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La mayoría de nosotros coincidimos en que la educación es un elemento cardinal para el desarrollo de un país. No obstante, a juzgar por algunos artículos de opinión, ésta no parece ser suficiente, en todos los casos, para romper con las estructuras tradicionales de pensamiento. Para ello, es imprescindible agregarle un componente esencial: la evaluación racional crítica. El nivel de desarrollo de las naciones en ámbitos tales como la economía, tecnología, y hasta la política, está indudablemente ligado al ejercicio del pensamiento crítico por parte de sus ciudadanos. Por ende, éste debería practicarse con más frecuencia por todos, especialmente por quienes intentamos despojarnos de siglos de oscurantismo y subdesarrollo.

Pero, ¿cómo cultivamos la práctica del raciocinio crítico? Comencemos por pensar detenidamente en qué producto del ingenio humano ha logrado impulsar el desarrollo de la civilización. La respuesta (aunque no siempre obvia): la ciencia y, su aplicación práctica, la tecnología. Por esta razón, el punto de partida para instituir el pensamiento crítico es la educación científica. Dado los beneficios surgidos de su práctica, los cuales a diario disfrutamos, la ciencia debería estar en primer lugar en la lista de prioridades y de nuestro aprecio. Sin embargo, ése no es el caso.

Lejos de ocupar el lugar que merece, la práctica científica ha sido históricamente vilipendiada y perseguida. Y aún en la actualidad sigue siendo satanizada y reprochada por muchos, supuestamente por atentar contra las creencias religiosas. Tanto desdén y criticismo al saber científico, no obstante, más que irracional, en la práctica cotidiana, conduce a una resonante inconsecuencia.

La creencia en seres sobrenaturales, que desafían con éxito impune e indolente el mundo físico y ético en el que vivimos, sean igualmente dioses o demonios, no apareció como un acto irracional. Fue más bien la única respuesta accesible en ese momento al hombre primitivo que experimentaba por primera vez el surgimiento de la consciencia. La materia orgánica evolucionó hasta el punto de crear consciencia de su propia existencia; no obstante, encontrose rodeada de la más innata y lógica ignorancia.

Una característica dominante, más bien arrasadora, de la consciencia humana es la persistente búsqueda del origen y razón (aunque no existan ni razones ni objetivos) de todo lo que nos rodea, y hasta más allá. Imagínense al hombre primitivo recién estrenando su flamante consciencia y, al mismo tiempo, rodeado de los más indeliberados fenómenos naturales: lluvia, tormentas, terremotos, etc. Algo debía estar causando todo aquello, algo o alguien evidentemente mucho más poderoso que ellos, pero que no podían ver. Pregúntenle a cualquier persona promedio, en la calle, si pueden explicar cómo se producen esos fenómenos y se darán cuenta de que pocos podrán proveer una respuesta certera. Y eso ocurre en siglo XXI, año 2009, y a la luz de todas las investigaciones científicas, información que está ahora asequible a cualquiera a través de la Internet.

Remóntense de nuevo a hace 200 mil años atrás (segunda migración fuera de África), y podrán tener una idea de cómo, gradualmente, surgieron toda una suerte de dioses y demonios para explicar todas esas expresiones de la naturaleza. Estos seres míticos, con el tiempo, también evolucionaron en complejidad y profundidad en correspondencia con el progreso sociocultural de la humanidad. Así como evolucionaron, también, los intentos de muchos por justificarlos, y hasta por probarlos.

El meollo del asunto es que las elucubraciones metafísicas se sitúan fuera del alcance de, tanto refutaciones, como pruebas. No ha existido jamás una investigación científica genuina dirigida a corroborar o refutar la existencia de dioses o demonios, ni de ningún otro ser sobrenatural. Sencillamente porque el sustrato sobre el que la ciencia opera es el mundo físico, es decir, lo palpable, medible, observable o audible. Por lo tanto, ningún científico va a utilizar sus esfuerzos y recursos para investigar seres meta-físicos, es decir, más allá de lo físico o medible, como lo son dioses, ángeles, demonios, y similares.

Los seres sobrenaturales ni se pueden probar o refutar, ni tampoco el peso de la prueba recae en nadie más que en aquellos que aseveren su existencia fuera del mundo subjetivo. Los intentos de filósofos como Tertuliano, San Agustín, Tomás de Aquino y algunos contemporáneos, de probar la existencia de las actuales deidades del mundo occidental, no logran transcender el plano metafísico. Pero nosotros no vivimos en un mundo metafísico, vivimos en un mundo físico, donde hay bacterias, virus, cuentas que pagar, caminos por recorrer, etc.

Y cuando nos enfrentamos a ese mundo físico, ¿qué hacemos?. Si contraemos una infección bacteriana, ¿rezamos o nos tratamos con antibióticos?. Si tenemos un viaje largo que realizar, ¿pedimos que un ángel nos transporte o tomamos un avión o un autobús?. Si por la noche queremos continuar con nuestras actividades, ¿pedimos al cielo que se haga la luz o simplemente encendemos el interruptor de la luz eléctrica?. Las respuestas las vivimos a diario. ¿Cuántos de ustedes, en caso de tener una apendicitis aguda, optarían exclusivamente por la oración en lugar de la cirugía?. Cada quien que responda honestamente.

Aún personas que expresan enorme religiosidad y escarnio por la ciencia, se benefician de ella todos los días. Por lo tanto, toda su defensa de la objetividad de dioses y demonios resulta inconsecuente en el mundo real, físico, en que vivimos. De modo que muchos creyentes resultan ser ateos en la práctica, aunque jamás lo reconozcan, de no ser así vivirían en algún paraje recóndito alejado de la tecnología y adelantos científicos. Y aunque ese estilo de vida fuese posible, hasta el más ardiente fanático cristiano resulta ser ateo si se le pregunta si cree en, digamos, Zeus o Poseidón, dioses tan venerados en sus tiempos como lo es en la actualidad Jesucristo o Jehová. Sin lugar a dudas, ellos expresarían su férreo ateismo si se les preguntase, incluso, por dioses actuales, como los son Vishnu, Brahma y Siva, adorados con extremo fervor por millones de hindúes hoy día.

Lo que sí es irracional es el desdeño y temor por la ciencia, ya que utilizamos sus productos a diario para subsistir, sin que divinidad alguna nos condene, y sin darle a ésta el debido crédito. Y, como espero hayamos visto, encasillar a los proponentes de la ciencia como ateos, y soslayarlos por ello, no tiene sentido, ya que hasta el mismísimo Papa o el Ayatolá de Irán, son ateos, ya sea en la práctica o con relación a otras religiones. La práctica cotidiana del análisis crítico es lo que nos va a permitir liberarnos de esos temores y odios irracionales que tan bien les sirven a quienes pretenden mantenernos en el atraso a perpetuidad.

javier-dg@comcast.net

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