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Cuando realizo la caminata matutina, disfruto del amanecer, soy partícipe del despertar paulatino de la ciudad y su gente, el cielo adquiere un tierno brillo de opacos coloridos que poco a poco se va encendiendo, el aire sopla con suave frescor aun en los acalorados días secos de marzo y abril, al borde de la calle. En las aceras o senderos de tierra, he encontrado innumerables monedas de 25, 10 y 5 centavos, algunas intactas y brillantes, recientes, otras sucias, machacadas, carcomidas o incrustadas por el calor en el pavimento. Siempre me pregunto: ¿Quién las tiro? ¿Por qué? ¿Se le habrán caído a alguien por descuido y ahora le harán falta para completar el pasaje del bus, una tortilla o un litro de leche? Hay en la mesa de mi escritorio un copón de madera en el que introduzco las numerosas moneditas despreciadas u olvidadas por otros(as). En ocasiones me sirven para completar las fracciones del pago de las facturas de los servicios básicos o del periódico. Hace un año, después de salir del supermercado y colocar en el interior del carro las bolsas de las compras efectuadas, un niño de once años se acercó para pedirme dinero por haber supuestamente cuidado el vehículo. No andaba efectivo, busqué en el bolsillo y la guantera, pude reunir únicamente cuatro monedas de 25 y una de 10, se las di diciéndole que lamentablemente no andar más. El jovencito, descalzo y con ropita desgastada por el uso y la escasez, con sus manitos sucias tomó las monedas, las vio y sin pensarlo dos veces las tiró al suelo diciendo, ¡esto no sirve para nada! Me bajé y las recogí y me las eché a la bolsa del pantalón mientras le decía: “muchacho, no es bueno tirar el dinero ni dejar la comida, uno nunca sabe cuándo hará falta, hay muchas personas que las necesitan…”. Recientemente, en un semáforo, un joven adolescente sin previo aviso empezó a limpiar el vidrio delantero del vehículo, como es común en las intercepciones de Managua, a pesar de mi insistencia de que no lo hiciera, continuó su faena, busqué en el auto y sólo encontré tres monedas de 25 y cuatro de 10 centavos, el jovencito al verlas en la palma de mi mano, hizo un gesto de enojo o desprecio y se alejó diciendo algunas palabras que no pude entender… He pensado en ambos incidentes, quizás comunes. Ahora, en estos ejercicios de esparcimiento y rutina, reflexiono y descubro algo nuevo desde lo cotidiano y sencillo, que no por eso carece de importancia, todo lo contrario, es la base de nuestra existencia, de allí se construye la serenidad o el estrés, el caos o éxito, la pobreza y riqueza, el estancamiento y desarrollo, la felicidad y tristeza, la paz, la guerra, la vida y la muerte.

Hay en los detalles de lo que parece pequeño, la condensación de lo grande y eterno. Puede ser esencia o simplemente un algo que aunque se olvide y no se vea, allí está sustentando lo que somos o sospechamos ser. Un detalle puede ser como la ventana por donde desde su loca lucidez se asoma el poeta Alfonso Cortés y “tiene mayor intensidad que todo el cielo”. Lo menudo tupe lo inmenso, las insignificantes y numerosas hojas proporcionan al árbol la virtud de ser frondoso y brindar su sombra y verdor. Un árbol junto a otros, hace al bosque, renueva el medioambiente. Un segundo o un minuto pueden ser el tiempo exacto para la vida o la muerte, el aliento se va en un suspiro, sin esa partícula no existe la hora, ni el día ¿en cuál momento las cosas son demasiado tarde? Sin los puntos no existe el plano. Un rayo de luz es tan solo eso, pero sin él, no existe la luz. Una idea es no más que un fugaz e inexplicable impulso humano que algo de divino debe tener, que se va quedando y complementando, hasta hacer pensamientos, doctrinas, grandes obras, diseñar estructuras y ciudades, levantar imperios, marcar épocas, construir o destruir, evolucionar desde lo inexistente llegando a ser, uno nunca sabe... Un voto hace la diferencia en una elección, lleva a la victoria o la derrota. El fracaso o el éxito pueden estar en el detalle descuidado o aceptado del pasado, puede ser que no nos demos cuenta cuándo ha llegado y se ha ido. Lo que te ha ocurrido un día en tu vida puede llegar a ser el motivo de tu existencia o la causa de las desgracias futuras. ¿Qué pasaría si se hubiera despreciado ese momento? Somos pequeños, un invisible punto en el mundo de nuestro universo, en el tiempo y el espacio por donde vagamos con brevísima y fugaz duración, un respiro. Uno más y único en cada momento. Un hombre, una mujer un algo que no terminamos de precisar qué es, pero somos hasta que un día, en un momento, dejamos de ser.

Los padres, vecinos(as) y amigos(as) suelen comentar cosas necias y tontas delante los niños(as), para matar el tiempo, pláticas en mesa de tragos y celebraciones, se ríen de sus mentiras y “bandidencias”, hacen mofa de los sobornos ofrecidos a los agentes de tránsito, de los beneficios de la corrupción pública y privada, de los desmanes de la política criolla, de las borracheras y noches de parrandas y tropelías... De esas conversaciones vanas y olvidadas han quedado, en aquellos anónimos niños(as), que aunque parezca que no oyen están ahí atentos, aprendiendo de sus mayores, una idea que quién sabe qué valores y comportamientos construirá en el futuro reproduciendo el irrespeto, la violencia, la irresponsabilidad y la triste herencia familiar y social? Cuando un niño desde sus primeros años, o un adolescente en su inquieto despertar, en su paso de dudas entre el ser niño o adulto, engaña y hace “travesuras”, roba pequeñas cosas o maltrata a otros(as), esas aparentes insignificancias, crecerán como la plaga o la hierba irrigada por el contorno social, el mal ejemplo de los padres, el discurso de los “líderes” y los administradores de la “cosa pública”, las expresiones e imágenes violentas transmitidas en los medios de comunicación, la desigualdad y el abandono, entonces el mal menor se hace grande, el daño se incrementa, el sufrimiento y la identidad (la búsqueda de nuestra época) carcome su vida y crece el resentimiento, el egoísmo, el odio, la venganza y la violencia… No por ser “menores” los delitos dejan de ser importantes, puede estar el inicio de un mal que podría ser cortado o interrumpido a tiempo. La descomposición comienza con una fruta que contagia al resto. El vaso se rebalsa por una pequeña gota de agua…
El silencio cómplice o indiferente, la mirada de desprecio o hiriente, el gesto agresivo, las ofensas, el grito, se suman a otras palabras y omisiones, se hacen explosivas, abren heridas y culpas, dividen; la convivencia se hace insoportable, se desgasta, el odio florece, el desprecio, la destrucción echa raíces y como el cáncer, fragmenta la efímera vida individual y colectiva. Lo importante es lo importante, lo grande es grande por sí mismo, pero no llega a serlo sin lo pequeño, esas insignificancias hace crecer las cosas; engrandecidas, tienen su propio peso, se defienden o subsisten para bien o para mal, pero pequeñas pueden ser erróneamente olvidadas o descuidadas, por eso hay que atenderlas con razonable consideración.

Recoger una moneda del suelo no creo que traiga buena suerte como algunos podrán pensar, es el gesto, la actitud personal de no despreciar las cosas pequeñas y cotidianas, de valorarlas, lo que puede hacer indudablemente la diferencia. ¿Cómo nación, como ciudad, como generación, como familia o persona ¿Cuántos momentos hemos desperdiciado? Entonces, ¿Por qué y de qué sirve lamentarse después?

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