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La política como una de las ramas de la ética se desarrolló en la tradición greco-romana como el arte de gobernar. El término política fue ampliamente difundido en la polis de Atenas, dándole Aristóteles una amplia difusión a través de su tratado la Política. Esto lo lleva a afirmar que el “hombre es un animal político”. A lo largo del tiempo la forma de gobernar se desarrolló de manera absolutista y es con la revolución francesa y con el surgimiento de la constitución de los Estados Unidos que el absolutismo pierde vigor.

Entonces si la política fue echa para gobernar en pro de un conglomerado, para darle orden a las diferentes piezas de un estado, para garantizar la participación ciudadana. Entonces, ¿por qué se desfigura su misión fundamental?
Cuando la política toma cuerpo en forma de un gobierno autoritario e intolerante o dictadura; las ciencias, las letras y el arte se convierten en su víctima, ya sea porque le oponen resistencia o porque le sirven dócilmente. Ya lo dijo Lenin: “Si los axiomas matemáticos chocasen con los intereses de los hombres, existiese alguien quien los refutase”. Eso mismo hacen los gobiernos cavernarios, oponerse a los axiomas ya establecidos y violentar las leyes con fines de lucro personal.

Hay muchos intelectuales y artistas en nuestro medio que se mantienen agazapados o escondidos tras la coraza de la tortuga para no convertirse en víctimas del látigo del amo que los gobierna. Una crítica oímos del respetado intelectual Gustavo Adolfo Vargas, después largo silencio, para reaparecer con temas internacionales. Los temas nacionales desaparecieron de su agenda. Eso alimenta más a la fiera que se nutre de la savia de sus devotos y aplasta los destellos neuronales de independencia.

Rubén Darío tenía razón: “¡Quiera Dios que la juventud procure tomar ese camino- el del estudio desinteresado de las cosas del espíritu-en lugar de entretener la inteligencia, de una manera inútil, en cuestiones de política militante, que no producen más que fatales desavenencias y frutos dañinos y faltos de savia fecunda!”. (El Diario Nicaragüense, Granada, septiembre de 1884).

No sea éste un llamado a la indiferencia o a la enajenación, pero sí un llamado a no dejarse instrumentalizar y sobre todo no descuidar lo infinito y lo bello, lo verdaderamente absoluto. Lo otro es vanidad de vanidades.

Algunos hechos recientes traen consigo malos augurios. Cortarle oficialmente la luz a un show humorístico de Luis Enrique Calderón es un acto de cobardía. El humor también es arte y las risas que produce en tiempos de gripe porcina son un estimulante inmunológico. Un gobierno que le teme al humor es sospechoso. La cámara matizona que tanto cabaretizó a Doña Violeta Barrios en todas sus formas y posiciones nunca fue censurada ni directa ni indirectamente. Solo se ofende aquel que no conoce el carácter saludable de la risa. Al escritor Sergio Ramírez Mercado, se le cerraron las puertas del Alma Máter de León. Craso error. ¿Por qué no una discusión constructiva de masas grises? En vez del palo y la mordaza. En una marcha del 8 de agosto del presente año salieron unos cuantos garroteados y otros tantos apedreados. ¿Es ésa la cultura política y la civilización que se nos quiere imponer en el siglo XXI ?
El peor error que podemos cometer los nicaragüenses, sobre todo aquellos que tienen la posibilidad de expresarse en alto, es: callarnos, permitir el abuso y tolerar el arte cavernario de gobernar. Sin la existencia de un Juan Montalvo en Ecuador, que se opuso a cuanta dictadura se le cruzó por el camino, sin un José Martí en Cuba, sin un Simón Rodríguez alias “Samuel Robinson”, padre y maestro mágico de Simón Bolívar, sin un José Carlos Mariátegui en Perú, sin un Augusto César Sandino y un Carlos Fonseca Amador, hoy nuestra América cabalgaría errante en hombros de tiranos.

Simón Rodríguez escribía: “ Al que no sabe, cualquiera lo engaña. Al que no tiene, cualquiera lo compra”.