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Nadie pone en entredicho la utilidad de las “bajas” finanzas: la capacidad para usar cheques, billetes de banco y tarjetas de crédito, en lugar de tener que cargar con baúles de plata, balanzas y reactivos para comprobar su pureza y necesitar guardas armados a fin de proteger la plata y más guardas para vigilar a los anteriores, presenta eficiencias evidentes, como también la capacidad de las familias para recibir préstamos y prestar a fin de no verse obligadas a igualar los ingresos con los gastos todos los días, las semanas, los meses o los años.

Pero, ¿para qué sirven las “altas” finanzas? Según la descripción tradicional de los economistas, las altas finanzas nos brindan tres tipos de utilidades. En primer lugar, permiten a muchos ahorradores aunar su riqueza para financiar grandes empresas que pueden lograr las eficiencias de escala que hace posible la moderna industria con gran densidad de capital.

En segundo lugar, las altas finanzas constituyen una palestra para frenar los peores abusos de los directivos de grandes empresas. La democracia de los accionistas, sencillamente, no funciona, pero el miedo de los directivos a que, si el precio de los valores baja demasiado, se quedarán sin trabajo constituye un útil factor moderador.

Por último, las altas finanzas permiten la diversificación de la cartera, de modo que los inversores particulares pueden aspirar a obtener beneficios elevados sin verse obligados a correr grandes riesgos idiosincráticos de quiebra o pobreza.

Pero esos son los beneficios de las altas finanzas, tal como se aplican al mundo ideal de los economistas, es decir, un mundo de participantes racionales y utilitaristas que son expertos en calcular la utilidad previsible en una situación de incertidumbre, son maestros de la programación dinámica y respiran cálculo estocástico en su vida diaria. Nosotros no vivimos en semejante mundo.

Los economistas se han pasado la vida intentando formular teorías que explicaran los rasgos sobresalientes de la realidad que podría surgir, si de verdad viviéramos en su mundo ideal, pero, como no es así, su empresa teórica es de dudosa utilidad. Es como describir cómo hornear una deliciosa tarta de boda sólo con miel, bicarbonato sódico y berenjena cruda.

Si aceptamos el mundo tal como es de verdad, enseguida vemos que las altas finanzas desempeñan otras dos funciones que mejoran nuestro bienestar colectivo. Nos inducen a ahorrar, acumular e invertir prometiéndonos inversiones seguras y líquidas incluso en tiempos excepcionales. También nos inducen a ahorrar e invertir como condición previa para que nos entreguemos a nuestro amor al juego y como subproducto de él.

No cabe duda de que somos más felices ahorrando y acumulando y que es mucho más probable que lo hagamos si pensamos que los recursos que hemos ahorrado y acumulado están a mano. También es verdad que, cuando invertimos nuestra riqueza –en la propiedad intelectual de Pfizer, en fábricas en Shenzhen, redes mundiales de distribución o centros comerciales en Atlanta–, no está, en realidad, a mano. Nuestra riqueza invertida sólo puede tener una apariencia de liquidez para cualquiera de nosotros y sólo si no hay un cambio general de nuestro deseo colectivo de liquidez.

Y tampoco cabe duda de que somos más felices ahorrando y acumulando, si recibimos información positiva y negativa sobre nuestras decisiones en un plazo temporal que nos permita considerar que la próxima vez podremos obtener resultados mejores, modificando nuestra estrategia: eso explica la existencia de marketwatch.com y CNN/Money.

Naturalmente, los inversores que creen que su riqueza tiene una liquidez segura y que están sumando valor para sí mismos al comprar y vender son víctimas de una falsa ilusión. Nuestra riqueza financiera no es líquida en caso de emergencia y, cuando compramos y vendemos, no estamos enriqueciéndonos, sino enriqueciendo a los especialistas y a los creadores de mercados.

Pero esas falsas ilusiones nos benefician. Psicológicamente, somos por naturaleza impacientes, por lo que nos conviene creer que nuestra riqueza está segura y que podemos aumentarla mediante inversiones con destreza, porque dicha falsa ilusión nos hace comportarnos menos impacientemente, y, colectivamente, esa falsa ilusión aumenta nuestros ahorros y, por tanto, nuestro capital, que, a su vez, aumenta todos nuestros sueldos también.

Hace setenta y tres años, John Maynard Keynes reflexionó sobre la reforma y la regulación de los mercados financieros desde la perspectiva de los tres primeros fines y se sintió “incitado... a hacer que la adquisición de una inversión fuera permanente e indisoluble, como el matrimonio...” Pero enseguida dio un paso atrás: el hecho de “que cada uno de los inversores particulares piense que su compromiso es líquido’ (aunque eso no puede ser cierto para todos los inversores colectivamente) le calma los nervios y lo hace estar mucho más dispuesto a correr un riesgo...”

Además, para Keynes, “el juego de la inversión profesional es intolerablemente aburrido y demasiado exigente para quien carezca totalmente del instinto del juego, mientras que quien lo tiene debe pagar el precio apropiado por esa inclinación...”

Por esas razones hemos parecido paralizados durante la última o las dos últimas generaciones, siempre que hemos pensado en la posibilidad de reformar nuestro sistema de regulación financiera, e, incluso ante una crisis financiera dura, seguimos paralizados hoy.

J. Bradford DeLong, ex Subsecretario del Tesoro de los EU. en el gobierno de Clinton, es profesor de Economía en la Universidad de California en Berkeley.

Copyright: Project Syndicate, 2009.

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