Jorge Eduardo Arellano
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Hubo un tiempo en que sí. Yo diría que fue por los años setenta y algunos de los ochenta. Y no me refiero sólo a Nicaragua. Venía de antes, cuando los maestros del gran reportaje, de las crónicas durante la Segunda Guerra Mundial y los años cincuenta nos enseñaron que la palabra común, del día a día, va más allá, que busca, que interroga, que no se escribe de cualquier modo ni se ensucia en otro interés, que puede provocar un gran cambio, aunque sólo sea en los ojos de quien la lee. La palabra de tinta sobre papel de periódico, en la mayoría de las ocasiones, no tiene más vida que veinticuatro horas, en eso se parece a las mariposas. La otra, la que ni siquiera llega a tinta sino a las páginas web, aún dura menos.

Pero hay veces, algunas veces, cuando las palabras acompañan un espíritu y un pueblo, que es cuando lo levantan todo y sacan a la calle su significado. A esa época perteneció el director de EL NUEVO DIARIO, ya fallecido, y su hermano, Pedro Joaquín Chamorro. Y no puedo imaginar la añoranza de los que la vivieron, no me puedo imaginar si no es con el dolor del luto, o el cinismo, como han podido sobrevivir, y algunos sucumbir a la pérdida de tantas cosas valiosas que vino después, y no me refiero sólo al periodismo.

Porque el periodismo, el poder contar con medios de comunicación independientes, no deja de ser un privilegio, un lujo para el tiempo que vivimos, la espina necesaria de las democracias y las dictaduras, algo que no se entiende de otra manera que no sea en el rigor, la información contrastada y el amor a la forma en que se ha de decir y escribir la palabra. El periodismo ha alimentado a grandes escritores, y no sólo con dinero, sino con la dura enseñanza de la concisión, del breve apego a la realidad, de la verosimilitud. Y ahí están los Hemingway, y mucho antes los Rubén Darío, y mucho después los grandes a base de contar pequeñas cosas, como Kapuscinski.

Algunos piensan que el periodismo son los medios de comunicación que vemos hoy, pero si atendemos su historia reciente, aunque en esa historia se nos vayan yendo algunos de sus protagonistas, podemos constatar que es otra cosa muy diferente a los titulares de sangre o la cámara sobre el machetazo de los barrios más pobres, o aún peor, a la entradilla dictada en primera página por otro, por otros. Y no es que algunas cosas no sean verdaderas o noticiosas, pero nuevamente, la diferencia entre periodismo y espectáculo o morbo o propaganda, está a veces sólo en la forma, sólo en la mera forma de contarlo.

Hoy el periodismo pertenece a los grandes grupos económicos en la mayoría de los países, con la consiguiente pérdida de independencia, aunque esa enorme red que a veces marca la línea editorial de los grandes titulares, aún permite espacios donde poder ejercer. Cada vez menos, pero aún existe. En los últimos tiempos, en Nicaragua merece especial atención la investigación realizada en el caso de los CENIS, o la que se efectuó en el caso de los supuestos chantajes y extorsiones de propiedades costeras. Antes, las noticias que llevaron a los Centeno Roque o a Byron Jerez y a toda la corte de Alemán a las puertas de los juzgados. Sin embargo, el periodismo que se escribe o se edita en las televisiones o radios habitualmente se deja llevar por la ligereza de lo que al fin y al cabo se piensa en breve. Se deja morir de exhibicionismo, y se lanzan titulares que resultan ser mentira o completamente opuestos al día siguiente, sin el más mínimo pudor ni reparo. “Donde dije digo, digo Diego y asunto solucionado. Hay que tener mucho cuidado, y son los mismos lectores de periódico (una minoría en el país) y los mismos televidentes y oyentes de TV y radio (algunos más) los que deben también estar alerta y no permitir que se mienta tan alegremente, y además con faltas de ortografía, una de las peores faltas de respeto para empezar.

Y disculpen si me pongo de un modo que me recordaría a mi propio abuelo con malas pulgas, pero es que esta tendencia horrible que envuelve al periodismo viene tiñendo este oficio desde los últimos años de las facultades de periodismo hasta hoy. Y si hay que buscar otras referencias, uno tendría que buscarlas en Nicaragua, en el tiempo de los héroes, cuando el objetivo era derribar a una dictadura con la información de lo que ocurría de verdad. El rigor no siempre estaba asegurado, pero sí la vocación por el rigor. Hoy no es una dictadura, sino algo mucho más sutil, más cercano al periodismo, casi hermanada con la misma sangre de las letras. El objetivo hoy es enfrentar una demagogia de discursos vacíos, de palabras amañadas y manidas sin traducción real. Hoy el periodismo tiene que buscar dónde se incumplen o se cumplen las palabras para luego volver a quien las dice y preguntarle qué ocurrió. La información debe buscar la verdad en la gente frente a las campañas de comunicación del poder. Hoy los políticos, tanto los que están en el poder como los que ocupan sus sillones en la Asamblea hablan demasiado, mucho más que los políticos de antes, y en parte, los medios de comunicación provocan que lo hagan. Trabajan hablando, y he llegado a contarle a un diputado el número de intervenciones en medios en un solo día, para darme una idea del tiempo que le dedica a analizar las nuevas propuestas de ley o discutirlas en profundidad, lo cual no es fácil que ocurra. Para analizar, y elegir, está la jefatura del partido. Es triste.

Hace poco, un familiar muy querido me hablaba de la muerte del director de EL NUEVO DIARIO y me recordaba el tiempo de los héroes en el periodismo, el tiempo de Pedro Joaquín, que lejos de cualquier idealización fue un momento arriesgado de investigación periodística. En Nicaragua, aún quedan espíritus que se aparecen de vez en cuando en columnas de grandes reportajes, el género que quedará para los medios impresos, ya que Internet se lleva el gato al agua de la última actualidad, Last News Last News gritaban los niños vendeperiódicos en las calles de Brooklin, lo que hoy aparece en una interfaz de las páginas web.

Y sin embargo aún le temen, como le tememos todos a oír lo que hacemos, en parte lo que somos, de viva voz. Nunca es igual cuando se dice en público. El milagro del periodismo, según los que le ponen la vida en ello, el mejor oficio del mundo, es contemplar cómo aún en Managua, la gente lo siente como suyo, uno de los sectores a los que más confianza le tienen. El milagro es ver EL NUEVO DIARIO abierto en manos del vende- elotes en la parada de bus de la UCA, escrutándolo, leyéndolo de la A a la Z, un vende elote que un día me contó sus grandes hazañas también en el tiempo de los héroes. Ver cómo lee EL NUEVO DIARIO, como algo propio, parte de su día, una cierta identificación con la Nicaragua de camino y asfalto que aún hoy, verdad o no, a uno le conmueve. Aunque luego mi amigo deje el periódico en un banco, o se lo lleve el viento por el suelo. Al fin y al cabo no hay cosa más vieja que un periódico del día anterior. No dura mucho más que una vida. Pero aún con esa brevedad se han derribado estatuas de hierro con hombres muy fuertes a caballo. Y todos la hemos visto caer. Y aunque sólo sea gloria de un día ver caer la estatua de un tirano, pero “qué gusto pa siempre”. No hubiera sido posible en parte sin las palabras, esas palabras que no duran más de un día.


franciscosancho@hotmail.com