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¡El Diablito de Muhan, es el Diablito de Muhan! Su nombre resonó por toda la barrera. Impulsados por un resorte todos se levantaron de sus sillas. Las bandas musicales enardecieron los ánimos. A través de los altoparlantes, Gerónimo Ayestas celebraba su audacia. Gregorio Mena aplaude frenético. Como una marejada incontenible la ola de entusiasmo me arrastra. Tenía años de no ver algo parecido. En el duelo entre el hombre y el toro se juega el honor. Lo tengo a treinta metros de mis ojos; su figura esmirriada contrasta con la dimensión y el peso del animal. Ladea el cuerpo para fijar mejor sus espuelas. Con piernas firmes y pulso sereno, acomoda sus manos sobre el pretal. Los montadores llegan a las barreras a catapultarse de fama. Si salen ilesos sus nombres se pronunciarán con respeto. Sus lances quedarán registrados en la memoria de los chontaleños.

El toro vuelve a sacudirse. Se alza tres metros tratando de quitárselo de encima. No hace caso a la veintena de toreros improvisados. No embiste pero brinca altanero. A los cinco minutos El Diablito se siente ganador. Desprende su mano izquierda y la alza victoriosa. Los aplausos no cesan. El toro busca la puerta del coloso. Para sellar el triunfo suelta las dos manos. Los más entusiasmados son los jóvenes. Goyo me hace ver que apenas es un niño. Son las cinco de la tarde y el sol retrocede en el horizonte. Pregunto por su nombre y nadie lo sabe. A mí también me invade el orgullo. Voy a su encuentro. Me bajo de palco y lo busco entre el tumulto. Por ahí va, me dicen todos. ¡Por ahí! ¡Búsquelo que por ahí va! Mi intento resultó infructuoso.

La tarde temprana del 13 de agosto de 2008, salí en su búsqueda. La mezcla de admiración, sorpresa y desconcierto que me embriagó la tarde del 16 de agosto de 2007, se apoderó de mí una vez más. Marco Téllez Cerrato, el presidente de las fiestas agostinas, se había comprometido a presentármelo. El Diablito de Muhan subió por la puerta donde salen los toros de las fiestas patronales más bravías de toda Nicaragua. Gerónimo Ayestas, el showman de las fiestas, comenzó a bromearle a través de los altoparlantes. Vestía camisa blanca y un pantalón que nunca supe su color. Traía un par de espuelas en sus manos. Sin preámbulos pregunté por su nombre de pila. Me llamo Orlando Contreras. Sus ojillos negros, vivaces, inquietos veían de un lado a otro.

El hijo menor del matrimonio Contreras- Salablanca, nació en la comarca Garrobo Grande, municipio de Villa Sandino, un día del que no quiso acordarse del año 1992. El gusto por la montadera lo heredó de Margarita Salablanca, su madre, una mujer de temple que montaba en las fierras de ganado. Cursó primero de bachillerato y se despidió de la escuela, al comprobar que los toros le atraían más que los estudios. Su nombre de guerra obedece a que se inició en la plaza de Muhan, durante las fiestas patronales del mes abril de todos los años del Señor. Tenía catorce y una estrella en su mano. Una carrera fulgurante mientras no se emborrache y se aleje del desvelo. Aunque para Catarrán ésta nunca fue una regla. Toreaba con sus buenos nepentes adentro. Jamás pudo hacerlo sobrio. Todavía lo veo danzar con su pecho desnudo y su curtido de piel de vaca.

A diferencia de los montadores de antaño, El Diablito de Muhan anda de fiesta en fiesta patronal. Su plaza es Nicaragua. Vive de montar toros, como Román “El Chocolatito” González de sus puños y Vicente Padilla de tirar pelotas hacia el plato. Ajusta su calendario de acuerdo a las montaderas más resonantes de todo el país. Para mostrar su garra acudió a la Feria de Expica, y pudieron comprobar que sus dieciséis años y sus 110 libras no le impiden encaramarse en toros de hasta 800 kilos de peso. Las reglas impuestas son inviolables. Los toros se rifan. Nadie lo escoge a su gusto. Las espuelas las entregan los organizadores del evento. Si la suerte acompaña, como creen y rezan todos los montadores, saldrá un toro al que ganarán la contienda.

En Juigalpa se monta con espuelas corredizas, vetan el uso de esos enormes puyones que algunos ensartan para evitar que el toro los desbarranque. La toman o la dejan. Hay plata de por medio. No pueden regresar a sus casas con las manos vacías. Asumen el riesgo al precio de sus vidas. El Diablito de Muhan acudió a la cita en Expica para ganarse además el aplauso de los capitalinos y resto de asistentes. Su suerte le deparó al Viking de la ganadería de Freddy Ramírez, un toro matrero que en cada puyada inflamaba el lomo, buscando como desprender sus manos. El Diablito no usa guantes para amortiguar la presión. Algunos montados terminan con las manos sangrantes. La noche del último sábado de julio de 2008, Expica sirvió de escenario para que El Diablito pusiera en alto el nombre de Chontales. Llegó y venció. Vino con su frente coronada de laureles.

