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“No hay nada repartido de modo más equitativo en el mundo que la razón: todo el mundo está convencido de tener suficiente”, dice una frase célebre del filósofo y matemático francés René Descartes.

En las oficinas de las distintas dependencias estatales de Venezuela figura un retrato oficial del Presidente Hugo Chávez, quien con una pose augusta y la mirada clavada en el infinito transmite toda la fuerza y la determinación — aunque brutalidad dirían algunos de sus detractores, mas el término no me parece del todo exacto-- de la que es capaz un hombre en el cumplimiento de la trascendental tarea a la que lo ha llamado el destino: someter a todo un pueblo a su expresa voluntad cual si fuera un moderno emperador romano o un faraón egipcio.

Al pie de ese retrato figura en letras doradas el nombre completo del presidente Chávez, y a renglón seguido su condición de máximo mandatario de la República Bolivariana de Venezuela. “Prohibido pensar; sobre todo en contra del gobierno”. Esta frase haría falta agregarla, al final, para completar la imagen y el portento con el que la presencia del mandatario, en fotografía, vigila todo cuanto ocurre en el gobierno, presente en todo momento y en todo lugar.

La actividad humana más natural es la del pensamiento. La racionalidad es una de las principales características que hacen del ser humano lo que es. Cuando un tirano se entroniza de manera tal que llega a sentirse dueño de la verdad, ignorando los preceptos filosóficos que las muchas escuelas de pensamiento han puesto de relieve, como lo es el carácter relativo de aquella, llega a tales desmanes como el de proscribir todas aquellas formas de expresión y de discernimiento que van en contra de su alocado razonamiento.

En Venezuela, el Estado es el dueño absoluto de la verdad; y la verdad es aquello que manda el presidente Chávez. Resulta grotesco y verdaderamente agraviante para la historia del desarrollo de los distintos pueblos de nuestra América, a los que consideramos modernos y civilizados, que en Venezuela se esté viviendo tal regresión hacia los patrones conceptuales que sobre el ejercicio del poder absolutista y divino está imponiendo este señor.

Pensar diferente, usar la cabeza propia para discernir es hoy en día algo extremadamente peligroso en la nación bolivariana. Por este simple hecho cualquier ciudadano puede ir a dar con sus huesos a la cárcel, condenado por el adefesio legal que ha sido impuesto en el país y que se denomina “Ley de Delitos Mediáticos” y que incluye otros delitos contra el Estado en los que incurre todo ciudadano que publique cualquier información o comentario que robe “la tranquilidad” de la población o que perjudique al gobierno. ¡Desafía toda nuestra capacidad de asombro semejante cosa! ¿Y no es acaso este mismo presidente Chávez el que vive clamando, a voz en cuello, la libertad de nuestros pueblos de América? ¿En qué difieren los perrunos tribunales bolivarianos para la doctrina de la Verdad del presidente Chávez de los abominables e inicuos tribunales de la Santa Inquisición?
La Verdad, y el derecho que tiene la sociedad venezolana de buscar las mejores aproximaciones sociológicas, filosóficas y conceptuales para descubrirla, según su particular realidad, ha sido confiscada por el gobierno que de ahora en adelante garantizará que el pueblo sepa únicamente lo que al gobierno le interese que sepa. Esto es un descarado insulto a la libertad a que tienen derecho los venezolanos y ésta debe ser una causa digna de una rebelión continental en contra del absolutismo chavista que está fabricando esta aberración de modelo de represión en contra del sagrado derecho del pueblo a su libertad de expresión que luego será, sin duda alguna, exportado a todos los países del ALBA.

El presidente Chávez está convencido de que “su” razón es la única que debe existir, olvidando que existen tantas razones como ciudadanos pensantes hay en la gran nación venezolana. La razón de Chávez no admite diálogo, no admite reparo ni siquiera comentario que intranquilice al mandatario y sus violentas huestes prestas a defender el hueco dogmatismo chavista. La razón de Chávez, ciertamente, desafía a la mismísima palabra de Dios.

La historia es el juez supremo. Ella sentenciará por siempre el triste papel de verdugo pretoriano que jugó el 30 de julio de este año, el Fiscal General de Venezuela con la infame “Ley de Delitos Mediáticos” que no fue más que el instrumento represivo con el que se arrancó de raíz lo poco que quedaba de libertad de expresión en el país al cancelar las licencias de más de 34 estaciones de radio y televisión y bajo la cual se mantienen amenazadas a otras 200 estaciones más.

La sociedad latinoamericana no puede cruzarse de brazos. Es hora de actuar en defensa de la libertad de expresión en Venezuela. Es tiempo de tender lazos de solidaridad continental con el oprimido pueblo venezolano. Es hora de defendernos de esa ola absolutista que amenaza con devastar, de nueva cuenta, a nuestra región y en especial a los países cuyos gobiernos encubren y alientan esta filosofía del poder integrados en el nefasto club del ALBA. Tomen nota en Ecuador, en Bolivia, en Nicaragua, en República Dominicana.


*Especialista en Economía Gubernamental y en Administración Financiera Pública.