen! ¡Fuego!
Cuento el estruendo mortal de las descargas se extinguió, oí la misma voz angustiosa: --¡Johnny! ¡Johnny!--. Era Teresina.

Reclinada sobre el brazo de una altiva dama, reconocí su rostro, ahora pálido. Entonces me dirigí hacia ella, pero la dama me abrumó por una andanada de reproches; seguí abriéndome paso hacia Teresina, y la hubiera levantado en mis brazos si la dama, blanca y alta, no se hubiera interpuesto entre nosotros, haciéndome señas para que me alejara.

—¡Váyase! —me dijo. Los hijos de la víctima asesinada lo maldicen a usted y a su infame jefe. Era la viuda del conspirador.

—¡No, no, Johnny! —gritó Teresina.— Yo no te maldigo. Vos no sabías, Johnny. No sabías que yo era su hija.”

Johnny impresionado por haber sido un instrumento fatal del destino, solicitó permiso al general Walker para retornar a su patria. Antes intentó excusarse con la familia de Teresina y pedir verla. No se lo permitieron. Sólo recibió, a través de la sirvienta negra, su último mensaje de amor y de perdón, más unos cuantos pétalos de mustios jazmines.

A la semana de la partida de John Kerr Jr., Teresina Corral optó por acompañar a su padre.