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Libro abierto. Nicaragua, otra vez, anuncia al mundo, un mundo que no le oye, que es territorio libre de analfabetismo. Nicaragua se anuncia a sí misma, sin que tampoco se oiga, que está libre de analfabetismo. Los tiempos han cambiado, porque en otra década, tal vez durante los ochenta, esta excelente noticia llevaría el olor de la revolución auténtica, de una verdadera liberación. Pero hoy esta frase ampulosa y magnífica de “territorio libre de analfabetismo”, esta frase libertaria y esperanzadora, tiene matices que ensombrecen el ánimo. ¿Y ahora qué?
Que treinta años después el objetivo de una campaña de alfabetización en el país haya sido el mismo, es síntoma de una pobreza soberana del país y de su dirigencia política. Sin poner en duda la calidad del sistema, ni las buenísimas intenciones del ministro Urbina, me parece que era el tiempo en que la celebración consistiera en que los datos de la calidad, progresión y finalización de estudios de quienes un día aprendieran a leer y escribir fueran mucho mejores.

Alabo el gran esfuerzo de la campaña de alfabetización. Mucha gente que conozco colaboró en ello y cada uno aportó su granito de arena para hacer posible que hoy se diga con tanta sonrisa “Nicaragua libre de analfabetismo”. Pero siento que ni basta ni es suficiente y la situación no se corresponde con el triunfalismo. Se trataba de un acto de restitución, de compensación. A día de hoy, hay que decir que esta campaña era una limosna para paliar el olvido al que ha sido sometido el pueblo de Nicaragua. Lo que ahora toca es demostrarle al pueblo nicaragüense que acaba de aprender a escribir, que existen más caminos para el desarrollo individual y colectivo con la enseñanza, y que el país puede prosperar. Si no, de qué serviría liberarse dos veces del analfabetismo en 30 años, con toda la esperanza que en ello ponen quien empieza a garabatear en un cuaderno.

Si esto se va a utilizar, como se utilizará, entre las bondades que esgrimirá el partido en el poder para justificar su mandato y pedir la reelección, tendrá la misma sombra de dudas que han tenido otras acciones, como la gratuidad en los servicios de sanidad y educación, otros actos de justicia que no han impedido la degradación de la calidad de la educación ni la falta de acceso a tratamientos esenciales para mantener la vida de muchas personas (y no me refiero sólo los indicados en una lista). Tampoco ha bajado la mortalidad materna, según denuncia Amnistía Internacional tras la suspensión de la ley del aborto terapéutico. Tampoco se han reducido los problemas en la atención a los pacientes de SIDA, como el último caso en Bilwi, cuando a un paciente con VIH se le negó atención.

Es decir, que a treinta años de una revolución, da lástima que los problemas y los objetivos sigan siendo los mismos, como una vieja lección que no se deja de obligar a repetir, sin que exista gran interés en innovar una manera de hacer despegar al país de un atraso considerable en materia de justicia social.

Pero, vuelvo a decirlo, el logro es evidente como también lo es que sólo es posible cuando se tiene voluntad para ello. Nadie duda de la voluntad del ministro de Educación ni de las personas que conforman su ministerio. Y cómo vamos a dudar de la vocación con la que aún acuden a los centros educativos los maestros con salarios de miseria a dar clase con hambre (a veces en el sentido literal de la palabra) a niños con hambre (en sentido doblemente literal de la palabra). Pero eso, aparte de un milagro, no es calidad de enseñanza, ni esperanza para un país. Eso es engañarnos a nosotros mismos, en gran parte.

El gobierno destaca por sus malas relaciones con los medios de comunicación, y es una lástima, porque los medios pueden ser grandes aliados a la hora de motivar la expansión de ciertos avances como éste de la erradicación del analfabetismo. La cobertura ha sido muy discreta, porque se ha llegado a un punto en que todo es sospechoso si procede desde la Secretaría-Presidencia. Cualquier buena acción, conlleva detrás una duda. No se puede vivir constantemente entre la sospecha por un lado, o la utilización de los grupos fieles sin cuestionamiento por otro. En este interrogante, no se puede convivir si al darnos la mano esperamos siempre un puñal escondido en la otra.

Del atraso de Nicaragua en materia de distribución de la riqueza no son culpables solamente los gobiernos llamados neoliberales, ni la década sandinista, ni la anterior, la última de Somoza. Es culpa obviamente de todos ellos, una hermandad de culpables fantasmas que con distinto signo quitan y dan, dan y quitan lo que es derecho de la gente. Nicaragua necesita algo más ahora. Un paso adelante, ahora que los libros están abiertos, y se han leído, y se han aprendido las viejas lecciones.


franciscosancho@hotmail.com