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La visita que más me impresionó durante mi viaje al Japón en octubre de 2002 fue la que hice a la escritora y sacerdotista budista Setouchi Jacucho. En ese gran país milenario y moderno existen numerosas escritoras. El fenómeno no es nuevo: desde la primera obra maestra de su literatura —The Tale of Gengi es su título en inglés— es un hecho. Escrita probablemente en la primera década del siglo XI por Murasaki Shibiku (987-1015), esta compleja novela, magna y fundacional, inspiró otra famosa: The Pillow Book (El Libro de la Almohada), escrita por otra mujer: Sei Shanagon (967-1025). Modelo de conciencia lírica, El Libro de la Almohada describe los crepúsculos primaverales y las noches de verano, las tempraneras tardes de otoño y los amaneceres de invierno. Los más mínimos detalles de las cuatro estaciones, incluyendo sus sonidos, crean atmósfera con la calidad de una prosa lapidaria.

Su traductor, Arthur Valley, informa que Sei pertenece a un extraordinario grupo de mujeres que, viviendo durante el período Heian (794-1185), hicieron del diario su forma predilecta. El término japonés para designar este género es mikki y abarca no sólo su sentido de anotación personal y cotidiana, sino el de ficción narrativa. Es el caso del Kagerô Nikki de “Madre Michitsuma”, una dama de la nobleza. El Libro de la Almohada contiene ambos elementos: pasajes relativos a la vida de la autora y escenas de ficción, en los cuales se recrean costumbres y etiquetas.

Pues bien, heredera contemporánea de la Shibiku y la Shanagon —como de otras escritoras— es Setouchi Jacucho. Sacerdotisa budista desde sus 51 años, preside el templo de Tendaiji que desde 1973 se hallaba abandonado en una montaña sagrada próxima a la ciudad de Morioka. Yo subí un largo y empinado sendero de piedra para conocer a la sabia anciana en su residencia junto a dicho templo, donde se veneran imágenes en madera como la Madre de la Infinita Misericordia. Despojándome de mis zapatos, incliné la cabeza para advertir su armónica espiritualidad. El autor de la estatua se desconoce.

Setouchi me recibió en su salita, en torno de una mesa cuadrada. Con su secretaria, Masayo y Miki, nos sentamos sobre los correspondientes cojines. Como es de rigor lleva rapado todo su cráneo y una permanente sonrisa colma su plenitud interna. En sus 80 años no ha perdido la energía de su prédica pacifista. Contestó todas mis preguntas con una serenidad marcada por la trascendencia, mientras su secretaria y yo tomábamos café humeante y comíamos un pudín con ingredientes aportados desde el siglo VII por los jesuitas de España. Masayo traducía las extensas respuestas y Miki no paraba de gozarlas.

Setouchi tiene la pureza de una niña, la sencillez de una campesina, la claridad persuasiva de una predicadora. Habla de su vocación tardía, del vacío interior que sentía, de su destino. Dos veces al año convoca una peregrinación al Templo de Tendaiji. Unas quince mil personas la escucha y entrega sus donaciones. Otras también la admiran o aman. Se toman fotografías a su lado. Adquieren sus pañuelos blancos: pintados por ella misma, traza en ellos su rostro estilizado de recién nacida. Por algo pequeñas esculturas de Buda bebé, adornados de baberos rojos, abundan en los alrededores.

Setouchi --que vivió con desgarro la Segunda Guerra Mundial-- encabezó protestas contra todo intento atentatorio de la paz mundial. A raíz de la Guerra del Golfo, colectó unos veinte millones de yenes para adquirir toneladas de comida y entregarlas al pueblo de Irak. Los irakíes creían que habían ganado la guerra. No se había informado otra cosa. Lo mismo pasó, al principio, con los japoneses en su llamada Gran Guerra del Pacífico. Por eso Setouchi proclama que se divulgue siempre la verdad, la información correcta. No sólo es una personalidad religiosa, sino una autoridad moral.

