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La Comisión Nacional de Derechos Humanos de México reportó que en apenas cuatro meses, entre finales de 2008 e inicios de 2009, diez mil centroamericanos fueron secuestrados y tratados con extrema crueldad en territorio mexicano. Según estimaciones conservadoras de las organizaciones que auxilian a los que se atreven a cruzar el peligroso corredor hacia Estados Unidos, cien mil personas han desaparecido en los últimos 10 años.

Asesinatos y vejaciones de todo tipo pavimentan este éxodo furtivo. Alcanzar el sueño americano no motiva a estas heroicas personas a exponerse a crímenes espantosos, que además quedan impunes porque ocurren clandestinamente. Emigran por razones menos ambiciosas. Sólo anhelan encontrar una oportunidad, la misma que les niega su propia tierra, donde por la abundancia de recursos naturales no sólo podrían satisfacer sus necesidades básicas, sino también sus condiciones óptimas de vida.

Este holocausto silencioso de emigrantes asoma muy poco en la agenda de los gobiernos centroamericanos y los medios de comunicación. Pero debería, porque sus remesas; obtenidas haciendo los trabajos peor pagados y esquilmadas por los onerosos porcentajes de las agencias de envío, representa a veces hasta el 20 % del PIB en algunos países del área. Ellos no salen de África o Asia, donde tal vez los recursos naturales se agotaron o los problemas de sobrepoblación obligan a emigrar. Provienen de una región con inmensas riquezas naturales medianamente poblada.

Con más de 500,000 km2 y casi 60 millones de habitantes, el istmo centroamericano tiene costas en dos océanos, posee numerosos ríos, volcanes, lagunas y lagos. Conserva abundantes suelos fértiles y probablemente un 50% de su cobertura boscosa original con su exuberante flora y magnífica fauna. La Reserva de Biosfera Bosawas en Nicaragua, con su extensión sobre la cuenca del Río Plátano, la Sierra Agalta y la mosquitia hondureña, es la joya de la corona. Sus tres millones de hectáreas constituyen un fabuloso tesoro forestal planetario, hoy en grave peligro por la turbulencia política regional.

Desde 1990, Bosawas, al igual que la legendaria Amazonia del Brasil en los 70, fue ofrecida como “Tierra sin hombres para hombres sin tierra”. Esto junto a los desastres naturales, la Frontera Agrícola y las concesiones mineras y forestales predicen su temprana destrucción. A la biosfera le iba mucho mejor durante los siglos en que no necesitaba de programas para su conservación y era manejada por sus propios dueños, los indígenas miskitos y mayagnas.

A los impactos ecológicos visibles del despale y las quemas sobre Bosawas, hay que agregar los impactos sutiles, que son imposibles de medir con la Huella Ecológica o cualquier indicador matemático. Por ejemplo, las quemas producen “isletas forestales”, separadas por inmensos espacios calcinados dentro del bosque. Muchos árboles se reproducen sexualmente y dependen de un polinizador. Cuando el espacio entre las isletas es mayor al radio de acción del polinizador, la especie ya no puede reproducirse y está condenada a desaparecer por una suerte de “SIDA” ecológico causado por el hombre.

Si perdemos Bosawas, lo perdemos todo. De ella depende nuestra vida y el futuro. El agua, la capacidad de sostenernos y una lista infinita de productos medicinales y de consumo que aún no descubrimos. En la mayoría de países del área los inventarios de recursos naturales no están actualizados. No sabemos cuánto tenemos y cuánto hemos perdido. Además, la reforestación es un placebo ambiental peligroso, produce seudo bosques, mudos, uniformes, sin biodiversidad.

La palabra ecología en la región es sólo un término decorativo. Voluminosas consultarías intentan disimular el atraso educativo y el divorcio institucional entre las universidades, los centros de investigación especializados y los sistemas productivos nacionales. Sin embargo en el seno del SICA en el 2008, nació la Agenda Social Estratégica, una iniciativa que podría articular las políticas nacionales de desarrollo con los sistemas de integración regional y la cooperación externa. También podría reproducir los proyectos ecológicos productivos, que con investigación y sin retórica ambiental han disminuido efectivamente la pobreza en las aldeas marginadas del área.

Las dictaduras militares desaparecieron del mapa político centroamericano, pero los problemas sociales, económicos y ambientales se han agudizado de forma peligrosa, incrementando el calvario migratorio y abriéndole paso al caos y la ingobernabilidad. Los gobiernos en Centroamérica son elegidos bajo promesas electoreras similares, propuestas socialmente justas, económicamente viables y ambientalmente sostenibles. Pero a la hora de gobernar los contrastes son evidentes.

Costa Rica y Panamá parecieran aprovechar mejor su patrimonio ambiental, a pesar de la crisis presentan índices económicos eficientes y una tasa de emigración baja. En cambio Honduras y Nicaragua, con elevadas tasas de emigración son los países más pobres del continente. Mauricio Funes al asumir la presidencia en EL Salvador, habló de sus compatriotas emigrantes que con trabajo arduo logran triunfar fuera del país. “El problema - dijo - no está en nuestro pueblo, sino en la mentalidad del gobierno y los dirigentes que han conducido el país”. Ojala la observación inspire un modelo de gobernar que desaparezca el desahucio mediante el cual millones de centroamericanos son obligados a expatriarse.