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“Para adelantar hay que
ponerse en marcha”

Thomas Mann

“Nosotros, los de entonces /ya no somos los mismos”, escribió Neruda; han transcurrido implacablemente treinta años desde el triunfo de la Revolución Sandinista que permitió (a pesar de disidencias y desencantos) una oleada indiscutible de oportunidades de cambios políticos, sociales, económicos e institucionales entre los que no podemos ignorar el fin de la Dictadura Somocista, la extinción de la Guardia Nacional y la fundación de dos nuevas entidades del Estado: el Ejército de Nicaragua, adscrito al Ministerio de Defensa y la Policía Nacional, dependencia del Ministerio del Interior. Por primera vez en la historia, la función policial fue separada de la militar y los acontecimiento abrieron aquella irrepetible circunstancia que fracturó el trasnochado orden constitucional libero-conservador-somocista que la nación cargó con sus fatales consecuencias durante más de cuarenta años. Aquellas dos instituciones cumplen en septiembre de 2009 tres décadas de existencia, han dejado la juventud y están plenamente en su vida adulta. El camino andado no ha estado ajeno de crisis, éxitos y errores, aciertos y desaciertos; todo obliga a detenerse a pensar, como escribió el poeta y dramaturgo griego Esquilo en Agamenón: “No sé qué proponer para acertar. El que obra, debe también reflexionar”; un verso del teatro de Lorca dice: “Porque tú crees que el tiempo cura y que las paredes tapan, y no es verdad, no es verdad” hay cosas que hay que terminar de sanar. El proyecto emprendido, -quizás en aquel momento no dimensionado en toda su complejidad-, fue absorbido por la victoria popular, no estuvo exento de dificultades, la tarea fue y sigue siendo difícil, según la epístola de San Pablo a los Hebreos: “Quien busca lo difícil encontrará dificultades”.

La huella que sobre estas instituciones dejó la Revolución permanece como signo distintivo en algunas de sus características fundamentales. Aunque los tiempos cambian y hay nuevas prácticas y técnicas, será necesario incorporar para adaptarse a las realidades nacionales y globales, la esencia del vínculo con la comunidad y de la necesaria participación y control social sobre la policía y la seguridad ciudadana, es la sustancia que hay que preservar por encima de las diferencias y desconfianzas. Es así como se construyen los procesos institucionales, como las personas con sus imperfecciones, en medio de las contradicciones políticas y sociales, tan humanas aunque a veces incomprensibles e injustas, en ese círculo de prueba y ensayo, de lo deseable y lo posible, de lo certero e incierto. La generación que participó en el derrocamiento de la Dictadura, la que hizo la Revolución y sembró ideales siempre inconclusos, realizados y postergados, esa generación todavía existe, carga los temores, los retos y la responsabilidad.

Más cosas posibles han quedado pendientes que en el contexto nacional e internacional, en la dinámica globalizante y postmodernista, es posible construir. Subsisten paradigmas por romper, me pregunto: ¿tomaremos el camino equivocado? ¿Se repetirán como un cerco indeseable de la herencia social los males del pasado? Es ineludible actuar ante la intolerancia, buscar el equilibrio en el uso de la fuerza, favorecer la convivencia, el desarrollo sostenible, la solución pacífica por la vía del diálogo. La Policía debe preservar ante todo la vida, la integridad física y los derechos fundamentales y políticos de los ciudadanos iguales y diferentes, principalmente los más vulnerables, aquellos que han sido con frecuencia marginados. Por eso la revolución fue necesaria, sigue siendo vigente. Doris Lessing escribió en El cuaderno dorado: “¿Qué les habrá pasado a todos los que conocía antes? Éramos todos de los que íbamos a cambiar el mundo”.

Un día nos dimos cuenta de repente que éramos policías sin saber lo que significaba, sin conocer nada de lo que era ser policías. Quedaron atrás las barricadas, las calles se limpiaron de los escombros de la guerra, los viejos cuarteles fueron abandonados y ocupados por una multitud de milicianos y combatientes populares involucrados y comprometidos con lo que apenas sospechaban. Se improvisaron en casas particulares de barrios y comarcas, “puestos policiales”; desde septiembre de 1979 fueron desmovilizaron miles de jóvenes, unos volvieron a sus labores cotidianas a las escuelas, universidades, al campo, otros se incorporaron al Ejército, a las organizaciones políticas y de masas, un numeroso grupo que para diciembre de 1979 podría ascender a 12 mil, quedó en la Policía, (nombrada Policía Sandinista), y en los otros órganos del Ministerio del Interior.

