•  |
  •  |
  • END

“Lucía se acaba de enamorar”. Ha llegado tarde su cuidadora, Jerusalén, o Jeru, como le conocen todos. Y la han dejado a medio vestir. No permite que nadie más le asee y la peine, así que la han dejado en la silla, frente a la tele apagada y se han olvidado de cerrar la puerta. Entonces lo ha visto pasar. Es increíble cómo un gesto mínimo, un pequeño descuido puede provocar un desbordamiento de emociones. Estén atentos a lo que va a ocurrir.

Lucía lo ha visto mientras lo llevaban empujado en otra silla. El hombre tenía la espalda erguida y lucía un saco impecable, como si fuera a recibir honores, o a enfrentar la batalla de su siglo. Ella habría sentido tanto perderse saber qué habitación le iban a asignar que hizo girar sin ayuda las ruedas de su silla y se asomó al pasillo, despeinada y en camisón para espiar al recién llegado.

Las monjas ayudaron al hombre a levantarse al llegar a la 34. Le dieron su bastón. Lucía no dudó de que había sido militar, o se había educado en un orden muy estricto de mantener la espalda recta para comer. Visto así de lejos, era majestuoso. Alto, o al menos daba la impresión de serlo, fuerte, seguro. Un hombre que podría arreglárselas solo si no fuera por la lesión en una pierna. Pero si era así, ¿por qué había venido a esta residencia de ancianos solos, o que los dejaban solos. ¿Por miedo?, se preguntó Lucía. Y concluyó de inmediato que no era esa la causa. El hombre debía estar buscando algo más.

Su mirada perseverante y curiosa tuvo el efecto inmediato. Él acabó por descubrirla. Con toda naturalidad, se giró hacia ella desde la puerta de la 34, como si la hubiera visto desde el inicio, y le inclinó la cabeza sin apartarle los ojos claros. Lucía quedó cautivada, y hubiera congelado el mundo de aquella hora si sus pensamientos no le hubieran devuelto por un instante a “lo que es debido”; “cómo es debido vestirse”; “cómo es debido presentarse, aseada y peinada”, y no así a medio vestir. Pero, de pronto, se olvidó del orden de esas cosas debidas.

Qué hubiera pasado si Jerusalén no hubiese llegado tarde, o si otra cuidadora no hubiese dejado la puerta abierta. Lucía se habría perdido la llegada del nuevo y su saludo de rey.

De pronto le sobrevino una angustia: que las otras, con las que compartía pabellón, querrían probar ese caramelo. Había dos compañeras, con setenta y ocho años (como ella), que no estaban de mal ver (como ella). En toda la residencia eran cuarenta y cinco. En la residencia de personas mayores no había tantas oportunidades de entablar relaciones porque no todo mundo estaba lúcido, como ella. Tenía que ser la primera en conocer al nuevo, en intimar con él. Le llevaría de la mano, aunque fueran los dos en sus respectivas sillas por las salas, los patios, los corredores. Le contaría los detalles de los cuidadores, le hablaría de Jerusalén, le contaría su secreto. Y por último le presentaría a las otras, muertas de envidia, sin soltarlo ni un segundo de la mano. Tal vez el primer día, si lo soltaría, para que no creyeran lo que era obvio. De modo que no esperó ni un segundo más, y se puso en marcha, haciendo rodar su silla hasta la 34. Abrió la puerta como si todos los protocolos se hubiesen cumplido ya, y los dos, el hombre y la mujer maduros se quedaron mirando en silencio, sin decirse nada, pero con la sorpresa de un reencuentro de viejos conocidos que no lo eran.

Cuando llegó Jerusalén, su cuidadora, aún estaba de intrusa en el cuarto del nuevo, sin moverse. Jeru pensó que era un protesta por su tardanza. Luego reflexionó y me dijo que creía que se había enamorado. De todos estos detalles no supe más que los que me dio la imaginación, porque de verdad, de verdad, sólo sé lo que Jeru vio y sabe: que estaba a medio vestir en el cuarto de un extraño. Al fin y al cabo, entre la realidad y la ficción tampoco hay tanta distancia y, a veces, la realidad le saca ventaja.

Jeru, la cuidadora, es mi amiga. Se ha pasado la adolescencia y la juventud conviviendo con unas monjas y unos ancianos en una residencia. Es una de las mejores personas que yo conozco, y de las más bonitas. Todo mundo pensó que iba a ser monja, pero aquello de la obediencia no era lo suyo. Además, al convivir tanto tiempo con personas maduras, solía decir que había aprendido la historia por el final. Así que era como si supiera por donde iban los tiros, y lo absurdo de algunas normas convencionales que nos amargan la vida sin sentido. Hoy Jeru se ha enamorado también. Y vive con su pareja. Que es otra mujer mayor que ella. La conoció de casualidad, mientras organizaba un evento en la universidad. Algo invisible que pasó entre las dos rozó con el ala una puerta dejándola abierta. Y luego todo se desencadenó. A Jerusalén no le importa lo que diga la gente sobre su relación, de que se frustró su vocación religiosa, o de que puede estar confundida. Cuando el amor llega, hay que tomarlo a la primera, aunque lo que “es debido” llegue tarde o no llegue nunca. A veces las mejores cosas te agarran a medio vestir. ¿Vas a dejarlas pasar sólo por eso?

franciscosancho@hotmail.com