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“Todas las niñas embarazadas han sido violadas”

Al hablar de abuso sexual en la niñez es bastante común el uso de la palabra “pedofilia”, cuyas raíces son griegas: páis-paidós, que significa “muchacho” o “niño”, y filia, que quiere decir “amistad”. También, pero con menor frecuencia, se utiliza la palabra “pederastia”, cuyas raíces griegas son similares. Ambas palabras, en el léxico popular, se manejan para describir a las personas adultas que abusan sexualmente a niños y niñas. A menudo se confunde con la homosexualidad, que es la atracción de una persona hacia otra de su mismo sexo y que en la actualidad es considerada una expresión perfectamente normal y sana de la sexualidad humana. En realidad, tanto las personas heterosexuales, como las homosexuales y bisexuales pueden ser pedófilos o pederastas, aunque las estadísticas demuestran que en la vida cotidiana la gran mayoría son varones.

Las dos palabras, sin embargo, tienen significados diferentes. La “pedofilia” es generalmente entendida como la inclinación sexual por parte de una persona adulta a sentir una atracción sexual hacia niños/as, sobre la cual en la psicológica y la psiquiatría no existe consenso acerca de si es o no es una “condición normal”. La “pederastia”, por otro lado, es la práctica sexual entre un varón adulto y un/a menor de edad que universalmente se condena. De esta manera la “pedofilia”, en el sentido estricto de la palabra, no se refiere, exactamente, al abuso sexual, sino a la mera tendencia sexual o atracción por una persona adulta (casi siempre hombre) hacia un/a menor.

En otras palabras, cuando una persona adulta (sea heterosexual, homosexual o bisexual) empieza a desarrollar una estrategia para seducir sexualmente a una niña, niño y adolescente (puede ser a través de juegos, regalos, miradas, gestos, palabras o expresiones que confunden) o cuando su fantasía o intención se convierte en un acto sexual específico, el pedófilo se hace pederasta y comete un delito sexual.

En el marco del Código Penal nicaragüense esto sucede cuando el adulto “realice actos lascivos o lúbricos tocamientos en otra persona, sin su consentimiento, u obligue a que lo realice, haciendo uso de fuerza, intimidación o cualquier otro medio que la prive de voluntad, razón o sentido, o aprovechando su estado de incapacidad para resistir, sin llegar al acceso carnal u otras conductas previstas en el delito de violación, será sancionado con pena de prisión de cinco a siete años (artículo 172)”.

El mismo artículo también establece que “no se reconoce, en ninguno de los supuestos, valor al consentimiento de la víctima cuando ésta sea menor de catorce años de edad, o persona con discapacidad o enfermedad mental”.

Esto quiere decir que todo contacto sexual entre una persona adulta y un niño o una niña menor de catorce años constituye abuso sexual y es un delito que debe ser castigado por la ley. Da razón al lema de la campaña “Todas las niñas embarazadas han sido violadas”, porque ninguna niña menor de 14 años puede dar legalmente su consentimiento a las relaciones sexuales. Sus violadores son pederastas y cometen crímenes.

En Nicaragua, sin embargo, como en muchos países, no existe legislación específica que establezca la edad mínima de consentimiento para las relaciones sexuales y el Código Penal no hace tipificación de la pederastia como un delito autónomo. Como consecuencia, muchos/as adolescentes mayores de 14 años corren peligro particular de ser abusados/as por pederastas para luego quedarse en la indefensión ya que éstos suelen alegar, después, que contaban con su consentimiento. A menudo, recurren a falsas creencias y mitos sobre la sexualidad humana, argumentando que “la chavala ya estaba buena” si el abuso se da en el campo, o que “es birrionda” si ocurre en la ciudad, o que dio su consentimiento por la llamada “prueba del amor”.

Desafortunadamente, en muchos países, estas creencias machistas que son propias del sistema patriarcal y que cosifican a los cuerpos de las niñas y adolescentes, persisten hasta en las personas encargadas de garantizar y administrar la justicia. De esta manera, muchos pederastas quedan en la absoluta impunidad, libres para seguir abusando sexualmente a niños/as y adolescentes inocentes e ingenuos, quienes, después, durante toda la vida tienen que lidiar con las secuelas que quedan.

Mientras puedan existir explicaciones sicológicas y psiquiátricas para entender la existencia de la pedofilia, el abuso sexual que cometen los pederastas no se justifica. Ellos aprovechan del poder que tienen como hombres adultos y los tabúes culturales que existen alrededor de la sexualidad humana para engañar a sus víctimas, utilizando mecanismos y técnicas de seducción sexual, que se basan en la manipulación psicológica y emocional. Al crear dependencia y confianza, abusan a sus víctimas para luego imponer la “ley del silencio”, utilizando amenazas y chantaje para inculcar en ellas un profundo sentido de culpa, vergüenza y miedo.

Para romper el silencio y lograr justicia, es necesario denunciar a los pederastas y contar con medidas legales más claras que protejan a todo niño, niña, adolescente y joven y no solamente a las/os que son menores de 14 años.


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