Los sucesos históricos de la nación y los propios de la Policía han marcado su evolución. Cuatro etapas podemos identificar en los treinta años transcurridos: a) entre 1979 – 1982 fue su formación, la regionalización, la creación de su estructura y despliegue territorial en un ambiente de paz, alfabetización y amplia movilización social, b) después, y hasta inicios de 1990, la guerra obligó a la Policía a concentrarse principalmente en los núcleos urbanos y rurales fuera de las zonas en conflicto, aunque preservó su funcionamiento en la lucha contra la delincuencia, no fue ajena a las tareas de “defensa de la revolución”, el enfrentamiento armado afectó al país y particularmente a la Policía al distraer sus esfuerzos de las funciones propias de su naturaleza, c) entre 1990 y 1995 se restableció la paz, se inició la transición, el órgano policial superó su rasgo militar y partidario, cambió de uniforme (el pantalón verde fue sustituido por el azul, la camisa caqui por la celeste), la institución policial y sus miembros tuvieron “crisis de identidad” pero lograron adaptarse al nuevo entorno nacional, prevaleció la desconfianza política por su origen sandinista lo que trajo como consecuencia la reducción de su fuerza y una limitada inversión para el desarrollo institucional, se promulgó la primera legislación policial (1992) y finalmente se logró consenso para la reforma constitucional(1995) que definió por primera vez la misión policial; d) la última etapa, la actual, podríamos identificarla desde finales de 1996 con la vigencia de su marco normativo, modificación del escalafón policial (los grados de Subteniente, Subcomandante, Comandante y otros fueron substituidos por el de Inspector, Subcomisionado, Comisionado y otros), el diagnóstico institucional (1999) y el primer plan de modernización y desarrollo a partir de 2001 que revirtió la tendencia de deterioro: se comenzó a incrementar el número de policías y el presupuesto asignado, mejoró la confianza política y social en la Policía. Aunque en la primera etapa revolucionaria se sentaron las bases doctrinales comunitaria, social y de servicio, fue en la última cuando se avanzó, a pesar de los obstáculos, en la reforma institucional con una visión moderna, apartidaria, profesional, conforme las distintas condiciones de la seguridad ciudadana nacional y regional. Ésta es la policía posible que los nicaragüenses podemos construir y sostener ¿Qué hay que cambiar, qué mejorar y qué promover? Han evolucionado los conceptos y prácticas sobre seguridad, policía, prevención, delincuencia… la violencia tiene diversas manifestaciones, hay variados y complejos riesgos a la seguridad que obligan a innovar y diversificar las acciones.

La Policía está en los conflictos cotidianos de la convivencia social, lo que la hace objeto de crítica pública ante la actuación por exceso y defecto, según apreciaciones de los contendientes y desde las propias debilidades institucionales y personales. La institución no son sólo normas, edificios, tecnología, organización y símbolos, es principalmente la gente, los hombres y mujeres policías, jóvenes y mayores, nuevos y antiguos, agentes y oficiales, quienes ejercen la función de servicio público, no ajena a los errores y defectos sociales y humanos de la sociedad y nuestro tiempo. Cada uno(a) construye una aspiración legítima, en medio de las preocupaciones comunes; los(as) policías trabajan prolongadas jornadas con escaso salario y limitadas condiciones, sometidos a la ofensa y al riesgo, asoleados en la intemperie o remojados por la lluvia, lidiando con las agresiones, los vicios y la delincuencia, construyendo y conviviendo con sus temores y dificultades en su familia y barrio en donde la inmensa mayoría habita entre los pobladores más pobres y sencillos.

Saludo en el treinta aniversario de la fundación de la Policía Nacional a los miles de compañeros y compañeras policías, quienes todavía están en servicio y quienes están fuera en cualquier otro rumbo de la vida o de la imperecedera existencia, ellos(as) aportaron su juventud y trabajo, insuficientemente reconocidos por la sociedad, pasaron o pasarán dejando una estela silenciosa y anónima, en un proceso de relevo y continuidad, a pesar de las legítimas y distintas opiniones, la misma huella indeleble que la Revolución marcó para ponerle en marcha…

www.franciscobautista.com

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