Para un montador de su temperamento no hay plaza pequeña ni grande. Con el mismo regocijo que acude a las fiestas patronales de Estelí, Jinotega, Granada, Matagalpa y Camoapa, El Diablito asiste a la plaza de La Palma, un villorrio a la altura del kilómetro 152 de la carretera al Rama, a 12 kilómetros de Juigalpa, para estar presente en las celebraciones de San Juan. Sin saber cómo llamarían a su hijo, Octavio Contreras, su padre lo encomendó a Dios el día que se fue para siempre de casa en busca de fama y fortuna. En Chontales su nombre se evoca de barrera en barrera. Se trata del mejor tributo que puede rendirse a un montador. Su nombre ha venido a sumarse a la galería de hombres ilustres. A nadie importa en verdad saber cómo se llama. Ni siquiera lo preguntan. Igual ocurrió con Catarrán, el sorteador inigualable, irrepetible, insuperable.

Muy pocos saben que Catarrán se llama Vicente Hurtado Morales, tanto que mi padre agregó su santo y seña en su tumba en el Cementerio de Juigalpa. Para hacerlo pidió el consentimiento del Alcalde Rito Siles. Catarrán es nombre sagrado en todos los confines chontaleños. El ilustre, a quién mi padre rindió homenaje, en su poemario, Letanías a Catarrán, presentado en una montadera de toros en la Hacienda Hato Grande. Vicente Hurtado Morales, el analfabeta condecorado por el Clan Intelectual de Chontales, presidió el evento, junto al poeta Pablo Antonio Cuadra, el 5 de mayo de 1985. Beltrán Morales, Jorge Eduardo Arellano y Edwin Yllescas, asistieron puntales a la cita.

La desolación que provoca la inexistencia de buenos montadores es enorme. La tarde que vi al Diablito desafiar la ley de la gravedad, el 16 de agosto de 2007, mi alegría fue incontenible. ¡Por fin veo algo que valga la pena! exclamé contento. La tradición se nos escapa de las manos. Las fiestas agostinas reúnen en Juigalpa a todos los chontaleños dispersos por diversas partes del mundo. Tienen mayor convocatoria que todos los partidos políticos juntos. Una fiesta teñida de religiosidad y paganismo. Los españoles trajeron sus fiestas religiosas, pero también nos heredaron las corridas de toros. Los campesinos entran a la barrera con el mismo fervor con que se introducen a la iglesia a rezarle a su Santa Patrona, la Virgencita de la Asunción. Los toros chapiollos provenientes de las haciendas de Hato Grande, San Ramón y San José, brincaban sin necesidad de la verijera que les ponen ahora. Ante la presión los toros saltan al sentir que les aprieta la verga.

Cuando afirmo desolación, lo dice un hombre que pudo ver al Viajero, al Supongamos, al Cumbo Negro, al Trampolín y al Calereño. Toros cuyos nombres perduran en la memoria de los chontaleños por su arrojo y bravura. Con la mecanización del campo los buenos lazadores escasean. Como algunas especies, están en franco proceso de extinción. Serapio Aragón aparece como el último mohicano, miembro de una tribu de hombres hidalgos, un verdadero aristócrata del lazo. Tampoco existen montadores de renombre. El Gorrión, un toro de la familia Gadea de Matiguás, ¡vergüenza y hombría! ¿por dónde andan? no hubo quien lo montara la tarde del 16 de agosto de 2008.

El intento de recuperar la tradición realizada por la directiva que encabezó Marco Téllez Cerrato, debe recibir un nuevo impulso. ¿Qué dirán Margarito y Concho Villagra, al contemplar que los briosos corceles con que realizaban sus limpias faenas han desaparecido? Caballos adiestrados para atender sus órdenes con la prontitud de una centella. Los campistas ni siquiera les ponían frenos, eran caballos de bozal educados en los rodeos, para luego venir a lucir sus destrezas en las fiestas agostinas más populares del país.

No todo está perdido. Hacendados preocupados por atajar la desgracia, prestan sus animales para testimoniar que cuentan con toros espléndidos, orgullo de sus ganaderías. No sé que esperan para poner el nombre de Catarrán a la plaza de toros en el barrio Pueblo Nuevo. ¿Por qué tardan? El tiempo apremia. El palco construido en 1984 por Ernesto Urbina Bermúdez, Fumanchú, se cae en pedazos. Tradición que no se cultiva, tradición que desaparece. El Diablito de Muhan restituyó mi confianza. Para generaciones que nacimos, crecimos y nos desarrollamos viendo a los toros, montadores y toreros más célebres de estos rumbos, El Diablito constituye el eslabón perdido, para unir los cabos sueltos de una tradición que merece perdurar, por los siglos de los siglos. Así sea.