El poder de la imaginación es el otro elemento sobre el que diserta siempre. Con este don –sostiene-- recreamos la existencia de los demás seres humanos, nos unimos a ellos, contribuimos a mejorar sus vidas. Setouchi ha practicado esta convicción en sus libros de temas cotidianos. Del más conocido, El fin del verano, hay traducción en inglés; en español no se ha publicado ninguno. Yo le transmití un saludo de las narradoras de Honduras, quienes me hablaron de ella. Setouchi creía que mi país, Nicaragua, se había independizado el año de su nacimiento: 1922. Le contesté que ese hecho se dio en Guatemala un siglo atrás. Acababa de viajar a China continental y dentro de unos días iría a Roma. Porque respeta el catolicismo. Y alguna vez —me confesó— estuvo a punto de bautizarse.

Setouchi adquirió parte de su fama por su filigrámica labor interpretativa —traduciéndola del japonés antiguo al actual— de The Tale of Gengi. Considerada la primera novela del mundo, su autora cuenta las historias de las diez esposas del Príncipe Gengi, siete de las cuales terminan ingresando a monasterios budistas. No tuvieron ellas una vida feliz, concluye Setouchi, puntualizando que en realidad fueron cuarenta las que sexeaban —sometidas desde luego— con el señor feudal. En más de doce tomos, que conservan las notables ilustraciones del original, se despliegan las vidas de esas mujeres en ese libro clásico de la literatura japonesa.

Setouchi escribe, pinta con pincel. No está —ni quiere ni puede— familiarizada con la computadora. Ese trabajo se lo deja a su secretaria. Yo le obsequié una bolsita de café nicaragüense. “Es mejor que el nuestro” —afirmó. Juntando las manos, agradecía mis cumplidos sinceros: Que mi peregrinaje al Japón no tendría sentido sin haber ido a conocerla; que ella es un modelo para tantas mujeres perdidas en la vida y en la literatura; que desde ahora tendría en mí, y simultáneamente, un admirador y un difusor.

Al final de la entrevista, Masayo y Miki nos fotografiaron con ella en el patio del Templo. Yo le agradecí su tiempo. Ella me regaló uno de sus preciosos pañuelos, permitió que le diera un beso en la frente y nos condujo al campanario en un extremo del patio, accesible a pocos pasos. Subiendo al estrado, jaló una gruesa cuerda atada a un madero de ciprés centenario con que golpeó la soberana campana de bronce. El sonido resonó, majestuoso y melancólico, por toda la montaña. Setouchi nos invitó a imitarla. Después de mí, siguieron Miki y Masayo. Naturalmente, mi campanazo fue el de mayor fuerza y resonancia.

Criatura literaria, Setouchi Jacucho (o viceversa a la manera occidental) tenía por nombre de pila Harúmi. De niña, leía no sólo The Tale of Gengi, sino la ficción realista de Ihara Saikan (1642-93) y los textos lúdicos de Chikamtza Monzaermon (1653-1724), los poemas y cuentos de Kitahara Hakuschû (1885-1942) y Shimazaki Tóson (1872-1943). Esta inmersión en los clásicos conformó el mundo japonés de su narrativa prolífica: más de treinta novelas y alrededor de cincuenta cuentos. También ha escrito numerosos ensayos y varias biografías.

Sus biografiadas han sido naturalmente mujeres excepcionales: Tamikura Toshiko y Okanoto Kanoko (1889-1939), ambas grandes escritoras, las más profundas. Otras: la militante anarquista Kanno Suga (1881-1911), la lideresa socialista Itó Noe (1895-1923), la soprano Muro Tamaki (1884-1946), la historiadora Takamure Itsue (1894-1964) y la feminista Hiratsuka Raichó (1886-1971). Sin discusión, Setouchi se identificaba con las acciones rebeldes y liberadoras de sus biografiadas; ella misma fue una prolongación de tales predecesoras.

Segunda hija de una familia comerciante de la ciudad de Tokushima en la isla de Shikoku, estudió literatura japonesa en el Colegio de Señoritas de Tokio y se casó muy joven. Poco después, acompañó a su marido, profesor asistente de la Universidad de Beijing, a China. Retornó a Japón en 1946, año en que abandonó a su esposo escapándose con un joven amante; divorciada en 1951, se entregó de lleno a su carrera literaria. Diez años después recibía el Premio Tamikura Toshiko y en 1963 el Premio de Mujeres Escritoras.