Jorge Eduardo Arellano
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Conocí a Xavier Chamorro en los pasillos de La Prensa, allá por la década de los cincuenta. Me fue presentado por su hermano, Pedro Joaquín Chamorro, si bien puedo recordar, un día de tantos, después de que el Director de La Prensa fuera puesto en relativa y condicionada libertad, luego de los sucesos de abril de 1954.

De voz pausada, suave, pero con contenido fuerte, Xavier Chamorro, más que ordenar, sugería lo que pretendía lograr. De tal manera que la administración del diario en el que comenzó a hacer periodismo, además de recibir su entrega y su estímulo para continuar proyectándose como diario libre, democrático y combativo, a Xavier le sirvió de escuela para continuar lo que junto a Pedro habían comenzado.

Xavier hablaba poco, pero expresaba lo suficiente para poder entenderle. Las veces que tuve la suerte de cambiar impresiones con él siempre fueron provechosas. Era un hombre que tenía alto sentido del concepto de libertad, y sin aspavientos insinuaba lo que quería decir.

Por supuesto, detrás de esa inteligente apacibilidad de Xavier se anidaba un carácter fuerte, decidido y positivamente constructor. Sin estas condiciones en la voluntariedad del principal fundador, habría sido difícil, talvez imposible, el nacimiento de EL NUEVO DIARIO. Las condiciones de la navegación en ese tiempo, las limitaciones de los recursos requeridos para que un medio de prensa marchara, las rigurosidades de la obligada faena del oficio, necesitan algo más que un hombre cualquiera: requieren un líder que tenga corazón y sentido para entenderse con la gente.

Pero más que esto, alguien que sepa dar y darse. Éste era Xavier Chamorro. Y es posible que ésta también haya sido la primordial razón para que periodistas como Danilo Aguirre Solís se sumaran a la nueva aventura periodística.

Personalmente, tengo un inolvidable recuerdo de Xavier Chamorro. Era yo muy joven. Pienso que fue antes de Olama y Mollejones, y no puedo precisarlo con exactitud, cuando en las páginas de La Prensa se publicaba diariamente cierta décima humorística que carecía de firma responsable; el autor era yo. Xavier autorizó que por escribirla me pasaran los seiscientos córdobas que pagaban Los Trajes Gómez por el pequeño anuncio que en la compaginación y armada del periódico se le llama muñeco. Este gesto de Xavier es algo que jamás olvidé.

Hasta pronto, querido Xavier. Tal vez allá, en ese viaje espacial a que nos conduce irremediablemente el tiempo del Eclesiastés, seas encargado de organizar o dirigir un medio de prensa. Pienso que lo harás muy bien.