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La primera vez que los medios fueron fuertemente cuestionados por adentrarse en los caminos de la educación fue con la producción televisiva Plaza Sésamo. Llovieron las condenas. Las tesis del colonialismo cultural saturaban la atmósfera. Armand Mattelart y Ariel Dorfman habían desmontado gonce a gonce al Pato Donald. Chile de la Unidad Popular y Salvador Allende develaba la cara oculta de los medios criticando sus propuestas. Los comics o tiras cómicas enajenaban. La certeza de que los medios constituían la avanzadilla educativa y cultural del imperialismo formaba parte del acervo político de la izquierda latinoamericana.

En Venezuela Ludovico Silva abría fuegos demoliendo a Tarzán y Superman. Teníamos que cuidarnos de El Fantasma. La cultura popular se convertía para Dorfman en el desafío artístico contemporáneo más importante. Todos se sentían comprometidos a leer Apocalípticos e Integrados de Umberto Eco. Los súper héroes eran una pandilla de ángeles perversos. En Estados Unidos, el filósofo negro Stokely Carmichael, militante activo de los Panteras Negras, hacía sorna de su etapa adolescente, al aplaudir las hazañas de Tarzán en África. Dales duro a esos negros brutos, gritaba alegre sentado en las butacas del cine.

La televisión se encargó de expandir las proezas de Batman y Robin. Nada escapaba a los realizadores. El cine fue su mejor incubadora. La industria cultural, como calificaron los adelantados de la Escuela de Fráncfort al crecimiento inmensurable de la cinematografía y la radio, merecía un estudio riguroso. Ludovico Silva prefirió denominar al fenómeno como la industrialización de las conciencias. Las izquierdas habrían un rico filón de estudio. Nunca como hasta ahora las producciones mediáticas merecieron su atención. El ariete utilizado para despanzurrar sus propuestas era el concepto de enajenación elaborado por Carlitos Marx.

El mundo omniabarcante de la comunicación fue convertido en epicentro de múltiples confrontamientos. Los estudios y análisis de las tiras cómicas, películas y series televisivas sirvieron como detonante. Desde el viaje de Yuri Gagarin (1957) al espacio, quedó claro que las nuevas tecnologías permitían asomarse a un mundo nuevo. El informe McBride (1980) culminación y punto de partida de la nueva realidad abierta por la comunicación, sirvió para ratificar que estos escarceos no eran simple retórica. Apuntaban al corazón del formidable dispositivo mediático capaz incluso de redefinir el modelo de acumulación capitalista.

El avance tecnológico era incontenible. Generaciones de satélites se sucedían unas a otras. Los Satélites de Transmisión Directa (DBS), anunciaron el advenimiento de una nueva era: la creación de artefactos capaces de rebasar fronteras. Los lloriqueos de los países tercermundistas estaban demás. Ya no se requería permiso para proyectar las imágenes televisivas en sus territorios. Podían fisgonear el mundo para conocer sus más íntimos recovecos. En Brasil la Universidad de Stanford impartió en 1971 cursos de ingeniería apoyada por la Nasa a través del Satélite ATS-3, dando paso a un nuevo concepto de educación universitaria. El desarrollo de las nuevas tecnologías de comunicación estaba a la orden del día.

La distinción de los franceses (el aparato educativo formal constituido por los centros de enseñanza y el aparato educativo informal conformado por los medios) entró en crisis. Nadie podía señalar de mentirosos a quienes advirtieron lo que se escondía detrás del telón de los medios. Sus excesos fueron graves. Cayeron en la trampa de creer en la teoría de la aguja hipodérmica. No existe relación mecánica alguna entre mensaje dirigido y su apropiación inmediata por las audiencias. Los medios no son una cárcel hermética de la que los seres humanos no puedan escapar. Eso no niega su creciente poderío. Menos en una época en que la tenencia se concentra en pocas manos. Los medios vierten las 24 horas del día los 365 días del año visiones y versiones de la realidad mundial. Son omnipresentes.

Las nuevas sensibilidades son condimentadas en los prodigiosos hornos de los dispositivos mediáticos. Explican lo que acontece o bien ocultan los hechos cuando conviene a sus dirigentes. Condimentan afectos y provocan oleadas de rencores. Su discurso sensual embruja. Esas maravillosas producciones televisivas y cinematográficas, magia pura en el infierno cotidiano de las pobreterías metidas en favelas, cerros y barriadas, deslumbran pero no aquietan ni adormecen las conciencias. Los medios permean y moldean conductas, pero no lo hacen como piensan algunos detractores. No de manera absoluta, incontrovertible. Si así fuese no habría rebeldía ni rebeliones. Cuando el hambre aprieta los pobres salen a las calles en busca de sustento.

