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En su devenir de siglos, el cometido de las universidades se ha ampliado y trasciende, cada vez más, la simple preparación de los profesionales y especialistas que la sociedad requiere. A su tradicional función docente se agregó, primero, el compromiso con la investigación y, luego, la difusión del conocimiento y la cultura. Hoy día se reconoce que el quehacer de las universidades tiene múltiples cometidos, entre los que sobresale su función de conciencia crítica, desde luego que las universidades deberían ser los referentes éticos de la sociedad en que están inmersas.

También es importante el papel que las universidades deben asumir en la promoción de la innovación. A esto se agrega la internacionalización, que es hoy día una dimensión natural del trabajo universitario, ya que la universidad trabaja con el conocimiento y éste no tiene fronteras, sino horizontes.

Es así cómo en la actualidad se reconoce el carácter plural de la misión de la universidad: docencia, investigación, extensión, innovación, vinculación e internacionalización. A todas estas las envuelve la ineludible función crítica, que antes mencionamos.

En consonancia con la anterior, la “Declaración Mundial sobre la Educación Superior” (París, 1998) claramente estableció, entre las misiones de las universidades, la de “contribuir a proteger y consolidar los valores de la sociedad, velando por inculcar en los jóvenes los valores en que reposa la ciudadanía democrática y proporcionando perspectivas críticas y objetivas, a fin de propiciar el debate sobre las opciones estratégicas y el fortalecimiento de los enfoques humanistas”.

Es más, la Declaración se refirió, de manera explícita, a la función crítica de las instituciones de educación superior, al proclamar que “los establecimientos de enseñanza superior, el personal y los estudiantes universitarios deberán: preservar y desarrollar sus funciones fundamentales, sometiendo todas sus actividades a las exigencias de la ética y del rigor científico e intelectual; opinar sobre los problemas éticos, culturales y sociales, con total autonomía y plena responsabilidad, por estar provistos de una especie de autoridad intelectual que la sociedad necesita para ayudarla a reflexionar, comprender y actuar; reforzar sus funciones críticas y progresistas mediante un análisis constante de las nuevas tendencias sociales, económicas, culturales y políticas, desempeñando de esa manera funciones de centro de previsión, alerta y prevención”.

A su vez, la Declaración de la reciente Segunda Conferencia Mundial sobre Educación Superior (París, julio de 2009), reiteró estos principios en los términos siguientes: “Las instituciones de Educación Superior, a través de sus funciones de docencia, investigación y servicio a la comunidad, ejercidas en un contexto de autonomía institucional y libertad académica, deben incrementar sus enfoques interdisciplinarios y promover el pensamiento crítico y la ciudadanía activa”.

La misma concepción de la Universidad, que según el pensador alemán Karl Jaspers es una “comunidad crítica de profesores y alumnos”, y el lugar por excelencia “donde la sociedad y el estado permiten el florecimiento de la conciencia más lúcida de la época”, significa que la función crítica es consubstancial a la Universidad. Esto nos mueve a preguntarnos si nuestras universidades, principalmente las públicas, están cumpliendo la función crítica que por naturaleza les corresponde y es, además, indeclinable.

Desafortunadamente, hay toda una serie de problemas que afectan a nuestra nación ante los cuales no se ha escuchado la voz de nuestras máximas Casas de Estudio. ¿Será que la función crítica dejó de formar parte de la misión de nuestras universidades?