Jorge Eduardo Arellano
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A Estados Unidos, con sus pretensiones de excepcionalismo, se le suele considerar como libre de analogías históricas. Pero las comparaciones con el destino de imperios anteriores se están volviendo cada vez más frecuentes.

Recientemente me sorprendió una analogía de la historia alemana: el desastre del liderazgo alemán durante la Primera Guerra Mundial, encarnado por el Kaiser Wilhelm II. Wilhelm asumió la corona en 1888 a los 29 años, después de que su padre liberal, que había reinado durante 88 días, sucumbiera a un cáncer de garganta. Su abuelo, Wilhelm I, había presidido las victorias militares de Prusia, que le permitieron a Bismarck crear el Reich unificado en 1871. En el lapso de dos años, Wilhelm II se deshizo de Bismarck.

Wilhelm II se convirtió en el líder de un país en la cúspide de la dominación europea. Para los años 1890, Alemania era la potencia más fuerte del continente. Pero el poder genera oposición y los alarmados vecinos de Alemania empezaron a formar alianzas defensivas.

Wilhelm ostentaba su poder absoluto, creyendo que había recaído en él por orden divina. Despreciaba al parlamento, cuyos poderes circunscriptos estaban establecidos en una constitución que él hacía alarde de nunca haber leído. Era inteligente, tal vez hasta talentoso, le impresionaba el progreso tecnológico, pero también era ignorante e impulsivo; se regocijaba en las trampas del poder y se deleitaba con los uniformes. Su ostentación y extravagancia eran profundamente antiprusianas.

Era propenso a los discursos pomposos, y alguna vez llegó a advertirles a los reclutas que recién tomaban juramento que, si él lo ordenaba, tendrían que dispararles a sus padres. Dio órdenes asombrosas a los soldados que partían para reprimir la Rebelión Boxer en China: debían despertar el miedo como lo habían hecho los Hunos de antaño. Detestaba a los críticos liberales. Y hablaba despreciativamente de las naciones extranjeras, en especial de Gran Bretaña. Parte de esto tenía que ver con su anglofobia ambivalente y la desconfianza que sentía por su madre, la hija de la reina Victoria.

Peor aún, respaldaba a aquellos grupos que intentaban aumentar el poder militar alemán, inclusive la creación de una flota de alta mar que pudiera desafiar a la Marina británica. Evitaba los pormenores del gobierno, ya que interferían con sus diversiones. Desde el principio, los miembros de su entorno temían su volatilidad y equilibrio mental.

La política exterior alemana de 1890 a 1914, por la cual el Kaiser cargaba con una responsabilidad formal e intermitentemente real, comprendía una serie de fracasos y contratiempos. Pero Wilhelm, en realidad, no gobernaba, como dejó en claro la conducta de Alemania durante la Primera Guerra Mundial. A comienzos de julio de 1914, después del asesinato del archiduque austriaco Franz Ferdinand, Wilhelm azuzó a los austriacos, pero para fin de mes no pudo impedir que sus propios subordinados iniciaran una guerra, siguiendo los dictados de la estrategia militar --el famoso Plan Schlieffen.

Una vez iniciada la guerra, Wilhelm se convirtió en Lord Supremo de la guerra, y su principal función habría sido la de arbitrar los elementos rivales dentro de su gobierno. En el centro, surgió un conflicto cívico-militar --el ejército alemán siempre había tenido una mentalidad y un status de estado dentro de un Estado--. Es más, los líderes militares y civiles estaban divididos entre sí.

Después de la batalla de Marne (septiembre de 1914) y el fracaso del Plan Schlieffen, algunos de los asesores de Wilhelm tomaron conciencia de que las posibilidades de una victoria militar eran escasas, y de ahí la necesidad de una paz negociada. Pero, para ese tiempo, hasta el canciller civil había resuelto objetivos de guerra extravagantes que hacían que una paz negociada resultara ilusoria.

De ahí en más, el estado mental del Kaiser se volvió una cuestión dominante en la conducción de la guerra. Sin embargo, debían tomarse las decisiones más ominosas: cambios en la conducción militar y civil y, en 1917, declarar o no una ofensiva submarina irrestricta y así asegurar el ingreso de Estados Unidos a la guerra.

El destino de su país (y de Europa) dependía de la decisión que tomara Wilhelm. Pero, después de tres años de carnicería inimaginable, el Kaiser se había convertido en el instrumento de una dictadura militar dirigida por Paul von Hindenburg y su jefe del Estado Mayor, Erich Ludendorff. Ambos gozaban de la confianza de las clases gobernantes de Alemania, estaban decididos a rechazar todo acuerdo y creían que “un empujón más” redundaría en la “victoria total”. Mientras tanto, al Kaiser se le ocultaba sistemáticamente la verdad y terminó enajenado de la realidad.

Por un momento en la primavera de 1918 --después de que los bolcheviques firmaran una paz cartaginesa dictada por Alemania--, una victoria alemana parecía posible. Pero para agosto, las fuerzas aliadas quebraron las filas alemanas y un Ludendorff sorprendido, con miedo a un repentino colapso de su ejército, exigió que el gobierno civil recientemente constituido enviara un pedido inmediato de armisticio. Pero los aliados no negociarían con el Kaiser. Los alemanes, hartos de la guerra, empezaron a exigir la abdicación del Kaiser.

El ejército obligó a Wilhelm a exiliarse en Holanda donde, hasta su muerte en 1941, diseminó veneno ponzoñoso por donde pudo: los judíos y socialistas tenían la culpa; sólo él tenía razón. Una vez más reflejando y estimulando a un amplio segmento de lo que había sido su pueblo, vio en Hitler el nuevo hombre elegido por la providencia, el salvador de una Alemania derrotada por traición.

Wilhelm tenía unos defectos aterradores y operaba a la cabeza de un sistema político profundamente defectuoso. Pero, en definitiva, su principal fracaso había sido entregarle el poder a halcones militares y civiles --erróneamente llamados conservadores, ya que su visión era un reordenamiento radical de Europa.

Por supuesto, Estados Unidos no es la Alemania imperial. Pero puede extraerse una lección de un país cuyos gobernantes en tiempos de guerra, en lucha entre sí, infligieron un daño inimaginable a su pueblo y al mundo con su estilo mendaz, reservado y paranoico. Las consecuencias de su liderazgo recién se volvieron evidentes con el tiempo, cuando los ciudadanos de una nación agraviada se enfrentaron entre sí en sus profundas divisiones y odios políticos y morales.

Hizo falta una catástrofe peor, un flagelo histórico mundial, para enseñarle a esta gente una lección. Esperemos que los norteamericanos aprendan antes su lección sobre los peligros y las locuras de la arrogancia imperial.


Fritz Stern, profesor emérito de Historia en la Universidad de Columbia, es autor de Five Germanys I Have Known.


Copyright: Project Syndicate, 2008.

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