En el cine y en la televisión, sus escuelas permanentes han aprendido a imitar y replicar gestos. Las cuadrillas de Unión Fenosa son retenidas en los barrios cuando llegan con alicate en mano a cortarles la energía. Sin ella no hay televisión que ver y la diversión se acaba. En Acahualinca y Villa Venezuela sus moradores han aprendido a repeler a los intrusos copiando fielmente lo que vieron en los noticieros televisivos de Ciudad Guatemala y Lima. En su último texto (1996), el italiano Mauro Wolf, agudo estudioso de los efectos de los medios, remarca el principio de imitación asumido por las audiencias televisivas.

Las campanas de alarma sonadas por Giovanni Sartori resonaron fuerte entre la clase política. Su tesis del homo videns, sustituto real del homo sapiens fabricado por la televisión provoca discusiones al condenarla como un armatoste embrutecedor. La televisión idiotiza clama en el desierto. Con una mejor comprensión del fenómeno, Régis Debray hace un recuento de las virtudes y males acuñados por los estudiosos de la caja mágica en distintas partes del mundo. Su balance crítico concluye que existe un empate técnico entre los beneficios y perversiones derivadas de su actual supremacía en el ámbito mediático.

La educación brindada por las telenovelas constituye aprendizaje diario de domésticas y señoritas encumbradas. ¿Pasión de Gavilanes, (Canal 10) ha estimulado el apetito por un macho más macho? ¿Sin senos no hay paraíso, (Canal 2) hará sentir ridículas a ciertas mujeres ante esos pechos soberbios de silicona? El concepto de belleza esculpido por cirujanos y estilistas se atiene a las medidas establecidas para optar a ser mises. La anorexia no es una enfermedad, constituye una manera de ser y estar en un mundo colmado de flacas, esqueléticas como esperpentos, que seduce a muchos hombres. Los criterios de belleza los dicta la televisión. Una dictadura gozosa asumida por la mayoría de las mujeres del planeta.

Nada escapa a los tentáculos ni a la hechicería de la televisión. Nada queda fuera de sus reflectores. La religión queda atrapada dentro de su perímetro. Se utiliza para pastorear almas. Los primeros en hacerlo fueron los tele-evangelistas de la Iglesia Electrónica en Estados Unidos. La influencia monumental del Pastor Evangélico Jim Bakker, un show que llegaba a trece millones de hogares norteamericanos. Expulsado del set por relaciones sexuales con su secretaria, Jessica Hahn, volvió al redil. El falso profeta fue nuevamente requerido. Los índices de audiencia cayeron después de ser echado. Se puede jugar con el santo pero no con la limosna. Radio Paz y las televisoras católicas hispanas han perdido al sacerdote Alberto Cutié. El telepredicador incurrió en el pecado de la carne. ¿Será llamado de nuevo a las pantallas?
El maridaje de las tecnologías ha posibilitado la integración y convergencia de satélites, computadoras, televisión digital y todo lo que viene, abriendo nuevos surcos de aprendizaje. Los cursos a distancia están en casa. Las universidades contratan tiempo para impartir teleconferencias en los propios recintos. La introducción de estas herramientas provocó un vuelco de ciento ochenta grados en el concepto de enseñanza-aprendizaje. Las tecnologías educativas están en boga. El Rector de la Universidad de Ciencias Comerciales (UCC), Gilberto Bergman Padilla, anunció los primeros cursos de E-Learning para los profesores de la Asociación de Universidades Privadas de Centro América (Auprica). Una apuesta que abarata costos, pero que agranda la brecha entre info-ricos e infoprobres. ¿Cuánto tiempo se requerirá en Nicaragua para superar el analfabetismo digital?
Cada vez que se perfilan en el horizonte probables remedios para la pobreza galopante que consume a millones de personas en el planeta, las promesas chocan con la realidad. No por eso hay que dejar de luchar para superar estas inequidades. Las tecnologías de comunicación son grandes catalizadores. Contribuyen a resolver muchísimos problemas que agobian a la humanidad. Su comprensión y dominio se convierte en un imperativo. Nada asegura que sus usos y abusos constituyen un valladar insalvable. El Big Brother es la cara fea de los medios. Tal vez la advertencia oportuna para evitar traspiés. La falta de liberación de las frecuencias indica que otros usos posibles son frenados por los poderes públicos y privados.

Las distintas prácticas en que se encuentran inmersas las audiencias son el mejor antídoto. Nada es de una vez y para siempre. Las personas contrastan versiones con la realidad oprimente en que viven. Los seres humanos tienen puesta su mirada en formas de convivencia más dignas: derecho a la comida, la vivienda, educación y salud para todos y todas. El presidente Lula dijo que su gran revolución en Brasil sería garantizar los tres tiempos de comida para todos sus ciudadanos. Si algo similar aconteciera en Nicaragua estaríamos en las puertas del cielo. Al hacer el recuento de las necesidades básicas de los trabajadores alemanes Marx incluyó la botella de cerveza. En los tiempos actuales jamás podría dejarse fuera de la canasta básica de los nicaragüenses el disfrute de la televisión, que educa, entretiene, informa y deforma.