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Desde tiempos inmemoriales los seres humanos hemos hecho nuestras propias interpretaciones de los sueños. En las religiones paganas de la antigüedad- griegas, romanas y egipcias- los sueños tuvieron ligados a mensajes de dioses y demonios. Era muy común en el templo de Serapis --dios sincrético egipcio y griego-- que los devotos ejercieran el rito de la incubación, que consistía en dormir en el templo al lado de la deidad, para que ésta se les manifestara a través del sueño; el sueño era posteriormente interpretado por los sacerdotes del templo, quienes les visualizaban buenos o malos augurios. De hecho, una de las principales funciones de la clase sacerdotal era la interpretación de los sueños a los devotos, adelantándose así a los intentos de Sigmun Freud en sus interpretaciones oníricas.

A nivel bíblico vemos a José en el génesis 41:1-36, interpretando los sueños al faraón con el famoso simbolismo de las siete vacas gordas y las siete vacas flacas. Si bien es cierto que en el cristianismo la función de los sacerdotes nunca fue interpretar los sueños, como lo había sido en las religiones anteriores, el sueño era para los cristianos el escenario de luchas internas del ser, entre mensajes de Dios y del demonio. Son famosas las tentaciones que dicen tuvieron muchos santos cristianos a través de los sueños. Las pesadillas infernales de Teresa de Ávila representan una muestra del misticismo cristiano que avalaba estas experiencias como vivencia “auténticas” de espiritualidad. En síntesis, los sueños dentro de la creencia cristiana han jugado un rol triple; el contacto con la divinidad, la tentación de los demonios y los mensajes proféticos a ser transmitidos a los devotos.

Pero en la antigüedad no todo era superstición. Varios siglos antes de nuestra era, Heráclito, filósofo griego, desestimaba los sueños como una experiencia extracorpórea o mensaje de la divinidad y decía que era una experiencia propia de la persona, adelantándose en más de dos mil años a lo que los científicos piensan hoy.

Fue Sigmun Freud quien rompió el paradigma de las supersticiones y ofreció otras interpretaciones probables a los sueños humanos. Para Freud, en su libro “Interpretación de los Sueños”, estas son la manifestación del inconciente; de los deseos reprimidos del humano. Los sueños, para Freud, se manifiestan por medio de una simbología de tipo sexual. Pero Freud también desvió el camino para comprender las experiencias oníricas. En primer lugar, es sabido que también los mamíferos sueñan y algunos lo hacen más o menos como los humanos. En segundo lugar, el sueño es totalmente independiente de nuestros deseos, pues no siempre soñamos con lo que deseamos; es más, normalmente soñamos con lo que no deseamos. Esto último los freudianos lo reinterpreten a su manera, a pesar de las advertencias de Kart Popper contra el Psicoanálisis, al que tacha de pseudociencia infalseable. El Dr. Rodolfo Llinás autoridad mundial en neurociencia, dice que somos máquinas de soñar; en los sueños se construyen modelos virtuales del mundo real; soñar es una necesidad neurobiológica del cerebro. Si esto es así, entonces la teoría freudiana de los deseos es errónea.

El padre del Sueño en la neurociencia es William C. Dement, quien fundó el primer laboratorio del Sueño en 1950. Él descubrió el famoso sueño REM ( en el que los ojos están en movimiento y el cuerpo paralizado; siglas en inglés de Rapid Eye Movement). Dement pudo comprobar en su clínica que es en la etapa REM del sueño cuando los humanos tenemos esas experiencias oníricas vívidas que hasta producen afectaciones somáticas como la presión arterial alta, el pulso cardíaco alterado, etc. Se ha comprobado que los humanos adultos tenemos sueños REM que duran en total entre 90 y 120 minutos; estos sueños son episódicos, comenzando cortos y terminando largos. También han podido determinar que los fetos humanos tienen hasta 15 horas de sueño REM y que los bebés recién nacidos 8 horas. Los últimos estudios han sugerido una correlación entre edad y cantidad de sueño REM, mostrando menor cantidad de éste a medida que se envejece.

La Neurociencia actual está redefiniendo la Teoría del Conocimiento; el sueño es parte también, de este rompimiento paradigmático. Por medio de diversas investigaciones con resonancia magnética intracraneal, se ha podido determinar que cuando estamos en el sueño REM, hacemos las mismas conexiones neuronales que haríamos si la experiencia soñada se tuviera en estado de vigilia.

Pero surge la pregunta: ¿para qué soñamos? Cada vez más se está estableciendo la teoría de que el sueño REM tiene como objetivo reforzar la memoria de lo vivido en estado de vigilia.

El doctor Tore Nielsen, del Dream and Nightmare Laboratory, de Montreal, se suma a esta teoría. Afirma en una investigación que realizó, que la producción de los sueños está asociada a los recuerdos y a la región del hipocampo localizado debajo de la corteza cerebral, la que desempeña un importante papel en la memoria. El hipocampo es una zona vital del cerebro para procesar los recuerdos de corto y largo plazo; junto a la amígdala y demás zonas del sistema límbico, el hipocampo es determinante en el proceso de aprendizaje. Cuando soñamos, el hipocampo presenta una gran actividad procesando información que luego pasa a la neocorteza cerebral para registrarla. Esto lo hace muchas veces de forma desordenada relacionando imágenes, conceptos e ideas con otras ya registradas previamente por nuestro cerebro.

Según la nueva teoría de los sueños, en la que la memoria juega un rol determinante, es importante destacar que muchas veces lo que memorizamos no es necesariamente lo que vivimos, sino lo que sentimos en el momento de la experiencia. El neurocientífico portugués Antonio Damasio publicó en 1994 su libro “El Error de Descartes: emoción, Razón, y el Cerebro Humano”.En este libro defiende la tesis de que las “emociones” y la “razón” se relacionan e interactúan entre sí. Este descubrimiento supone un gran avance para la neurociencia, ya que sobre las emociones poco se ha investigado, al menos, en un nivel neurocientífico. El neurobiólogo francés Joseph LeDoux también publicó en 1996 otro gran trabajo intitulado: “El Cerebro emocional”; en este libro defiende la tesis de que la amígdala es el punto estratégico de las emociones. Las emociones y la razón interactúan en los sueños; ese diálogo es clave, según la neurociencia, para el proceso de aprendizaje. El sueño no sólo sería reparador de la fatiga de los esfuerzos físicos, sino que además sería un instrumento necesario para reforzar el aprendizaje cotidiano. Por ello es recomendable que cuando de noche nos sintamos aturdidos con un problema difícil de resolver, lo mejor es entregarse a “las manos de Morfeo” para despertarse al día siguiente con la felicidad de un “eureka” espontáneo resolutivo, producto de un cerebro que cada día nos sorprende más.


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